24 de agosto de 2010

Biolcati o el catenaccio de la oligarquía

El Congreso enfrentará hoy una jornada clave que comenzará por la tarde, desde las 17, cuando se inicie el debate sobre las retenciones al campo en las comisiones de Agricultura y Ganadería, y de Economía, en la Sala Nº 1 del segundo piso del Edificio Anexo de Diputados. Hugo Biolcati, adelantó que junto con ruralistas tiene previsto movilizarse hacia el Congreso para presenciar la reunión de comisiones que se llevará adelante para tratar el tema retenciones.

Soja y desarrollo. Un país, dos modelos en disputa.

La soja es una actividad rentista que, sin otro factor de tanto peso como la suerte de quienes poseen tierras fértiles, ha generado un volumen de ganancias para sus propietarios semejantes a cualquier otro tipo de actividad extractiva, como la de hidrocarburos o minería. Pero también representa la paradoja de los países que, ricos en recursos naturales, son al mismo tiempo subdesarrollados: en la medida en que basan su estructura económica en la explotación de esos recursos, no logran dinamizar otros sectores de la economía ni el capital o el trabajo asociados a esas actividades. No se pone en juego ningún factor de producción más que las bondades de la naturaleza.

Por eso la renta que se genera es tan grande en relación con otras actividades que requieren de otros costos de producción, mucho más elevados que sembrar la tierra. Por lo tanto, en la discusión por las retenciones, también está en disputa la discusión sobre un modelo de acumulación: seguir confiando en la naturaleza y sus recursos, muchos de ellos no renovables (un día se terminará el petróleo, algún día no habrá más montañas para dinamitar en la búsqueda de minerales) o, por el contrario, apostar a otras actividades productivas que no reduzcan la actividad económica exclusivamente a industrias donde lo único en juego son las bondades de la naturaleza, sin ningún otro tipo de riesgo empresario.

Por supuesto que el boom sojero es una realidad que tiene su explicación en el empuje de grandes economías que demandan alimentos, como China o la India. Pero la historia de nuestro país también demuestra que ser exclusivamente un productor de alimentos para abastecer a un puñado de naciones no es más que perpetuar la dependencia y el subdesarrollo económico si las ganancias que propicia la soja, tan importantes en la actualidad, no se utilizan para el desarrollo de otras industrias que le permitan a la Argentina asegurarse un futuro más allá de la oleaginosa. El boom es efímero por definición: si la producción de soja fuera rentable por siempre ya no sería un boom, su modelo no estaría en cuestión y la Argentina ya habría encontrado en ella las puertas al desarrollo.

El problema es que en nuestro país cualquier proceso de industrialización que se ha intentado encarar siempre ha confrontado con esta demanda de las corporaciones rurales por ser productores de alimentos y basar la economía nacional exclusivamente en las bondades “del campo”. De allí que parte del discurso se estructure en torno de pretender identificar las demandas del campo con las del conjunto de la sociedad y hacernos creer que “cultivar la tierra es servir a la patria”.

La inquietud radica entonces en pensar para qué utilizarían las corporaciones agropecuarias los miles de millones de pesos que el Estado dejaría de percibir si se eliminaran los derechos de exportación. ¿Lo harían para invertir en el país y desarrollar tecnología de punta para incorporar un desarrollo mayor a la producción de la soja en la cadena de valor? ¿Destinarían esos recursos a fomentar prácticas productivas compatibles con el medio ambiente, de manera de atenuar el impacto del glifosato sobre el suelo? O, mejor aún, ¿resolverían la permanente tensión entre volcarse a la producción de lo más rentable garantizando el abastecimiento de otros bienes a nivel local, de manera de asegurar la soberanía alimentaria de los argentinos? Las respuestas a estos interrogantes continúan abiertas, mientras el discurso de las corporaciones en defensa de sus intereses se perpetúa retenido en el tiempo a costa del futuro de nuestra nación.

Nos vemos,



Contribución de Arturo Trinelli

1 comentario:

  1. Los hábitos alimenticios argentinos aparte de ser costosos hacen muy mal a la salud.
    Eso de andar comiendo tanta carne y verduras es lo que nos ata al atraso constante y confrontarnos constántemente con la abnegada SRA y la UIA.
    Señores,una fuente inagotable de proteínas,vitaminas y cero colésterol está al alcance de la mano,que aparte del saludable aporte nutritivo evitará estériles y distorsionadas discusiones acaloradas sobre el modelo de país.
    Las denostadas y nunca bien ponderadas corporaciones multinacionales en una muestra de genuino altruísmo nos ilumina el camino a seguir:
    A comer insectos señores,cucarachas,grillos,cascarudos y larvas de todas clases.
    Imagínense la plata ahorrada en Raid.
    Pero eso es a futuro,mientras tanto sigamos deglutiendo anfibios vivos varios.

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