28 de febrero de 2010

Discurso de derecha y batalla cultural

“El sis­te­ma de par­ti­dos po­lí­ti­cos ar­gen­ti­nos es una mier­da. Nun­ca exis­tió. El pe­ro­nis­mo, ¿has­ta dón­de fue un par­ti­do po­lí­ti­co? El pe­ro­nis­mo fue una abe­rra­ción, una ver­güen­za. ¿Qué es lo que quie­re el pe­ro­nis­mo? La Ar­gen­ti­na es un país que no se pue­de li­be­rar de la in­fluen­cia de un bo­lu­do, co­mo fue Pe­rón, un ig­no­ran­te, un neo­fas­cis­ta.” El au­tor de es­ta in­can­des­cen­te pa­rra­fa­da es un co­no­ci­do bo­cón: Jor­ge Schaul­sohn, un po­lí­ti­co chi­le­no que se jac­ta de de­cir lo que los de­más ca­llan, y que él pro­cla­ma en el li­bro de Pa­blo Ro­sen­do Gon­zá­lez La Ar­gen­ti­na fue­ra de sí.

En el 2004 es­tu­vo a pun­to de ga­nar la al­cal­día de San­tia­go, co­mo can­di­da­to de la Con­cer­ta­ción; an­tes ha­bía si­do pre­si­den­te de la Cá­ma­ra de Di­pu­ta­dos, pe­ro sus “de­sa­for­tu­na­dos” mo­vi­mien­tos fi­nan­cie­ros –mal vis­tos des­de la pers­pec­ti­va del Có­di­go Pe­nal– lo pu­sie­ron en la an­te­sa­la de la cár­cel. En­ton­ces, es­te lob­bis­ta de la de­re­cha par­la­men­ta­ria tu­vo que aban­do­nar su mo­des­to lu­gar jun­to a Se­bas­tián Pi­ñe­ra –pre­si­den­te elec­to de Chi­le– por sus cre­cien­tes di­fi­cul­ta­des ju­di­cia­les.

Ci­tar­lo tie­ne un so­lo ob­je­to: des­nu­dar lo que pien­sa la de­re­cha su­da­me­ri­ca­na –y no só­lo ella, cla­ro–, y de la enor­me li­vian­dad con que or­ga­ni­za su dis­cur­so pú­bli­co. So­la­men­te un pa­té­ti­co se­ñor pue­de creer que la his­to­ria gi­ra en tor­no de un “bo­lu­do”, y só­lo quien ca­re­ce de to­do sen­ti­do de las pro­por­cio­nes se jac­ta por de­cir lo que la ver­güen­za les evi­ta ver­ba­li­zar a los de su mis­mo pa­lo. Una pre­gun­ta cam­pea: ¿só­lo la de­re­cha su­da­me­ri­ca­na tie­ne tan ba­jo ni­vel?

Sa­rah Pa­lin, la can­di­da­ta re­pu­bli­ca­na a la vi­ce­pre­si­den­cia de los Es­ta­dos Uni­dos, aú­na la mis­ma li­vian­dad po­lí­ti­ca con idén­ti­ca ma­triz ideo­ló­gi­ca; es­to es, no se aver­güen­za de na­da; y es­to es lo des­ta­ca­ble, sus su­ce­si­vas bou­ta­des –es un mo­do ele­gan­te de con­tar­lo– no ha­cen que su lu­gar en la con­si­de­ra­ción po­pu­lar de­cai­ga. Ése es el ver­da­de­ro asun­to.

Hom­bres y mu­je­res par­ti­cu­lar­men­te me­dio­cres, sin la me­nor pre­pa­ra­ción in­te­lec­tual y po­lí­ti­ca, que a ga­tas pue­den leer un tex­to en voz al­ta, que no tie­nen la me­nor idea so­bre el fun­cio­na­mien­to es­truc­tu­ral de na­da, son vis­tos por sus con­ciu­da­da­nos co­mo re­fe­ren­tes in­sos­la­ya­bles. Y otro tan­to su­ce­de en la cul­ta Eu­ro­pa.

Ni­co­las Sar­kozy, an­tes de ser pre­si­den­te fran­cés, es­tu­vo a car­go del Mi­nis­te­rio de In­te­rior; co­rrían los días en que los jó­ve­nes pa­ri­si­nos de los ba­rrios pe­ri­fé­ri­cos que­ma­ban au­tos pa­ra lla­mar la aten­ción so­bre las te­rri­bles con­di­cio­nes de su exis­ten­cia. Sar­kozy no só­lo no se pro­pu­so en­ten­der qué pa­sa­ba, si­no que in­sul­tó –con las peo­res ex­cre­cen­cias ra­cis­tas– a los mo­vi­li­za­dos. El idea­rio de la de­re­cha clá­si­ca –se­xis­ta, an­ti­se­mi­ta, ho­mó­fo­bo, con­tra­rio al es­ta­do de bie­nes­tar, an­tio­bre­ro y dis­cri­mi­na­dor– bro­tó de sus la­bios sin ma­yo­res di­fi­cul­ta­des. Co­mo es Fran­cia tu­vo que pe­dir dis­cul­pas. Una for­ma­li­dad, por cier­to, pe­ro no una cues­tión me­nor. Cla­ro que ese pun­to de vis­ta le ase­gu­ró la vic­to­ria con­tra la can­di­da­ta so­cia­lis­ta en las úl­ti­mas elec­cio­nes pre­si­den­cia­les.

Cuan­do Juan ha­bla de Pe­dro so­bre to­do nos cuen­ta de Juan, ex­pli­có ha­ce ya mu­chos años el doc­tor Freud. En es­te ca­so, Sar­kozy mos­tró el puen­te que co­nec­ta des­de el af­fai­re Drey­fus –ce­le­bre ca­so de an­ti­se­mi­tis­mo mi­li­tar de los ser­vi­cios se­cre­tos que en­cu­brió la trai­ción, de par­te del Es­ta­do Ma­yor, a fi­nes del si­glo XIX– has­ta el co­lo­nia­lis­mo en Ar­ge­lia; sin ol­vi­dar, por cier­to, el co­la­bo­ra­cio­nis­mo con Hi­tler del go­bier­no del ma­ris­cal Pe­tain. To­da la his­to­ria bro­ta de sus pa­la­bras, un con­ti­nuo que abre­va del lo­da­zal san­gui­no­len­to del pa­trio­tis­mo im­pe­ria­lis­ta.

¿Y por ca­sa co­mo an­da­mos? En el tex­to más fa­mo­so del si­glo XIX, el Mar­tín Fie­rro, la es­ce­na de ma­yor in­ten­si­dad dra­má­ti­ca –la pe­lea en­tre Fie­rro y el in­dio que aca­ba de atar a la cau­ti­va, con las tri­pi­tas de su be­be– de­ja en cla­ro que el úni­co in­dio bue­no es el in­dio muer­to. Unos cuan­tos años an­tes de la de­no­mi­na­da “Cam­pa­ña del De­sier­to”, las va­lo­ra­cio­nes co­lec­ti­vas que la hi­cie­ron po­si­ble –va­lo­ra­cio­nes dis­cur­si­vas, por cier­to– ga­na­ron la ca­be­za de los ar­gen­ti­nos. Y un li­bro que no dio en vi­da pres­ti­gio in­te­lec­tual a su au­tor –Jo­sé Her­nán­dez era con­si­de­ra­do un es­cri­tor sin ma­yo­res va­lo­res es­té­ti­cos, y su tex­to, un li­bro po­pu­la­che­ro que gus­ta­ba a los peo­nes pa­ta al pi­so– en bo­ca de Leo­pol­do Lu­go­nes se trans­for­mó en oda na­cio­nal. Es de­cir, fue le­van­ta­do con­tra los obre­ros in­mi­gran­tes –so­cia­lis­tas, anar­quis­tas, fun­da­do­res de sin­di­ca­tos– re­cor­dán­do­les que si el gau­cho sin­te­ti­za­ba el ser na­cio­nal, y los gau­chos fue­ron ex­ter­mi­na­dos, ellos no co­rre­rían me­jor suer­te si se les ocu­rría re­to­bar­se.

La Se­ma­na Trá­gi­ca, con po­grom en el On­ce y to­do –ene­ro del ’19– y la ma­sa­cre de peo­nes chi­le­nos en la Pa­ta­go­nia por par­te del Ejér­ci­to (1921) mos­tra­ron a las cla­ras có­mo era la co­sa. La “paz so­cial” rei­nó has­ta oc­tu­bre de 1945, y ésa es la idea que to­da­vía pro­cla­man y prac­ti­can los con­ser­va­do­res del mun­do.

Lo de­más es sa­bi­do, el de­rro­ca­mien­to del go­bier­no cons­ti­tu­cio­nal de Pe­rón, sep­tiem­bre del ’55, y la dic­ta­du­ra bur­gue­sa te­rro­ris­ta uni­fi­ca­da de 1976. Con la re­cu­pe­ra­ción del go­bier­no par­la­men­ta­rio, la po­si­bi­li­dad de es­ta­ble­cer la ver­dad de lo ocu­rri­do se vol­vió teó­ri­ca­men­te po­si­ble. La cri­sis del 2001 des­tru­yó el or­den exis­ten­te, sin fun­dar uno nue­vo, pe­ro a las pa­la­bras no se las lle­va el vien­to. Las vol­vi­mos a es­cu­char en los jui­cios al co­mi­sa­rio Et­che­co­latz y el cu­ri­ta Von Wer­nich, y re­tum­ban en las va­lo­ra­cio­nes que lee­mos en los co­men­ta­rios que los lec­to­res es­cri­ben en las pá­gi­nas in­te­rac­ti­vas de los dia­rios. Con un aña­di­do: no se que­dan en tan mó­di­co lu­gar, as­cien­den has­ta el dis­cur­so po­lí­ti­co pú­bli­co.

No nos equi­vo­que­mos, na­die pue­de es­cri­bir co­mo si na­da “es un ju­dío de mier­da” sin pa­gar los cos­tos; pe­ro sos­te­ner que el ge­ne­ral Pe­rón es un “bo­lu­do” y que la com­pac­ta ma­yo­ría se re­fe­ren­cia en él, equi­va­le a de­nos­tar­la sin el me­nor equí­vo­co. Si lee­mos con un mí­ni­mo de aten­ción ése es el to­no y el fon­do del dis­cur­so po­lí­ti­co en bo­ga. De no­so­tros de­pen­de que de­je de ser­lo pe­na­li­zán­do­lo po­lí­ti­ca­men­te.

Nos vemos,


Sobre textos de Alejandro Horowicz

4 comentarios:

manuel el coronel dijo...

Puede que sea una estrategia de golpe mediático también, es probable que encontremos declaracioens de este tipo adulando al general. Pero dos cosas son interesantes en el planteo, primero, los "nuevos" políticos, su nivel intelectual y el apoyo que reciben, Cobos, Reutemann, De NArvaez, Macri...
Segundo, el insulto no sólo a la idea si no tambén a sus seguidores.

Entonces me pregunto, ¿no son un insulto de por sí esos cuatro qeu nombré?

Anónimo dijo...

Lo que decís de Hewrnández lo podría suscribir un liberal de linaje como Halperin Donghi. Al Martín Fierro no lo levantó Lugones sino entre las clases poseedoras. Para ese entonces ya Hernández y el gaucho habían pasado a la historia. En cambio los paisanos de pata al suelo de fines del siglo XIX fueron los que lo catapultaron al éxito consumiendo edición tras edición, mientras Mitre y congéneres preferían ignorarlo porque semejante rasgo de "incultura literaria" no tenía lugar en la "república platònica de las letras" a la que ellos decían pertenecer. Luego de haber antes aniquilado al gauchaje, claro.
Raúl Lasa

quijanog dijo...

Guarda que Hernández tan gorila no era:
http://www.agenciacta.org.ar/article3091.html
Saludos

Dany. dijo...

Que equivocado el tio, si el sistema de partidos politicos en Argentina es genial!, ademas peron nunca fue popular, como se atreve a decir que no es un partido, es un partido ultra-republicano, y que dejo una influencia insuperable?, pfff si aqui los politicos ni se acuerdan de el, nadie usa su nombre para ganar publico, pfff...