9 de julio de 2010

Duhalde y su plan de concentración de capitales

En Perfil
La Argentina está en condiciones de iniciar un largo y sostenido proceso de desarrollo económico e integración social. No hay grandes secretos para lograrlo: si aceptamos el reto que ofrece la globalización, necesitamos poner en funcionamiento una estrategia que amplíe la productividad de todos los sectores y fortalezca nuestra competitividad ante el mundo. En otras palabras, un plan estratégico de desarrollo productivo.

Esta ineludible planificación de mediano y largo plazo debería sostenerse con el aumento y mejora de la productividad en los sectores de bienes que nos demanda el resto del planeta, y expandirlos al conjunto de la actividad nacional.

En este sentido, la cadena agroalimentaria nos brinda una oportunidad histórica. Se ha producido en nuestro país una silenciosa pero trascendente revolución, que elevó nuestros rangos de competitividad para elaborar y comercializar alimentos y hoy nos instala en situación de relativo privilegio para ese negocio.

Una transformación expresada en la aptitud y actitud innovadora e inversora de productores agroindustriales argentinos quienes, entre otros aportes, concretaron el cambio histórico del paradigma en la cultura agrícola que representa la siembra directa, hicieron un uso masivo de hallazgos biotecnológicos como las semillas transgénicas, expandieron el uso racional de agroquímicos, promovieron y aprovecharon avances en las maquinarias agrícolas, acudieron al uso masivo del silo-bolsa para almacenar granos e incorporaron novedades organizativas para obtener mejores resultados al invertir, producir y comercializar los insumos alimenticios.

Ese progreso fue impulsado por la demanda creciente y los precios relativos altos del comercio internacional de nuestros principales bienes de exportación, una tendencia que se prolonga en el tiempo merced al crecimiento económico de grandes naciones emergentes en las que aumenta el ingreso per cápita de sus habitantes, disminuye la cantidad de pobres y crece el número de integrantes de clase media, lo que lleva a un incremento cuantitativo de la demanda de comida y una modificación de los hábitos de alimentación. Por ejemplo, en los últimos treinta años, la población de China pasó de comer 7 kgs/hab/año de carnes a más de 50 kgs/hab/año. La convergencia entre aquellos profundos cambios internos y esas condiciones externas permitió que, en los últimos años, el país tuviera ingresos de magnitud extraordinaria y se convirtiera en el combustible esencial de los altos niveles de crecimiento que registró la economía argentina desde el año 2002.

Proyectar a la Argentina como uno de los principales proveedores de alimentos para sí y para el mundo no es una utopía.

Pero realizar esa visión impone consolidar toda una cultura de los negocios alimentarios sostenida en políticas públicas que aseguren credibilidad a los productores; que presenten oportunidades de ganancia a potenciales inversores; que generen valor agregado para vender, en el país y al mundo, alimentos de calidad en cantidad y precio adecuados.

Hoy, con la participación de todos los actores de la vida política, económica y social, tenemos la oportunidad de concertar esas políticas de Estado a partir del 2011 –con prescindencia de la identidad partidaria de quienes gobiernen–, que expresen lo que los argentinos podemos y debemos hacer para aprovechar en plenitud las posibilidades de este tiempo de la historia que nos toca vivir.

Se trata de poner en práctica una verdadera agenda compartida entre agentes públicos y privados para la competitividad, que incluya estabilidad macroeconómica, desarrollo del crédito; fortalecimiento institucional para devolver la confianza en la inversión; infraestructura económica acorde; incentivos sectoriales y, fundamentalmente, un proyecto educativo enfocado a las necesidades del conjunto, para romper con la paradoja de que, por ejemplo, por cada graduado en carreras científicas agropecuarias se ofrecen más de cien en ciencias sociales.

Con esta revolucionaria oportunidad podremos –entre otros desafíos pendientes– apuntalar el crecimiento de otros sectores creadores de riqueza; mantener políticas de integración social en la batalla por la reducción de la pobreza y la eliminación de la exclusión, y asegurar el trabajo para que cada argentino dignifique su vida personal, la de sus hijos y la de nuestra nación ante el mundo.
Lo escribió él o Redrado?

Nos vemos,

3 comentarios:

Mariano T. dijo...

A mi me gustó.

Marcelo dijo...

Y, te gustó porque es el típico verso caza bobos.

Moscón dijo...

Por fin alguien que ilumina el camino hacia un destino de grandeza.
Una gran estancia del tamaño del país.
No defraudemos las espectativas globalizadoras y sigamos siendo colonia.
Si somos peones obedientes podemos vivir felices sin hacer enojar al patrón y sus capangas.