21 de junio de 2010

La deuda social

Jorge Devincenzi -en su blog- se pregunta tocando el tema de los consensos necesarios para las transformaciones definitivas de Argentina ¿continuarán las políticas públicas impulsadas desde 2003 en la eventualidad de que el kirchnerismo no gane en el 2011? Uno se ha acostumbrado a llamar "políticas de Estado" a esas decisiones, ¿pero seguirán siéndolo?

Como emergente del desastre neoliberal de la década del '90, insisto permanentemente sobre la reconstrucción del país y los modelos productivos de crecimiento.

Predomina en la opinión pública el justificado convencimiento de que el país tiene aún pendiente la resolución de la deuda social. Vale decir, eliminar la brecha existente entre los niveles de alimentación salud, educación, vivienda y hábitat necesarios para el bienestar humano y los que realmente prevalecen en segmentos importantes de la población. La brecha se manifiesta en la insuficiencia del empleo de calidad, la fractura del mercado de trabajo, el elevado número de personas que viven en condiciones de pobreza y en las desigualdades existentes en la distribución del ingreso y el acceso a las oportunidades de progreso, entre los diversos estratos sociales.

La deuda social argentina es un problema histórico que arranca en los tiempos inaugurales de la conquista y el poblamiento del actual territorio nacional, se prolonga y transforma después de la independencia y fue agravada en el transcurso del cuarto de siglo comprendido entre 1976/2001-2002. Desde entonces hasta la actualidad, la mejora registrada en los indicadores económicos y sociales no alcanzó para erradicar la deuda social acumulada en la historia.

Más allá de los programas multilaterales, cada país tiene que hacerse cargo de su deuda social. Por lo tanto, -dice Aldo Ferrer- lo primero que debe hacerse es estudiar sus orígenes, realizar el diagnóstico y proceder en consecuencia. En nuestro caso, la deuda social resulta de otras deudas y no podríamos erradicarla sin enfrentar simultáneamente, digamos, nuestros otros pasivos y que los define:

Deuda estructural. Como consecuencia de la convertibilidad, sobrevive una estructura productiva concentrada en la producción y en la transformación de bienes basados en los recursos naturales que emplea sólo 1/3 de la fuerza de trabajo y, por lo tanto, multiplica la exclusión y la deuda social.

Deuda de gobernabilidad y soberanía. El de­sarrollo no se importa y reclama que el país cuente con suficiente capacidad de maniobra para diseñar y ejecutar sus propias políticas. La experiencia histórica argentina, demuestra que la dependencia del financiamiento externo, el desequilibrio fiscal y el desorden inflacionario impiden el desarrollo y multiplican la deuda social.

Deuda institucional y política. La transformación orientada a remover las deudas estructurales y las de gobernabilidad y soberanía y, por lo tanto, la deuda social, reclama la existencia de un orden institucional estable que proporcione reglas del juego consensuadas para resolver los conflictos inherentes a una sociedad pluralista y democrática en transformación.

Deuda de pensamiento crítico. Cuando se configuran los pasivos señalados, prevalece el sometimiento a lo que Arturo Jauretche denominaba la “colonización cultural” y Raúl Prebisch el “pensamiento céntrico”. Vale decir, el conjunto de ideas en torno de los cuales los países dominantes del sistema mundial organizan las relaciones internacionales en su propio beneficio, las cuales son incompatibles con el desarrollo económico y social de los países de la periferia del sistema. Nuestra última experiencia en esta materia es la subordinación al Consenso de Washington, que redujo al país a la condición de apéndice del sistema global, sometido a la decisión de los mercados.

En conclusión, la deuda social, es un componente de la deuda de densidad nacional y no puede resolverse aisladamente de los otros componentes. Ninguna de las políticas sociales focalizadas, por ejemplo, a atender a los sectores vulnerables, puede ser efectivamente reparatoria si la política económica reduce la producción y el empleo.

En la última década del Segundo Centenario y primera del siglo XXI, se han registrado avances importantes en varios de los campos mencionados. Entre ellos, la capacidad de resolver conflictos en el marco de las reglas de la Constitución, la remoción de las restricciones fiscal y externa, el encuadre de la deuda en límites manejables, la ampliación de la autonomía de la política económica y la salida de la crisis del 2001/2 con recursos propios sin pedirle nada a nadie. La consolidación de estos avances configura la plataforma para generar pleno empleo a niveles crecientes de productividad, que constituye la condición necesaria para erradicar definitivamente la deuda social.

Nos vemos,



Contribución de Aldo Ferrer

1 comentario:

Jorge Devincenzi dijo...

Casco: agradezco la cita, aunque la creo inmerecida. Comparto tu post. Sin duda, la deuda social en todas sus manifestaciones está entre las tareas pendientes. La cuestión es cómo convertimos eso en consensos. Tu referencia a la dependencia me hace pensar en la propia naturaleza y viabilidad de las democracias dependientes.