12 de noviembre de 2009

La degradación de la res pública

Si un observador desprevenido –esos que formaban parte de los viejos libros de física de Fernández y Galloni– bajara en Ezeiza, y la única información que tuviera de la política nacional surgiera de las tapas de las revistas semanales, tipo Noticias, se convencería rápidamente de que la seguridad personal –de los periodistas, para no ir muy lejos– de ningún modo esta garantizada. Tanto, que Luis Majul teme por su vida, por el simple hecho de escribir un opúsculo sobre los Kirchner.

Si leyera la tapa del diario La Nación llegaría a la conclusión de que la libertad de expresión corre serio peligro, ya que trabajadores no sindicalizados –los que trabajan en los camiones que distribuyen los diarios, buena parte en negro– y el Sindicato de Camioneros iniciaron medidas que dificultaron la distribución de Clarín y La Nación.

Si además escuchara a la doctora Elisa Carrió terminaría entendiéndolo todo, nuestro observador desprevenido, ya que en un “gobierno fascista” estas cosas ocurren a diario, y no deben sorprender a nadie. Claro que la distancia entre Noticias, La Nación, Elisa Carrió y la realidad –la maciza realidad cotidiana– es para decirlo con tranquilidad casi irrecorrible. ¿Una campaña sistemática? Por cierto, pero el grado de superficialidad argumental no es inferior al clima enrarecido que esparce. Entonces, la pregunta del millón: ¿por qué el desprestigio no devora sus decires?

Avancemos con cautela. El prestigio de los medios es por lo menos vidrioso. Nuestro observador desprevenido, por muy desprevenido que esté, no puede dejar de percibir que la política editorial de los medios ha caído en desuso. La cerrada defensa de sus propios intereses crematísticos es casi su única línea editorial. Añadamos lo obvio: sólo una pequeñísima fracción de la sociedad argentina lee diarios y revistas. La población para informarse recurre a los noticieros televisivos, o a la radio; y hace mucho tiempo que los noticieros más que informar dramatizan contenidos crecientemente banales. A tal punto cayó el interés por la información política que los llamados programas periodísticos han emigrado todos al cable. Sólo la televisión pública mantiene la idea de periodismo político, y debemos reconocer que el rating de octubre –los cinco canales de aire juntos– sólo sumo 34,4 puntos; esto es, 1,7 menos que el mes anterior. En suma, frente a una audiencia decreciente la radio sigue siendo el medio más confiable, en una sociedad cuyo nivel informativo resulta crecientemente elemental.

Todo remite a una degradación de la res pública, degradación que sintetiza la incapacidad de la oposición por generar alguna clase de alternativa que exceda el horizonte de los negocios sectoriales; al tiempo que el gobierno no logra impulsar un proyecto que contenga, al menos, un sector sustantivo del bloque de clases dominantes. En esas condiciones la inmediatez devora la política, la reduce a un conjunto de estratagemas que facilitan la visibilidad pública.

Cuando se mira la segunda línea de la actividad –los funcionarios que ejecutan materialmente la política– nos encontramos con una variedad de profesionales todoterreno que, sin mayores problemas, pueden integrar las huestes de cualquier oficialismo. La biografía que grafica hasta el hartazgo este fenómeno es la de Julio Cobos. De radical a radical K, y de radical K a candidato trashumante a la presidencia de la República. Todo lo que lo acerque al ansiado objetivo personal es bueno. Se dirá: ésa no es una novedad, en algún sentido la práctica política siempre incluyó una cierta dosis de sentido de la oportunidad personal. Cierto. Pero que un vicepresidente vote contra el gobierno que integra es un escándalo, resulta más que la borocotización de la política ya que este escándalo no escandaliza, y si se quiere ése es el escándalo mayor. No se trata de que Cobos no pueda cambiar de opinión. Claro que puede, lo que no puede es seguir siendo en tales circunstancias vicepresidente. Y sin embargo, la sociedad no sólo no lo condena, sino que su prestigio público alcanza una suerte de pináculo.

Ahí esta la clave: una sociedad que ha destruido las reglas de pertenencia y admisión, admite cualquier cosa si alucina que le conviene. Y lo que le conviene cambia a la misma velocidad que la tapa de los diarios; por tanto, no logra saber qué le conviene, porque no puede dejar de alucinar. En una sociedad semejante, la política no puede no ser un estorbo.

Nos vemos



Sobre textos de Alejandro Horowicz


2 comentarios:

De vierde man dijo...

La verdad es que me preocupa que, por ejemplo, Castells y demasiada gente que conozco repita calcado el discurso de TN.
"Gastaron 30.000 dolares para hacerse llevar los diarios mientras la gente se muere de hambre"
Yo me pregunto, si hay gente, y perdón por el calificativo, tan estúpida para creer semejante barbaridad. Gente tan estúpida para "politizarse" desde el discurso de Rial o de Pachano.
Y todo, como usted describe maravillosamente, está en función de la degradación de la República y la Política (como arte casi sagrado). Un abrazo.

Daniel Mancuso dijo...

gente estupida: hay; gente hija de puta también, creo que nos debemos más esfuerzos en la batalla cultural que teníamos descuidada, y que no termina en la ley de medios sino que recien empieza, abrazo