11 de marzo de 2017

Reconstruir la movilidad social ascendente

Cómo recuperar la movilidad social (o los tres caminos)

Por Lic. Daniel Arroyo

Lo único universal, el único lugar que tiene verdadera legitimidad en Argentina es la escuela. El chico que se queja porque este año está aprendiendo lo mismo que el año pasado, sabe que la escuela es el lugar que le va a permitir progresar. Los padres que cuestionan la escuela, saben que cuando los convocan desde allí es para algo bueno para sus hijos. Aún el padre que genera un hecho de violencia sobre un docente, en el fondo está pidiendo ayuda, está diciendo que no tiene claro cómo manejar a su hijo adolescente.

La escuela sigue siendo el ámbito que más confianza les genera a las familias argentinas, con sus múltiples problemas, con programas no actualizados y con un alto grado de deserción en la secundaria, la escuela es “el lugar” desde donde hay que empezar a reconstruir el tejido social y la idea de movilidad ascendente. Las familias ricas y las familias pobres les bajan el mismo mensaje a sus hijos: “estudiá, ponete las pilas”. El chico perdido en una esquina sabe que la escuela es el lugar del que tiene que agarrarse y, aunque cada tanto se caiga, sabe que ese es el mejor lugar que tiene a mano.

No intento dar una visión idílica, por el contrario, hay muchísimos problemas en el sistema educativo, pero está claro que ese es “el mejor lugar” que tenemos para construirnos un futuro. No es poco, es un muy buen punto de partida para reconstruir la idea de que el estudio es el primer camino para lograr la movilidad social ascendente. Por eso, es clave cuidar a los docentes y darles participación en las reformas y los diseños curriculares que vienen.

El segundo camino es el trabajo y aquí, las cosas están bastante más complicadas. Tenemos casi 10% de desempleo general y casi 20% de desempleo en los jóvenes. Hay gente que trabaja en el siglo XXI (los que están vinculados al mundo del conocimiento, le ponen valor agregado a la producción primaria o están en el sector financiero); hay gente que trabaja en el siglo XX (la persona que cose ropa a fasón o el mundo de las “changas” que incluyen a casi 1/3 de los que trabajan); y también hay gente el siglo XIX (el que tiene trabajo absolutamente precarizado y muy temporario). Ese es nuestro mercado laboral y no tiene mucha lógica imaginar que se va a acomodar a partir de un supuesto derrame o sólo logrando una mayor competitividad de los argentinos del siglo XXI.

Aquí tiene un rol fundamental el mercado interno. No hay manera de reconstruir la movilidad social si no se desarrolla el mundo de las pymes, de los comerciantes, de los que hacen “changas”, si no se mueven la construcción, el textil, el metalmecánico, el comercio, el turismo, que son sectores que hacen crecer el PBI y que, a su vez, llegan hasta la punta de la cadena porque le abren posibilidades de trabajo a los argentinos del siglo XX y a los argentinos del siglo XIX.

Aquí también se nos abre una oportunidad, estamos tan retrasados en infraestructura, nos faltan cloacas, asfaltos, veredas, núcleos húmedos, viviendas, que es eso lo que nos da la oportunidad de masificar el trabajo aún en un contexto donde la tecnología va a modificar mucho las formas de empleo. No tenemos que “inventar” trabajo en Argentina, no tenemos que romper calles y volver a hacerlos para generar mano de obra, tenemos la posibilidad de poner en marcha mucho trabajo de mano de obra intensiva.

El tercer camino es el crédito, y aquí si estamos en un problema serio. Muchísimas familias están “sobreendeudadas” como producto del parate de la actividad económica y el aumento de los alimentos. Esta situación no es de ahora, viene desde hace tiempo, pero se agudizó. Una familia típica del Conurbano se encuentra hoy ante el problema de que todo le sale más caro, le entra menos plata por las “changas” y entonces se endeuda con la financiera de la esquina, el prestamista del barrio o con el que puede. Gran parte del dinero que entra se use para pagar deudas, para “tapar agujeros”. Lo que sucedió a fin de año nos marca un alerta: el dinero extra que entró en las casas por el aguinaldo o los bonos para los planes sociales no se volcó al consumo porque la plata fue a paliar deudas.

Este endeudamiento constante también genera situaciones de violencia cotidiana en la medida en que las tasas de interés exorbitantes que pagan los que están la informalidad hacen que las cuentas siempre estén en rojo, aún en las familias que hacen un culto del cumplir puntillosamente.

Masificar el crédito, a tasas muy bajas, es parte de la tarea de la política social y es un elemento clave para reconstruir el camino de la movilidad. Se trata de crédito, sin pedir garantías imposibles, para el carpintero que necesita una sierra circular, la persona que requiere una máquina para coser en su casa o el pibe que tiene un taller mecánico y le falta un scanner y una computadora. También masificar el crédito para las muchísimas familias que viven muy endeudas y siempre al filo de la navaja.

En definitiva, mejorar la escuela, mover las cadenas productivas que llegan hasta la punta y masificar el crédito no bancario son tres de los caminos que nos pueden ayudar a reconstruir la idea de movilidad social ascendente que es, ni más ni menos, el gran sueño de las familias argentinas.



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