23 de diciembre de 2010

¿Criminalizar la protesta social?

A propósito de lo visto y escuchado anoche a Duhalde, a Bullrich y a Macri, publico -creo que por tercera vez- esta pieza literaria de Alfonsín (padre) sobre la protesta social.
«Está muy claro que no se debe criminalizar la protesta social. En definitiva, quienes a ella se suman están ejercitando el derecho de expresión y el de peticionar ante las autoridades, en procura de otros de gran importancia también consagrados en la Constitución Nacional vinculados con los derechos humanos.

Pero en una democracia, esa protesta debe desarrollarse de modo tal que no termine por atacar el propio sistema que todos debemos perfeccionar y proteger, precisamente en defensa de los derechos humanos.

Es muy cierto que hay graves falencias en nuestra democracia y que todavía no parece plantearse el problema de la exclusión al que está sometida una ancha franja de nuestra sociedad, sumergida en la pobreza extrema. También es cierto que cuando se trata de luchar por la propia dignidad, hasta ridículo resulta pedir "buenos modales".

Es verdad asimismo que para los millones de compatriotas excluidos, el orden establecido es en realidad el desorden establecido y que, consecuentemente, se vuelcan hacia actitudes anómicas que se traducen en hechos espontáneos de rechazo a las normas vigentes.

Pero adviértase que de seguir profundizando en esta línea de pensamiento debiéramos también —lógicamente— exculpar a cierta criminalidad.

Que no se diga que en nombre de la autonomía de la persona, la república democrática debe permanecer neutral frente a lo que puede ser la utilización de legítimas demandas con el propósito de destruir sus frescos cimientos. Conspirar contra la democracia exhibe siempre una aspiración a la tiranía.

Hoy observamos que en gran medida los llamados piqueteros son utilizados por extremistas de izquierda que desnaturalizan la protesta, transformándola en violenta, si bien en un grado menor. Encapuchados, con garrotes, no construirán la sociedad justa que deseamos. Más bien destruirán la esperanza de concretarla. Son la contrafigura de los sectores especulativos que con su egoísmo incrementan la brecha social. En algunos casos, parecen inspirados en un neoanarquismo tipo John Holloway, que rechaza al Estado y a los partidos políticos, y recomienda la pereza y el sabotaje en el ciclo productivo. Claro, después de la destrucción total, se podrá cambiar el mundo.

Es bueno recordar las frases premonitorias del presidente republicano de España Indalecio Prieto en la primavera de 1936: "La convulsión de una revolución, con un resultado u otro, la puede soportar un país; lo que no puede soportar un país es la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria inmediata; lo que no soporta una nación es el desgaste de su poder público y de su propia vitalidad económica, manteniendo el desasosiego, la zozobra y la intranquilidad. Podrán decir espíritus simples que este desasosiego, esta zozobra y esta intranquilidad la padecen sólo las clases dominantes. Eso, a mi juicio, constituye un error. De ese desasosiego, esa zozobra y esa intranquilidad no tarda en sufrir los efectos perniciosos la propia clase trabajadora, en virtud de trastornos y posibles colapsos de la economía, porque la economía tiene un sistema a cuya transformación aspiramos... No se diga, desacreditando a la democracia, que el desorden infecundo es únicamente posible cuando en las alturas del poder hay un gobierno democrático, porque entonces los hechos estarán diciendo que sólo la democracia consciente los desmanes y que únicamente el látigo de la dictadura resulta capaz de impedirlo... Si el desmán y el desorden se convierten en sistema perenne, por ahí no se va al socialismo, por ahí no se va a la consolidación de una república democrática, que yo creo nos interesa conservar. Ni se va al socialismo ni se va al comunismo. Se va a una anarquía desesperada que ni siquiera está dentro del ideal libertario; se va a un desorden económico que puede acabar con el país".

No está de más tampoco recordar las frases de John F. Kennedy durante las luchas por los derechos civiles: "Mi obligación bajo la constitución y las leyes era y es hacer cumplir las órdenes de la autoridad legítima con cualquier medio que sea necesario y con la mínima fuerza y desorden civil que las circunstancias permitieran".

Sólo falta citar a Benito Mussolini, tributario de la agudización de las contradicciones de la que participaron quienes creían que su peor enemigo era el progresismo democrático liberal o el socialismo reformista: "Si en Italia hubiera hoy un gobierno que mereciera tal nombre, sin ninguna demora mandaría a sus agentes y carabineros a sellar y ocupar nuestras sedes. Una organización armada con sus cuadros y reglamentos es inconcebible en un Estado que tiene su ejército y su policía. Por tanto, no hay Estado en Italia, es inútil y, por tanto, nosotros tenemos que llegar necesariamente al poder. De otro modo, la historia de Italia se convertiría en algo inacabado".

Como afirma el profesor Juan J. Linz, "una autoridad que no está dispuesta o es incapaz de utilizar la fuerza cuando se ve amenazada por la fuerza, pierde el derecho a exigir la obediencia incluso de aquellos no predispuestos a ponerla en duda... La inacción frente a la violencia fascista, nazi o proletaria, la incapacidad o falta de voluntad para controlar, ha estado en la raíz del vacío del poder que llevó a la caída de las democracias".

A estas situaciones de riesgo fue empujada la democracia como resultado del espejismo neoliberal. Como se ha sostenido, la fórmula política del neoliberalismo era una ideología desafiante y audaz: producir "un gran salto hacia adelante". Hoy es tan sólo una autodisculpa de su derrota.

Ya nos dice: "Este no es el mejor de los mundos posibles, si no el único que hay. Además, todas las alternativas son peores y demostrarán ser peores si se las lleva a la práctica".

Lo que se buscó fue que el rasgo más saliente de la política fuera su insignificancia, porque se deseaba un Estado que se transformara en gerente de los poderosos. Así como se pretendió destruir al sindicalismo, sin advertir que éste es un colchón necesario para la consolidación de la paz; se quiso debilitar la política de modo que, a lo sumo, se dedicara a administrar un Estado mínimo y jamás a innovar o pretender regular el mercado.

El problema es cultural. Es decir, ético. Si queremos triunfar no podemos continuar siendo una democracia empeñada solamente en defenderse. Tenemos que atacar todas las causas de desestabilización y de injusticia.

Vivimos una transición. Corremos riegos colosales. La democracia de este tiempo tiene que ser fuerte en el marco de la legalidad con quienes quieren destruirla o menoscabarla y no puede eximir del esfuerzo necesario a ningún sector, con el único compromiso de que sea equitativo.

"Transición a la democracia" equivale a transición a un sistema que no se autodestruya ni incite o invite a su destrucción, a partir de la exhibición de carencias o vicios que lo hagan cada vez más vulnerable.

Aún estamos lejos de concretar la vieja aspiración de un sistema en el cual los ciudadanos puedan participar en la vida política en un pie de esencial igualdad. Esto es así por la inequitativa distribución de los recursos y las oportunidades vitales que lleva inevitablemente a la desigualdad en el terreno político.»
Nos vemos, pero antes una pregunta a los panelistas de anoche: ¿como se reprime? Propio es de los militares que aquello que no entra por la cabeza entra por los pies.

Ahora si, nos vemos


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Escrito en 2005 por Raúl Alfonsín

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