11 de julio de 2016

Costumbres argentinas


 por Fernando Gutiérrez

¿Qué habrá pensado Víctor Hugo Morales al oír las recientes declaraciones de Cristina Kirchner, en las que reconoció haber redolarizado los ahorros que pesificó en 2012? Años atrás, el relator había sido el artífice de que la entonces Presidenta decidiera hacer el gesto político de convertir su dinero personal en moneda nacional, en aras de la coherencia política.

Eran tiempos en los que –tras la instauración del cepo- el gobierno kirchnerista propiciaba una ardua "batalla cultural" para que los argentinos dejaran de pensar -y ahorrar- en dólares para pasar masivamente sus tenencias apesos.

Era una contienda tremendamente difícil. Tanto, que costaba convencer incluso a los propios funcionarios K.

Ante la escandalosa situación de que Aníbal Fernández (por entonces senador) había dicho al periodismo que tenía dólares "porque se me antoja y no pienso venderlos", los militantes más lúcidos del Frente para la Victoria advirtieron que la contradicción había llegado demasiado lejos.

Fue allí cuando Víctor Hugo, erigido en "reserva moral" del kirchnerismo, planteó su queja: si el Gobierno quería ser tomado en serio en su "batalla cultural", entonces los funcionarios debían predicar con el ejemplo y empezar por ser ellos quienes, voluntariamente, convirtieran sus tenencias en moneda argentina.

Cristina aceptó el desafío e incluso obligó a Fernández y a otros funcionarios a hacer lo mismo.

Era un gesto político bastante caro en términos personales: vender los dólares a la paridad oficial de $4,50 cuando el "blue" cotizaba a $6 implicaba una pérdida automática del 25% del capital.

Una pérdida que Cristina asumió en aras de sostener su "relato" y para justificar una de las medidas más impopulares de su gestión, que le valió la enemistad de una clase media que no conoce otra forma de ahorro que no sea mediante la compra de billetes verdes.

En la actitud de Cristina, tanto la de aquel momento como la de hoy en día, subyace el eterno drama económico de la Argentina.

Hace más de medio siglo que la población entiende que la moneda nacional no sirve para el atesoramiento y ve a la estadounidense como refugio por excelencia.

La propia ex presidenta se encargó de justificar tal comportamiento, al recordar la saga de hechos traumáticos que implicaron confiscaciones a la riqueza de los ciudadanos, tales como el Plan Bonex (1990) o el corralito (2001).

Por cierto, omitió mencionar un “detalle”, que se podría agregar a esa lista: los "aprietes" a empresarios y banqueros durante su propia gestiónde gobierno.

Concretamente cuando, ya resignada a que su batalla cultural estaba perdida, optó por dejar impaga una deuda de u$s 13.000 millones con los importadores para así preservar los pocos billetes verdes “líquidos” que quedaban en el Banco Central y para poder vendérselos a los ahorristas.

Ese fue un cálculo electoral que implicó una de las mayores contradicciones de su "relato". A fin de cuentas, el justificativo que el ministro Axel Kicillof había planteado para instaurar el cepo era que se trataba de una medida necesaria. Argumentaba que en un mundo en crisis había que priorizar los dólares para que la industria nacional pudiera importar sus insumos y no para que la clase pudiente los gastase en Miami.

Cristina, sobre el final de su mandato, no solamente había invertido esa prioridad sino que se jactaba en su cuenta de Twitter de que, en dos años, los ahorristas y turistas habían comprado al tipo de cambio oficial la friolera de u$s 9.000 millones. Más aun, preguntaba con su clásica dosis de ironía: "¿No era que no se podía comprar dólares?... ¿Y siguen hablando de cepo?".

Como en los días de la "plata dulce" de los '70, o los de la convertibilidad de los '90, se batieron récords en los registros de argentinos viajando al exterior, al percibir que estaban viviendo un momento de "liquidación" de billetes verdes baratos.

Nada raro, en definitiva, para un país que aplica mejor que ningún otro la clásica "ley de Gresham". Como aprenden todos los estudiantes de economía (aunque no está tan claro que la hayan comprendido todos los funcionarios), el comerciante inglés Thomas Gresham -que asesoraba a la corona sobre finanzas públicas- estableció hace más de 400 años uno de los principios fundamentales del dinero.

Descubrió que cuando en un país conviven dos monedas -una que es percibida como más segura que otra- la sociedad tiende a usar para realizar sus transacciones cotidianas la que brinda menor protección. En tanto, retiene aquella de mejor reputación para así poner a resguardo su capital. Por consiguiente, no se ve circular mucho a la divisa "buena", mientras que “la otra” cambia de manos a toda velocidad, ya que nadie quiere quedársela mucho tiempo.

La historia del país de las últimas décadas confirma a Gresham de manera contundente.

Según un estudio de la consultora Econométrica, en los últimos 20 años, los argentinos compraron moneda estadounidense por el equivalente al 12,8% del ahorro de la economía (casi el 3% del PBI anual).

Hablando en plata:

-Hasta 2011, año en el que se instauró el cepo, se había fugado la friolera de u$s140.000 millones.

-De ese monto, algo más de la mitad (u$s74.000 millones) salió del sistema durante la década K.

El año récord de fuga fue precisamente el 2011, en coincidencia con un tipo de cambio que se mantuvo planchado y un boom de consumo que le permitiera a Cristina ser reelecta por el 54% de los votos.

A lo largo de 2011, la fuga ascendió a u$s21.500 millones. La instauración del cepo ocurrió cuando el ritmo de salida de divisas había alcanzado un insoportable nivel de u$s3.000 millones mensuales.

Las restricciones a la compra fueron hechas bajo el argumento de un intento de "golpe de mercado”, fogoneado por bancos y grandes grupos económicos, en el que casi no había adquisiciones por parte de los pequeños ahorristas.

El viejo Gresham estaría revolviéndose en su tumba al oír aquella explicación si bien, posiblemente, se sienta reivindicado por las declaraciones que la propia Cristina diera al salir hace unos días de Comodoro Py.

"Yo no sabía qué iba a hacer esta gente con la economía y no me daba confianza”, afirmó CFK para justificar la dolarización de sus ahorros ante el inicio de la gestión macrista. Por cierto, un argumento que no resulta ser muy diferente del que habían tenido los miles de argentinos en 2011 para hacerse de billetes verdes. Tampoco, del de cientos de empresarios que fueron tildados de querer desestabilizar al Gobierno K.

La afirmación de Cristina Kirchner es, en definitiva, la confesión más explícita sobre su rotundo fracaso en la "batalla cultural" por pesificar la mente de los argentinos. La ex jefa de Estado, acaba de dejar en claro que, ante la incertidumbre, no está mal ir al dólar como refugio. Como lo hizo ella ahora en el llano, alejada del poder, como lo hicieron en su oportunidad miles de ciudadanos.

Como la propia CFK destacó en un célebre discurso de 2011 en la Bolsa de Cereales de Rosario, la búsqueda del billete verde como moneda de resguardo es una peculiaridad cultural argentina contra la cual es muy difícil pelear.

Había argumentado que un objetivo fundamental de su política era dar previsibilidad cambiaria, porque los argentinos no toleran alteraciones bruscas en precio del dólar, algo que marca una clara diferencia con lo observado en otros países de la región.

Puso el ejemplo de Brasil, donde el real acababa de sufrir una fuerte devaluación sin que ello hubiera implicado escenas de pánico ni que ningún brasileño “perdiera una ojota para salir corriendo desde la playa hacia el banco”.

Luego, ya en pleno cepo, prefirió ignorar ese análisis para abocarse a su cruzada anti-dolarizadora. Aun así, incurrió en otra contradicción. En aquel momento, afirmó que ahorraba en dólares por tradición pero no por conveniencia, porque los plazos fijos en pesos ofrecían mayor interés.

Seguramente no advirtió la discordancia de su planteo, porque sólo quienes piensan en dólares podían sostener que era mejor tener pesos.
¿Por qué? Básicamente porque las tasas de plazos fijos eran fuertemente negativas si se las comparaba con la inflación: 10% anual contra un 25%.

Para quien sólo pensaban en pesos, no había incentivos para el ahorro. Muy por el contrario, los que sí se acercaban a los bancos eran aquellos que medían su patrimonio en dólares.

Concretamente, quienes comparaban el interés de los plazos fijos en pesos con la tasa devaluatoria y se encontraban con que tenían frente a sí la posibilidad de incrementar su patrimonio en “verdes”, producto de un tipo de cambio planchado.

Por cierto, este el mismo razonamiento que en los primeros meses del 2016 llevó a miles de ahorristas a pasarse a moneda local (para hacerse de un 38%) y ahora que el Banco Central redujo ese premio vuelven a dolarizar sus carteras.

Un barrilete cósmico... y verde. Ir a los pesos cuando las tasas están altas y el dólar tranquilo (aunque sea artificialmente). Luego, volver al billete verde si es que se huele algo de inestabilidad.

Este comportamiento -que es el que precisamente fue replicado por Cristina- coincide con lo que vienen haciendo todos los ahorristas argentinos desde hace décadas.

La ex presidenta, en definitiva, está demostrando que no piensa de manera muy diferente a la de Domingo Cavallo. Ni razona de modo distinto a la clase media, que atesora dólares ante la primera señal de una política que no luce sustentable.

Ni siquiera es muy diferente a la actitud de los "caceroleros" que, en su momento, eran despreciados por el kirchnerismo. Eran acusados de "tilingos" insensibles, únicamente preocupados por tener billetes verdes para viajar a Miami, sin advertir que esas divisas debían ser utilizadas para el desarrollo del país.

Sin dudas, para los cultores del "relato" debe ser un final triste y difícil de digerir. Después de haber denunciado airadamente el accionar desestabilizador de empresarios, de operadores de la city porteña y tras repudiar a los fanáticos de la dolarización, la actitud que ahora tomó CFK se parece mucho a una claudicación.

Pero ¿quién la puede criticar? Cristina, en definitiva, no hace más que responder al esquema mental de la mayoría de los argentinos, que asocia al peso con el riesgo y al dólar con la seguridad.



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