9 de noviembre de 2009

Reconexión financiera

Leemos: Las negociaciones entre los holdouts y el Gobierno, mediadas por un grupo de bancos tenedores de parte de los títulos que no fueron objeto de canje, han traído euforia a los “inversores” de los mercados financieros locales. También han dividido aguas entre economistas no ortodoxos. Hay quienes recelan de cualquier aproximación a los “mercados” por el recuerdo que traen episodios pasados: si no hay necesidades inminentes, no hay razones para avanzar de vuelta por este camino. Pero hay también los que opinan que esta cuestión deberá zanjarse en algún momento. El gobierno argentino no puede permanecer indefinidamente en la posición del incumplidor porque esto acarrea dificultades en un futuro no tan inmediato. Por ejemplo, cuando sea el momento de renovar vencimientos de capital más voluminosos.

En relación con la oportunidad, en realidad el argumento de que no hay apuros es precisamente una invitación a abrir la negociación porque en este caso hay tiempo, y esto fortalece la posición del país. Lo que no debe repetirse es la experiencia de “negociar” cuando el Banco Central está vacío de reservas, como fue por ejemplo durante la crisis de 1989 porque en esa instancia no hay negociación, sino imposición. A esto se conjuga una situación financiera internacional de descalabro donde las enormes inyecciones de liquidez para salvar a la banca de los países centrales llevan la tasa de interés al subsuelo. Esto abre la posibilidad de financiamiento a bajo costo.

La cuestión entonces es cómo diferenciamos este razonamiento del que brota de la ortodoxia financista, que una vez más ve la “oportunidad” para que nos presten y reiniciar así un ciclo de endeudamiento. Cómo diferenciar una negociación madura y con tiempos en relación con la prédica de esta suerte de eternos adictos-comisionistas de las finanzas internacionales.

Esto no es tan difícil si hay convicción gubernamental. Por un lado, el “qué”: las decisiones deben ser claras. Regularizar deuda, refinanciar lo que corresponda (como es el caso del Club de París), pero no incrementar el endeudamiento externo. Además, el “cómo”: es imperativo por parte de los voceros gubernamentales evitar cualquier retórica que aluda a la “reinserción” en el mundo, como si nuestro único contacto con el exterior fuera el financiamiento y como si la Argentina dependiera crucialmente del ahorro externo para poder crecer. Esto es, no atizar con discursos la euforia de los “mercados” a fin de obtener algún provecho de corto plazo, lo que a la larga erosiona las mejores convicciones. Si los actores del Gobierno tienen en claro el camino y sus riesgos, esta negociación procederá por las vías correctas (e incluso la del Club de París). Como nunca antes, porque ahora tenemos tiempo, de ellos depende.

Nos vemos

8 de noviembre de 2009

Todo un dato. Todo un mensaje. Todo un lenguaje. Todo un acto.

Las noticias de la semana que pasó dejan a muchos sin palabras, sin mecanismo de razonamiento alguno. Algunas, como el ataque al ex-futbolista Caceres, genera un sentimiento de hartazgo, porque cuando un lee sobre la bonaerense o la federal, como la letra del tango lo mira sin comprender.

El escándalo de espionaje que involucra al gobierno porteño acaba de incorporar un elemento inquietante. Ciro Gerardo James, el ex agente de la Policía Federal acusado de haber intervenido los teléfonos del dirigente judío Sergio Burstein y del empresario Carlos Ávila, también posó su oído en otros teléfonos sensibles. Entre ellos, el de un familiar directo de Mauricio Macri, jefe de la comuna. Y autoridad máxima de la administración que contrató los servicios del espía indiscreto. La noticia de las escuchas telefónica en el clan Macri, rememoran la serie Disnatía. Cual Don Corleone, el intendente porteño quiere trasmitir una imágen impoluta, cuando debajo de la alfombra, hay de todo.

Cualquier argentino está familiarizado con el término puntero. Denostados, por izquierda y por derecha, así se denomina a esos políticos –desde funcionarios hasta juntadores de votos– que acceden a la trama de dinero, planes sociales, puestos en municipios o acceso a negocios tales como la obra pública. Los porongas son menos mencionados. Porque poronga suena grosero pero, sobre todo, porque da miedo meterse con ellos. En la jerga policial no podía surgir un nombre elegante para nombrar a los jefes que, en actividad o exonerados, la tienen tan grande que pueden partir al medio a cualquiera. No es preciso haber sido un lector denodado del recientemente fallecido Claude Lévy-Strauss para saber que se habla como se vive. Es decir, el lenguaje es una prolongación del acto. También es un acto. No es lo mismo patear una mesa que decir algo. Pero ciertas palabras o conceptos generan conductas. Los porongas generan disciplina. Imponen respeto a unos y terror a otros.

La Bonaerense no está sola. Hay una red –podría llamarse corrupción estructural– de delitos ocultos que pretenden justificarse en la escasa remuneración salarial. Pero el problema no son los vales de nafta o los viáticos, sino la impunidad. Desde las zonas liberadas para que algunas bandas operen –y paguen el diezmo a los recaudadores de los porongas– hasta el uso de mano de obra juvenil para cometer delitos. ¿Alguien puede creer que dos pibitos chorros de una villa se roban un Mercedes Benz por cuenta propia? Ni siquiera en un mal guión de Hollywood. Es más, el mismo juez platense Luis Arias denunció casos en los cuales, las mafias policiales les pagaron a los pibes “con 40 dosis de paco” por hacer trabajos sucios. Arias aseguró que, además, se tomó la molestia de constatar que muchas de las partidas presupuestarias destinadas a la contención de chicos en riesgo (calle, droga, delito) no llegan a destino. Claro, el ministro de Seguridad Carlos Stornelli denunció penalmente a Arias.

Stornelli, el contrarreformador, prefiere a los porongas. Para él, aquella reforma de León Arslanian, que tanto furor causaba en la familia policial, es nefasta. Porque con los foros de participación comunitaria se puede husmear lo que pasa en las comisarías, enterarse de los recorridos de los patrulleros y hasta incidir en el nombramiento de los jefes de las comisarías. Y los porongas tienen todo el circuito armado. Bien lo sabe el peronismo conservador bonaerense: cuando arreció la pelea entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde se tiraron con fruta muy pesada. El entonces gobernador, que había esculpido con cuidado su relación con la Bonaerense desde 1974, estaba orgulloso de la mejor policía del mundo. Hoy no la maneja Duhalde. Pero éste logró poner a muchos jueces y fiscales que son amigos de la familia policial y de los punteros políticos. Pero también lo saben radicales que, con menos intendentes en la provincia, tienen senadores y diputados que miraron al costado cuando Arslanian hizo la reforma y que ahora hacen lo mismo frente a la contrarreforma de Stornelli. Además, a la hora de dar acuerdo para los nombramientos de jueces o fiscales miran más sus intereses que la probidad de los candidatos.

En la provincia de Buenos Aires no hay una puerta giratoria para los presos. Las cárceles albergan a cerca de 30.000 presos. El noventa por ciento proviene de hogares pobres o de barrios marginados. No hay prácticamente presos por delitos de guante blanco. Los pocos ex policías procesados porque alguna vez fueron pescados in fraganti lograron zafar de las condenas porque los jueces encontraron vicios procesales o desestimaron evidencias. En contraste, el setenta por ciento de los presos tienen prisión preventiva pero no condena. Por la incapacidad de jueces y fiscales es que, a veces, algunos presos logran que se les computen doble los años sin condena y salen relativamente pronto. Pero, ojo, en otros casos no es que los magistrados sean incompetentes, sino que son corruptos.

Con respecto a los mal llamados menores (que para la ley provincial son “niños, niñas y adolescentes”, como en la Convención Internacional de los derechos…), la legislatura provincial sancionó una ley de Protección de los Derechos de la Infancia en 2004. Por distintas dilaciones, se puso en marcha hace dos años y significó la creación progresiva de tribunales especiales y de servicios de contención también adecuados a cambiar la ley de Patronato por una de derechos. Hubo dos especialistas que pasaron por la subsecretaría de Niñez y Adolescencia (Martha Arriola y Cristina Tabolaro) que fueron desechadas por el gobernador Daniel Scioli, sin dudas a instancias de Stornelli, quien coincide con que el tema de niñez en calle o en riesgo debe ser asimilada a la órbita policial. En muchos distritos, las líneas telefónicas para contención de chicos en calle pasan automáticamente al 911, la línea policial. Todo un dato. Todo un mensaje. Todo un lenguaje. Todo un acto.

Nos vemos, buen domingo.


Sobre el texto de Eduardo Anguita, Miradas al Sur
"Punteros y Porongas"

7 de noviembre de 2009

Manual de cinismo

A usted le espetan: "El que apuesta al dólar, pierde" (Lorenzo Sigaut, 1981). O: "La gente nunca tuvo más plata que ahora" (Martínez de Hoz, 1980). O: "En este país, nadie hace la plata trabajando" (Luis Barrionuevo, 1990), y lo acomete la metafísica:

¿Es el cinismo un ingrediente imprescindible del fantasmagórico ser nacional, la sal de la vida del argentino, la propia capital de Vulgaria, como llama a nuestro país (y sus vulgares habitantes), un periodista porteño con el toque cínico del caso? Cuando los jefes de Estado hablaban mediante comunicados militares, nuestros Zaratustras repartieron profusas muestras gratis del producto: "Los desaparecidos no están, no son", envasó y selló Jorge Rafael Videla en 1981. El mismo año, Leopoldo Galtieri avisó: "las urnas están bien guardadas", por si no nos habíamos enterado.

Entre el cablerío de las picanas, (1978) aquel Estado sangriento guisó un clásico imbatible: "los argentinos somos derechos y humanos". Sebastián Hacher atribuye su autoría a la consultora internacional Burson Marsteller, de las más grandes del mundo, la que lo ajustó como traje a la medida de nuestro cuerpo.

En diciembre de 1977 se tuvo el menos recordado pero no menos importante anuncio publicitario: "Para que usted y su familia puedan celebrar en paz, en el Ejército hay argentinos que están haciendo guardia. Proteger es querer. Felices fiestas". Un pañuelo con que enjugar las lágrimas de emoción.

Eso en dictadura pero ¿y al momento en que los cuartos oscuros funcionan y se recuentan votos mientras se cruzan acusaciones mutuas de fraude?

Retomemos a los grandes maestros. Cuando Guido Di Tella, canciller de la argentina se despachó en 1991 perfilando la política exterior de la Nación: "Con Estados Unidos mantenemos relaciones carnales", pudo adjudicarse el trofeo histórico de un campeonato nacional de cinismo. Pero le disputa ese galardón el ministro de economía Bernardo Grispun: "Si querés que me baje los pantalones, me los bajo", (ante el emisario del FMI, Joaquín Ferrán, en 1984).

El cinismo rasca sus escamas en la desvergüenza del emisor pero desparrama la picazón de su sarna en cuanta conciencia se le cruza por el camino. Si Jauretche dice: "la plata tiene olor a bosta en la Argentina", es tapándose la nariz con cierta repugnancia. Contrario sensu, un cínico se jactaría de ese aroma escatológico; al fin y al cabo, el cinismo monta de una manera u otra una celebración de la vileza propia.

Sigamos rebuscando en las pesadas alforjas las frutas de ese árbol que florece en nuestro jardín y hallaremos con creces.

Cómo olvidar el: "Si hubiera dicho lo que iba a hacer, no me votaba nadie", teorema con el que resumió Menem su filosofía, su ética y sus temibles planes para nuestro futuro. Manzano, ministro de Interior del riojano, completó la escena: "Yo robo para la corona". Y aunque no se trata sólo sobre ladrones, tampoco los excluye; en 1996, el gremialista Luis Barrionuevo brindó también una receta integral a la cuestión económica argentina: "En este país tenemos que dejar de robar por dos años".

"La casa está en orden. Felices Pascuas", fueron las palabras con que Alfonsín epilogó la rebelión carapintada de 1987, mientras ésta nos legaba las leyes de Obediencia debida y Punto Final e instalaba a Rico abriéndole el micrófono: "Yo no dudo, los soldados no dudan. La duda es una jactancia de los intelectuales" (Aldo Rico, 1988).

Son tops. Difíciles de igualar. Pero no se queda atrás el dibujo del mapa que elucubró Julio Roca, vicepresidente de la nación, en 1933: "La Argentina, es desde el punto de vista económico, una parte integrante del imperio británico", tras la firma del pacto Roca-Ruciman sobre comercio de carnes.

"Ni vencedores ni vencidos", sentenció Eduardo Lonardi en setiembre de 1955, con breve antelación a los fusilamientos por decreto de la Libertadora.

Durante la década menemista, el ciclo argentino de vacas gordas alcanzó en este rubro su pico más alto con ejemplares de pura raza. Un catálogo de muestras para elegir:

"Estamos mal, pero vamos bien", (Menem, 1990).

"No sé si voy a sacar el país del problema económico. Pero seguro que voy a hacer un país más divertido", (Menem, 1990).

"La Ferrari es mía, mía, mía. ¿Por qué voy a donarla?" (Menem, 1991).

"No importa de dónde vengan los capitales. Lo que importa es que vengan", (Alberto Kohan, 1991).

"En mil días, vamos a poder tomar agua del Riachuelo", (María Julia Alsogaray, Secretaria de Medio Ambiente, 1993)

Algunas de las profecías de este ciclo se derrumbaron como Sodoma y Gomorra y hubo que salir de debajo de los escombros con que nos sepultaron:

"La convertibilidad se mantendrá por los siglos de los siglos", (Menem, 1996).

"Con la convertibilidad, habrá más de seis décadas de crecimiento y prosperidad en la Argentina", (Domingo Cavallo, 1991).

Casi todos los postulados desnudaban la axiología, la escala de valores imperante en aquellos filósofos nuestros: "Que se vayan a lavar los platos", respondió Cavallo a los reclamos de los científicos del área de Ciencia y Técnica, siempre en la década del '90.

¿Y ahora? Podrían llegar a incorporarse al Manual de Cinismo ciertas piezas pulidas durante las últimas curvas en las que nos vamos salvando del choque:

"Este es un negocio millonario y los cartoneros tienen una actitud delictiva porque se roban la basura". "Al ciruja me lo llevo preso". "Es tan delito robar la basura como robarle a un señor en la esquina", Mauricio Macri, época K.

También de Macri: "Vengo de una familia machista? En una familia machista, una mujer no tiene otro destino que el de estar educando a sus hijos", en referencia a las posibilidades de que su hermana Sandra se incorporara a su gabinete como ministra de acción social.

Hugo Biolcati, presidente de la Sociedad Rural, agosto 2009, rubrica algún aporte: "Me pregunto por qué el 27 por ciento de los argentinos padece hambre si el campo es una enorme fábrica de alimentos", "El campo tiene un plan para terminar con la pobreza", Y: "Pienso en Manuel Belgrano, José de San Martín, Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi. Hombres que murieron en la dignidad de su pobreza, sin tener que presentar declaraciones juradas". Presentar la declaración jurada o no, ese dilema ontológico...

En cuanto a si hay o no cinismo en Cobos, cada cual juzgará y tomará posición:

"No puedo acompañar y eso no significa que esté traicionando". "La historia me juzgará", "Mi voto no es positivo", Julio Cobos, (vicepresidente argentino integrante del gobierno y votando en el Senado contra el proyecto oficial y junto a la oposición, julio 2008).

Posiblemente el tiempo clave los dientes, despedace y degluta los speechs de los personajes de reparto, los bocadillos de quienes son extras ocasionales de la historia. Pero acaso ¿no es la intención lo que vale?

Nos vemos


Fuente: Rosario 12

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