22 de octubre de 2010

Ecos, justicia y leche derramada

Nada más cómodo e hipócrita que llorar sobre la leche derramada. Qué fácil es decir ahora que hay que respetar la diversidad y ser tolerantes. Qué increíblemente inverosímil pueden sonar las palabras de pesar, remordimiento y arrepentimiento. Qué vacías y huecas pueden resultar, también, las coberturas periodísticas de este hecho desgraciado por parte de aquellos mismos que en lugar de informar sobre el motivo que lleva a los manifestantes a reclamar se preocupan por alertar que hay “caos de tránsito”.

¿Dónde meterán la cabeza aquellos intolerantes cansados de trotskismo enquistado entre los trabajadores”? El muerto, Mariano Ferreyra, y la herida grave, Elsa Rodríguez, no son sólo víctimas de la patota de la Unión Ferroviaria conducida por José Pedraza que, dicho sea de paso, ayer justificó los incidentes al decir que “los trabajadores ferroviarios impidieron el corte de vías en defensa de sus fuentes laborales”. Ferreyra y Rodríguez son víctimas de la intolerancia, de accionar que en los ’90 llevó a convertir a sindicalistas en patrones, ese liberalismo salvaje y desenfrenado que todo lo permitió.

Este Gobierno eligió un camino diferente, eligió la tolerancia y la negociación como política ante las protestas y manifestaciones, provengan de donde provinieren. Pero por algún lado siempre salta la liebre y se cuela la violencia, porque el desastre de aquellos años lo pagamos y lo seguiremos pagando hasta que no se revierta con políticas de fondo. En ese marco, el pleno funcionamiento de los sindicatos y las paritarias debe estar acompañado de la más profunda democracia sindical, para que los sindicatos estén en manos de sus dueños, los trabajadores.

La protesta de ayer se hizo contra cien despidos y por el pase a planta permanente de 1.500 tercerizados. ¿En qué enferma cabeza puede caber empuñar un arma y disparar contra gente que reclama por algo tan justo? Un delincuente que se escuda en un gremio para cometer este delito no es un trabajador, ni un dirigente, ni nada. Es, además de un asesino, un sobreviviente de aquella podredumbre que se resiste a dejar este país.

La Argentina tiene demasiada historia de muerte como para seguir tolerando estos hechos. Los culpables materiales e intelectuales deben ir presos lo antes posible. No debe ser tan difícil individualizar a los integrantes de una fuerza de choque, al fin y al cabo si se quiere llegar a la verdad.

Ese debe ser el compromiso de quienes tienen la responsabilidad de dar una respuesta por este hecho. Es lo menos que se merecen las víctimas y sus familiares. Que de una vez por todas la justicia llegue a quienes más la necesitan. “Este suelo está regado de sangre peronista”, escuché hace muchos años en una redacción. Tal vez lo correcto sea decir que “este suelo está regado de sangre de trabajadores”, al menos desde la Patagonia trágica para acá, pasando por la Semana Trágica, la Resistencia Peronista, el Cordobazo y las víctimas de la última dictadura, los muertos siempre son los mismos.

Es necesario trabajar por una sociedad en la que nadie muera víctima de la intolerancia y en la cual la democracia se imponga en todos los órdenes de nuestra vida. Hasta que eso no ocurra seguiremos llorando hipócritamente sobre la leche derramada.

Pepe Dazzo


Con textos de Rubén Pereyra, BAE

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