13 de agosto de 2010

Carrió, su carta, nuestra memoria y el futuro

Dice Carrió en su carta de ruptura que a Kirchner lo vencerá el futuro y no el pasado; pero el futuro se construye sobre los cimientos del pasado, repasando y sosteniendo lo que se ha hecho bien, mejorando lo perfectible y descartando las cosas que no produjeron buenos resultados.

A dos décadas de la revolución conservadora del menemismo, años en que las clases dominantes, a través del converso caudillo riojano, nos operaron sin anestesia de estatismo, derechos sociales e industria nacional, las fuerzas de la restauración noventista no cejan en su intento. Desde la jerarquía eclesiástica, hasta la mismísima Sociedad Rural, y el rebaño de opositores funcionales a la corporación, se espantan de la pobreza, como si ella no fuera la resultante de los efectos catastróficos de décadas de políticas afines al neoliberalismo, que ellos mismos por acción u omisión ayudaron a instalar. Hoy descubren la pobreza y la muestran como un fenómeno creado por obra y gracia del infierno kirchnerista.

Lo cierto es que esa penuria que sigue sin resolverse es la prueba innegable de las tareas aún pendientes en materia de distribución. Pero expresan con su crudo patetismo la necesidad de profundizar la batalla contra la inequidad. Es hora de que el cinismo de las elites se desenmascare y se diga con claridad que si en un país con las riquezas acumuladas del nuestro persiste la pobreza estructural es porque necesariamente continúa sin alterarse la perversa ecuación de sectores enriquecidos, que en su predica insaciable y acumulación sin límites impiden una sociedad más igualitaria donde el trabajo de las grandes mayorías sea retribuido, más allá de las meras necesidades básicas, que permitan tan sólo de mala manera llegar a fin de mes, y que los potenciales asalariados, hoy sin empleo, puedan trascender las meras estrategias de supervivencia.

Los mismos que hoy se desgarran las vestiduras en una suerte de ataque repentino de sensibilidad social, fueron los que malvendieron las empresas públicas, y destruyeron el aparato productivo abriendo las fronteras a la globalización salvaje, sin ningún tipo de regulación estatal.

Son los cómplices de la dilapidación de “las joyas de la abuela”, que tan sólo sirvieron para seguir viviendo en el engañoso uno a uno, y en la fantasía infantil de un país de turistas de clase media que hacían uso del “deme dos”, deambulando por la geografía global, como en las otrora pesadillas procesistas, a lo largo y ancho del gran país del Norte y de la vieja Europa.

Hoy, en su esquizofrenia discursiva, las corporaciones sostenedoras del statu quo conservador se espantan por la persistencia del pobrerío, pero contradictoriamente se aprestan a dar la batalla tanto en el Senado como en Diputados, por la eliminación de las retenciones de exportación de los productos que siguen batiendo récords en sus volúmenes de producción. En su particular mirada denuncian la pervivencia de la pobreza, y en paralelo pretenden desfinanciar el Estado y disminuir las partidas presupuestarias destinadas a la inversión social.

Quizás sea el momento en que nuestra sociedad dé un debate en profundidad de cómo eliminar de verdad la pobreza, y en ese debate más de un sector del privilegio que durante décadas han incrementado sus riquezas tendrán que aportar algo más que palabras.

Nos vemos,



Aportes de Jorge Muracciole

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