25 de agosto de 2010

Clarín, el poder es del Estado


Aunque parezca anacrónico, en el fondo lo que se está disputando en estos momentos en la República Argentina es el poder del Estado. Al revés de lo que muchos plantean hoy en día, el Estado nunca desapareció, y mucho menos durante la etapa neoliberal. En ese entonces estaba más vigente que nunca, toda la degradación del menemismo no hubiera sido posible sin el poder de policía, sin la represión, sin los funcionarios, sin la Iglesia cómplice (una vez más) y sin el poder de los medios de comunicación, transformados entonces en un poder más. ¿O acaso alguien se imagina las privatizaciones sin la formidable propaganda desplegada desde las radios y la televisión, encabezadas por sus dos espadas mayores: Bernardo Neustadt y Mariano Grondona?

El rol del Estado y quienes detentan su poder es lo que determina el modelo de país. Así, en otras épocas esa disputa de poder la resolvían los militares, que se erigían como grandes Bonapartes para favorecer a tal o cual sector del poder económico. Basta repasar la historia de los golpes de Estado en la Argentina para darse cuenta el rol de los militares en esa puja. Su papel de árbitros finalizó cuando en los años ‘80 ocurrió una revolución en las conciencias de los ciudadanos argentinos. Fue cuando nos dimos cuenta de que nunca más queríamos un gobierno militar.

El rol que jugaron entonces los partidos políticos fue fundamental para mantener aun hoy esta democracia, imperfecta, pero democracia al fin. La misma democracia que permitió llegar a una desocupación del 25 por ciento y un índice de pobreza del 50 permite hoy rebajar esos niveles por debajo del 8 y 30%, respectivamente. El Estado fue fundamental en ambas situaciones, todo depende de quién ejerza su poder. Si lo ejercen las corporaciones, los resultados no pueden ser otros que los que vivimos en los '90, pobreza, exclusión y represión.

Es por eso que hoy la oposición se encuentra sin rumbo, pues el poder de las corporaciones en otro momento hubiera solucionado las cosas de otra manera. Si el Grupo Clarín y su socio La Nación apelaron a métodos tan horrendos para apropiarse de Papel Prensa, hay derecho a pensar que, si tuvieran a los militares a mano, ya los hubieran invitado a gobernar. Esto, que durante el conflicto por la resolución 125 –y que el oficialismo se preocupó de sostener– pareció una exageración, hoy no lo es tanto si escuchamos a la doctora Elisa Carrió, por ejemplo, hablar de terrorismo de Estado porque el Gobierno hace cumplir la ley con Fibertel e investiga los ilícitos de Papel Prensa.

No es otra cosa que lo pone nervioso a Héctor Magnetto hoy en día, no está acostumbrado a perder poder, pues siempre miró a la Argentina desde las alturas. Y en ese marco se defiende como gato entre la leña, da pelea, con malas artes pero da pelea. Quizá sea lo único digno que le queda a un grupo que dirigió la vida de los argentinos durante más de 30 años, que nos decía qué ponernos y qué comer, cómo debíamos pensar y qué gobierno debíamos tener. Ni hablar de que nos decía qué diarios debíamos leer.

Hace más o menos una década un libro transgresor conmovió a los marxistas latinoamericanos. El mexicano John Holloway provocaba desde el título Cambiar el mundo sin tomar el poder, y ahí relataba que los revolucionarios debían dejar de pelear por el poder del Estado pues era inconducente, porque el poder estaba en otro lado. Se basaba para ello en la experiencia zapatista en Chiapas.

Parece que Holloway estaba equivocado, el Estado sigue siendo importante y quien ejerza su poder tendrá en sus manos el bienestar o el malestar de muchos ciudadanos. Cuanto más democrático el Estado, menos posibilidad habrá de que las corporaciones vuelvan a apoderarse de él y a digitar la vida de los argentinos. Si todos los argentinos, mañana, pueden elegir libremente leer Clarín u otro diario, mirar TN u otro canal y escuchar Radio Mitre u otra radio, la democracia habrá dado un salto en calidad. Y Clarín empezará a despedirse de un poder que nunca debió tener. Porque el poder, definitivamente, es del Estado. Y el Estado somos todos. Quien no lo entienda de esta forma, no sabrá vivir en democracia.

Nos vemos,



Sobre textos de Rubén Pereyra, Secretario de Redacción de Buenos Aires Económico

1 comentario:

Udi dijo...

Estimado: Holloway es un pelotudo importante, y bastante malintencionado. Su prédica sólo podía calar en algún débil...digamos, como Zamora, etc.
¿Qué cornos hace Marcos en Chiapas si no es construir un poder estatal?
Así que se puede "construir el socialismo en los intersticios del sistema capitalista"? según el chabóa...En fin. Se lo dije en la cara, en Rosario, en el 2002, y me respondió que yo era "leninista" y que el leninismo había fracasado (mirar la experiencia soviética). Con lo que dió por terminada la respuesta...sin responder, claro.
Saludos !