26 de junio de 2010

Timerman sobre Fontevecchia

Dice Héctor Timerman en este artículo que tituló Ahora lo entiendo:
Unos meses antes del fin de la dictadura mi padre y yo aceptamos una invitación a almorzar de Jorge Fontevecchia. Cuando salimos del restaurante, cerca de la Quinta Avenida en Nueva York, comentamos lo llamativo que fue un almuerzo en el cual Jorge nos contó que manejaba sus medios por teléfono, que buscaba la forma de comercializar sus revistas sin la intermediación del quiosquero y que estaba ansioso por volver al país. Fue, como dije, un almuerzo llamativo porque sus comentarios no coincidían con el habitual diálogo entre tres exiliados. Jorge no había hecho ninguna denuncia pública, no se había acercado a los organismos que denunciaban la dictadura y tampoco se había conectado con los círculos de exiliados que existían en Nueva York. Sólo quería hablar de negocios.

Ahora entiendo su conducta. Nunca supe hasta hoy que en sus revistas la apología del genocidio llegó hasta el final, aún más que la de cualquier otro medio. Cuando si se hacía era por convicción. Ni por miedo ni por censura, por convicción.

Leyendo y releyendo este documento de la complicidad periodística es difícil decidir quién defendía más los crímenes de la dictadura, si el periodista o su entrevistado, el asesino Ramón Camps. Con esas preguntas las respuestas de Camps no son necesarias para hacer la apología del genocidio.

La revista cree que Graiver, Timerman y Gelbard forman parte de “uno de los más tenebrosos affaires de la vida argentina”. Después de leer el libro de Camps, al redactor le “queda la sensación de que el problema y las conexiones de la subversión con las altas finanzas nacionales no ha terminado”. Vuelve el redactor a insistir en que “algo más poderoso que el aparato militar de la subversión está latente”. Todo esto en 1983. Cuando el país ya vislumbraba la democracia, cuando comenzaban a volver los exiliados y todos, muchos con temor, hablaban de los desaparecidos.

Pobre Jorge Fontevecchia, tantos años intentando crearse una imagen notoria cuando es, simplemente, el último alcahuete de Ramón Camps.
Nos vemos

2 comentarios:

Jorge Devincenzi dijo...

El libro de Seoane, El Burgués Maldito, es bastante ilustrativo sobre Gelbard. Sobre la eventualidad de una burguesía nacional, y sobre la distancia abismal entre ese empresariado y el otro, el colonial. Hoy, el Plan Trienal sería revolucionario.

Nando Bonatto dijo...

Todas las vaquitas son tuyas HectorT,pero no olvido, en la memoria tengo bien grabados los editoriales de Jacobo laudatorios de la dictadura,e inclusive el diarucho que le puso a Hector que duro poco,se dira que esta arrepentido...
pero ¿la verdad? hay cuestiones de Timermann que no me cierran