25 de junio de 2010

A propósito de las encuestas de Reutemann


Todos Unidos Perderemos
por Julio Bárbaro

La foto del peronismo no gubernamental decidido a tener un candidato común tiene varias lecturas posibles. El tiempo podrá medir su resultado en el mercado electoral. En política, sumar personas pocas veces sirve para acumular sus virtudes, y muchas, para generalizar sus defectos.

El Gobierno ha dilapidado votantes que sus adversarios no son capaces de convocar, aunque hay algo decidido firmemente por la sociedad: no retroceder.

Julio Cobos venía haciendo su juego en soledad; cuando se asoció con vestigios de la vieja Coordinadora, la memoria de la impotencia inhibió su novedad.

Eduardo Duhalde tuvo un tiempo de candidato solitario, como si se hubiera dispuesto a ser el forjador de lo nuevo, y demoró muy poco en reunir viejas huestes que lo retrotrajeron a la imagen de lo que fue.

Carlos Menem y Fernando de la Rúa son marcas registradas de lo que nadie soporta, y quienes lograron sobrevivir a sus desmanes están obligados a exagerar su crítica hacia ese pasado.

Néstor Kirchner, con virtudes y defectos, forma parte de una política que es necesario asumir y perfeccionar, y sólo puede ser superado por alguien que intente ser poskirchnerista.

Kirchner y Duhalde pueden haber transitado juntos el malestar de los noventa. Claro que el Gobierno dio demasiadas muestras de cuestionar ese oscuro liberalismo, y el peronismo federal tiene más de nostalgia por el tiempo perdido que de voluntad de un futuro distinto.

En lo personal, debo aclarar que tengo diferencias con el Gobierno, pero me declaro enemigo de la política de Menem y de Domingo Cavallo.

La foto del peronismo fuera del poder tiene un tufillo excesivo a restos de un pasado de conservadores en camino a un futuro parecido. En el espectro político eligieron ya el lugar de la derecha; ni el Gobierno ni el radicalismo le van a pelear la ubicación. Dejar de lado a Mauricio Macri es no animarse a asumirlo todavía o no aceptar que ocupa el espacio más conservador. Lo malo de las fotos con muchos personajes es que uno percibe con más fuerza los rechazos que las adhesiones.

Sin embargo, lo bueno del radicalismo y el peronismo federal es que no se estructuran en torno a un jefe sino que esperan elegirlo al final.

Con tantos mediocres convencidos de que el Gobierno estallaba por ayudar más a los pobres que a las empresas, al no llegar la crisis, quienes quiebran terminan siendo los agoreros. Mientras algunos critican al Gobierno por sus carencias, son demasiados quienes lo detestan por sus virtudes. El Gobierno exagera sus definiciones y hasta sus odios; la oposición sólo es clara cuando define el supuesto Apocalipsis que el Gobierno provocaría.

La imagen de Raúl Alfonsín se había liberado de culpas que la sociedad había descargado en la Coordinadora que lo supo acompañar. Eso permitió que su hijo Ricardo derrotara al aparato, a ése que les dio un solo triunfo y largos años de fracasos. Ahora, los radicales tienen la oportunidad de derrotar a un peronismo dividido, pero corren el riesgo de que, si fracasan en ese intento, puedan desaparecer como partido.

Un vicio de los analistas autóctonos reside en concebir a los aparatos políticos, a esa mezcla de lealtades y prebendas, como invencibles. El ejemplo peronista alcanza para demostrar lo contrario: el aparato lo tenía Deolindo Bittel y ganó Ítalo Luder, lo tenía Antonio Cafiero y ganó Menem, lo tenía Menem y ganó Duhalde. No sólo no son invencibles; no ganan nunca, ya que son la burocracia que todos sueñan derrotar.

Y hay otro fenómeno importante, el negativo peso del pasado: la percepción del presente es conflictiva mientras que la del pasado es nefasta. Cobos necesita derrotar al fantasma de De la Rúa tanto como Duhalde al de Menem. Si no lo logran, volverá a tomar impulso la posibilidad de un triunfo del Gobierno.

Si Duhalde o Cobos son capaces de proponer una sociedad superadora de lo actual, estarán en condiciones de ser elegidos; si son portadores del recuerdo de pasados fracasos, le dejan al Gobierno el lugar de lo más avanzado en la política actual. Necesitan enriquecer sus propuestas a la par que limitar sus críticas.

La sociedad tiene necesidades demasiado concretas como para que los partidos les hablen de nebulosas. Ni la economía, ni la inseguridad, ni el orden social, ni la complicada integración de los caídos de los noventa son asuntos que soportan respuestas difusas.

Cobos logró aparecer como resultado de una casualidad parecida a la suerte; Duhalde logró sobrevivir porque de sus equipos sólo recordaban a Roberto Lavagna. Ninguno de los dos soporta, hasta ahora, una comparación con los políticos exitosos de los países vecinos.

Kirchner hizo de sus excesos un instrumento que redujo el número de sus seguidores mientras aumentó la pasión de sus lealtades, en un intento de optar por cambiar cantidad por calidad. Sus desafiantes no consiguen escapar del cerco que les impone el Gobierno e intentan superar el fanatismo oficial con un exceso simétrico en manos de la oposición. Caen así en el peor de los errores, pues imaginan que vienen días de apocalipsis tan sólo porque el Gobierno no actuó según los sueños de sus enemigos. Es la eterna teoría de “si no hacen lo que yo les digo, van a sufrir las consecuencias”. Y la verdad es que ni la inflación estalla, ni la sociedad se subleva, ni los medios irritados logran ultimar al Gobierno.

Ganó Ricardo Alfonsín en el radicalismo por ser capaz de encarnar la imagen de lo nuevo, de lo que venía a superar la anquilosada burocracia asociada a tantas derrotas.

Entretanto, el Gobierno intenta heredar el peronismo de los setenta y el nuevo grupo tiene marcas del de los noventa. En síntesis, a Perón se lo cita mucho más de lo que se lo comprende y respeta.

La división del peronismo parece ser definitiva. El radicalismo estará ubicado en el medio, entre los dos peronismos. Cuatro opciones ocuparán el mañana electoral, y el peronismo federal será, sin duda, lo más conservador de ese espectro, una excelente cantera de votantes.

En ese escenario el Gobierno tiene sobradas esperanzas de imponer sus ideas, de mantener su lugar de mayor cuestionador de los noventa. No importa cómo acompañó aquellos desmanes; se impone la imagen de quien recupera el poder para el Estado y es capaz de conducir sin ceder.

Si la contradicción se da entre un uso excesivo del poder y unos sucesores con olor a naftalina, nos queda la sorpresa de un final abierto. La política nacional recupera los carriles de lo previsible, lugar donde el talento está tan ausente como el riesgo de confrontación. No tranquiliza, pero tampoco asusta. Es, tan sólo, lo que tenemos.
Nos vemos,

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