13 de abril de 2017

Sturzenegger es Macri


A modo de prólogo al texto de Zlotogwiazda que busca el hilo conductor de la política monetaria del gobierno de Macri. Es poco discutible que la sociedad introdujo un giro copernicano en el tipo de régimen y la forma de Estado al transitar de un gobierno nacional y popular a otro de carácter neoliberal.

Mientras que el primero puso énfasis en el crecimiento económico y la redistribución del ingreso a favor de los asalariados, la política de la gestión actual sustenta sus acciones sobre dos ejes principales. Uno de ellos consiste en modificar la estructura estatal que se fue conformando durante el ciclo de los gobiernos kirchneristas, adecuándola a las necesidades de una transferencia de la regulación al “mercado” que no es otra cosa que dejarla en manos de los sectores oligopólicos. El otro, consiste en poner en marcha una política de “ajuste económico” que implica un salto significativo en el ritmo inflacionario que está generando una reducción del nivel de actividad económica y una reversión de la participación de los asalariados en el ingreso.

Se trata de un resultado coherente con las nuevas formas de condicionar la política estatal que surgieron en la década de 1980 durante la postdictadura en el marco del nuevo patrón de acumulación basado en la valorización financiera del capital.

Compartimos este notable texto de Marcelo Zlotogwiazda

Pese a que la inflación del primer trimestre y la perspectiva para abril vuelven a dejar en evidencia que la receta monetarista de altas tasas de interés y atraso cambiario de Federico Sturzenegger no está logrando la desaceleración de precios buscada, el presidente del Banco Central respondió con más de lo mismo. Subió fuertemente la tasa de interés de corto plazo, y su intervención en el mercado cambiario sigue permitiendo que el sobrante coyuntural de dólares deprima su cotización, en lugar de intensificar la demanda mediante la compra de más dólares para acumular en reservas.

Su terquedad es la contracara de su firme convencimiento de que su receta va a terminar dando resultado, y de que el objetivo prioritario de política económica es bajar la inflación antes que reanimar el nivel de actividad, apoyado en la idea de que no hay nada más reactivamente que frenar el alza de precios.

Su terquedad es posible porque cuenta con el absoluto respaldo de Mauricio Macri. Y no es un respaldo pasivo que se justifica en la formalidad de la independencia del Banco Central, sino en el hecho de que el Presidente también es un convencido de que la prioridad de su Gobierno en materia económica es bajar la inflación, que el resto está subordinado a ese objetivo, y a que ese objetivo se llega por el camino de Sturzenegger. Varios funcionarios de primera y segunda línea de Gobierno han sido testigos de cómo Macri lauda a su favor cuando alguien se atreve a cuestionarlo.

Tanto es así, que a pesar de que falta nada más que, exactamente, cuatro meses para la primera elección del año (el 13 de agosto se vota en primarias), el Gobierno está más interesado en poder mostrar en la campaña mejores números de inflación que de crecimiento. La prueba más clara es su explícita decisión de que las paritarias cierren con aumentos que no implican mejoras considerables en el poder adquisitivo. Lo que para una economía cuya demanda agregada depende en casi un 75 por ciento del consumo privado significa resignar crecimiento.

La buscada contención a los aumentos de salarios no se limita al sector público, lo que podría obedecer a restricciones presupuestarias. El Gobierno pretende que eso se replique en el sector privado, como quedó bien en claro en el modo en que el ministro Jorge Triaca exhibió triunfal junto al eterno cacique mercantil Armando Cavalieri que el sindicato más numeroso del sector privado acordara 20 por ciento en dos pagos con cláusula gatillo. Es decir, sin recuperación alguna de salario real y con la mínima presión posible en los costos de producción y, consecuentemente, en los precios.

La decisión del martes pasado de Sturzenegger fue otra señal dirigida a todos los que se sientan a negociar paritarias para que no inflen expectativas.

Mientras tanto, Luis Caputo y Nicolás Dujovne se encargan de garantizar el financiamiento que permite mantener una política económica que genera un déficit fiscal tan elevado como difícil de reducir, por obvias razones políticas y por la inflexibilidad de una porción grande del gasto público. La política, aunque también la necesidad de no agregar más leña al fuego de la inflación, llevaron al Gobierno a postergar el aumento en el transporte público, y por ende a moderar el recorte en el gasto en subsidios, que es la principal y casi única vía que eligieron para achicar el déficit.

El ministro de Finanzas se ocupa de pasar la gorra, y por ahora la llena de deuda con bastante facilidad y a costos decrecientes. La tarea del ministro de Hacienda es generar las condiciones para que lo anterior sea posible. Una fuente que se sienta en lo más alto de la conducción económica explica: "Vamos a necesitar tomar deuda por varios años más, y para que el mercado de capitales nos siga prestando es condición que vayamos bajando la inflación, que abramos la economía de a poco, y que mantengamos un nivel de deuda sustentable, lo que requiere que la economía crezca algo y que el déficit fiscal vaya bajando, aunque sea de a poquito y sin cumplir con las metas, pero que vaya bajando".

Objetivos muy poco ambiciosos para un Gobierno que ya transitó un tercio de su mandato con escasos logros que mostrar.

Los precios suben el 6,2% en el primer trimestre. El Banco Central subió la tasa para combatirla con un garrote. Subite a la bicicleta financiera, diría mi amigo. Mientas tanto, el club de fans del "carry trade" tuvo su semana de gloria con la reciente suba de las tasas por parte del BCRA. Se hace en las principales plazas del mundo en las cuales se observen condiciones atractivas para esa apuesta. Pero en Argentina es insuperable.

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