15 de agosto de 2016

Macri, no es la tormenta que asusta, sino el destino


con textos de Julio Bárbaro

Me asombra la cantidad de seguidores del Presidente que entraron a dudar sobre el mañana. Simples votantes o importantes funcionarios, muchos, demasiados, observan con recelo el rumbo que a la nave colectiva le imprime el nuevo timonel. No es la tormenta lo que asusta -las aguas convulsionadas nos tienen acostumbrados- sino el destino, las supuestas playas donde el liberalismo económico nos haría felices.

Es el primer triunfo electoral de la derecha liberal, aunque desde ya que no su primer intento de imponer un modelo de sociedad. De hecho, en los tiempos de Menem el rumbo económico era el mismo que hoy elige Macri, uno de los tantos errores garrafales cometidos por el peronismo. Y ni hablemos de los golpes militares, siempre fueron liberales y siempre terminaron en el más rotundo de los fracasos. Y ojo que ahí no era el peronismo ni los sindicatos ni el pueblo el que los molestara en su ejercicio del poder. Del 76 al 83 generaron deuda y miseria. Con Menem profundizaran ese rumbo, y ahora pareciera que lo quieren intentar de nuevo.

Conflicto eterno de nuestra sociedad, el puerto representa el comercio y se impone sobre el interior que expresa a la producción. La producción es trabajo y genera renta, el comercio destruye la producción y genera desocupación. Llegamos a fabricar aviones, pero la izquierda kirchnerista terminó comprando vagones usados y hasta los durmientes en el extranjero. La producción genera trabajo, comprar afuera produce coima. Nunca terminamos de ponernos de acuerdo en que es lo que necesitamos producir para generar la riqueza que nos permita ser una sociedad integrada. Todavía algunos creen que el rumbo lo gestionan las leyes del mercado. Tan viejo y gastado como el sueño de la revolución proletaria.

El debate sobre cuál fue el factor que determinó nuestro atraso no parece resolverse. Nosotros opinamos que el peronismo fue el gran integrador de la sociedad, no dejó ni deuda ni marginalidad; ellos piensan que esa distribución de la riqueza les impidió a los grandes capitales convertirnos en un país desarrollado. Debate eterno que necesita ser resuelto. Ser un gran país con la mitad de la población en la pobreza es un absurdo, no importa donde lleguen los ricos sino donde llegamos todos. Hasta ahora el peronismo fue el único que definió este destino: industria nacional con población integrada, trabajadores como conciencia superior al empresariado, soberanía política por encima de los negocios y los mercados de turno.

También fue capitalismo con dispersión de inversiones. Siempre impidió la concentración, dejó de hacerlo con Menem y los Kirchner; en rigor la política dejo de ser importante desde que la economía en representación de los negocios derrotó al Estado, a la voluntad de trascender lo privado para pensar lo colectivo. Y esa es la herencia del golpe del 76. Alfonsín intentó salir de ese esquema, Menem con Dromi y Cavallo nos sometieron a la más atroz de las decadencias. Los servicios públicos privatizados son la clave de la degradación de la sociedad. Son monopólicos y dan perdidas, es el lugar que debe ocupar el Estado. Pero al privatizar y subsidiar se generan cajas que producen el nervio de la corrupción. Los revolucionarios kirchneristas se enfrentaban con los medios independientes porque informaban, nunca enfrentaron a los concesionarios de los ferrocarriles, cumplían con los preciados retornos. La supuesta ideología los llevaba a perseguir disidentes, ese era el enemigo; las grandes empresas, mientras pagaran sus retornos, no importaba si eran nacionales o extranjeras, si dañaban al pueblo o le servían, las necesidades de la burocracia ocupaban el lugar de las necesidades de la sociedad.

El kirchnerismo es una izquierda falsa, pero el macrismo aparece como una derecha de verdad. Macri piensa que permitir a los extranjeros comprar campos sin límite nos sirve para atraer inversiones. Lo de siempre: en lugar de promover la venta de la producción, intenta vender la estructura productiva. Izquierda kirchnerista y derecha macrista piensan que da lo mismo que una empresa sea nacional o extranjera. Solo el peronismo y antes el radicalismo -además del desarrollismo- reivindicaron la necesidad de una burguesía nacional. Finalmente los sindicalistas, al menos algunos de ellos, terminaron ocupando ese digno y necesario lugar. Y digo algunos porque hay un grupo de mediocres que imagina haberse convertido de tal manera en empresarios que les molesta participar en política. Algunos se vuelven ricos y tratan de distanciarse de los pobres, cambian de clase social, y con ello de conciencia nacional. Algunos siguen siendo sindicalistas y, otros, simples propietarios de sistemas de medicina prepaga.

De la peor crisis nos sacaron economistas peronistas; otros, liberales, en nombre de un peronismo traicionado nos habían llevado hacia ella. Ser peronista hoy casi no quiere decir nada, pero hay cuadros técnicos que sí son dueños de una experiencia digna de ser convocada. Lo mismo pasa con radicales y miembros de fuerzas aliadas. Cuadros políticos, no gerentes ni dueños, ni mucho menos expertos en concentración empresarial, esos son enemigos del mismo sistema social que deberían promover.

Entre el teléfono y la televisión paga se llevan la renta que un empleado medio puede destinar a los servicios. No queda margen para gastar otro tanto en luz y gas. Es cierto que los Kirchner destruyeron hasta la energía en el camino hacia ser Venezuela. Tiene razón la ex presidenta: merecería un premio Nobel, ya que no es fácil destruir tanto en tan poco tiempo.

En la dialéctica entre el kirchnerismo y el PRO no parece haber lugar para un futuro digno. La ventaja es que el macrismo dialoga con todos y, en consecuencia, si sus recetas no funcionan, podrán convocar al resto y enfrentar juntos la crisis.

Con Scioli dependiendo de Cristina solo quedaba como salida la guerra civil. Ahora el peronismo intenta recuperarse para sacarse la enfermedad del kirchnerismo de encima. Es bueno que lo intente, solo queda saber si están a tiempo de salvarse-y por suerte muchos quedarán en el camino. La sociedad está muy atenta al prestigio de los políticos. Y esa es la limitación de los obsecuentes. Hay muchos fanáticos que espantan más votos que los que atraen. La sociedad está exigiéndole a su dirigencia. Era hora: es el único camino que asegura la mejoría.

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