23 de junio de 2010

Construcción social: el desafío de la modernidad

Este artículo, es una reflexión sobre esa especie de diagnóstico diseñado en mi artículo anterior sobre la deuda social.

Los sucesos de Bariloche sin duda ha golpeado fuerte en todos. Quien más, quien menos ha mostrado su indignación y se ha hecho eco en todos los espacios de comunicación. La brutal represión y sus consecuencias muestran el otro lado de las cosas; algunas vez dije que la muerte del Intendente de la ciudad de Vera (Santa Fe) Secco Encina fue producto de la intemperancia social, del desmadre provocado por las profundas asimetrías de clases engendrada y reafirmada por la aplicación de políticas neoliberales en nuestro país.

Las economías regionales económicamente activas, se convirtieron -en aquella época- en expulsoras de mano de obra, alimentando demográficamente los asentamientos irregulares en Santa Fe, Rosario, Córdoba, Buenos Aires y otros centros de Argentina; la actividad marginal, el desborde social es una consecuencia.

San Carlos de Bariloche, no escapa a este flagelo. Las visiones de lo sucedido y el sentido de la tragedia aportado por los diversos actores sociales, en la ciudad más poblada del lago, van desde la indignación de los sectores populares del alto, que definen el hecho como un típico ejemplo de “gatillo fácil” y el malestar de los comerciantes, expresado en las opiniones de dueños y empleados de los locales del Centro Cívico y de la Avenida Mitre –principal arteria comercial– quienes claman por el arribo de la Gendarmería para que evite nuevos desmanes y saqueos, como forma de instaurar la seguridad perdida en la zona más paqueta.

El síndrome de la sociedad dual salta los fríos números de las estadísticas y se corporiza en sujetos sociales al borde de un potencial agravamiento del conflicto. Para enfrentar con rigor la conflictiva emergencia, se deberá partir de un diagnóstico que tenga en cuenta las bases profundas del problema social de la turística ciudad rionegrina. El crecimiento vertiginoso del turismo tanto nacional como extranjero, y el desmedido negocio inmobiliario, con su fulgor triunfalista, dejó a un lado la dura existencia de cientos de miles de pobladores que directa o indirectamente contribuyen con su esfuerzo cotidiano –como mano de obra barata en la construcción o trabajadores temporarios, en los servicios de los más variados– al boom económico de los prósperos comerciantes de la localidad.

La vida cotidiana y la lucha por la sobrevivencia de los sectores subalternos en el polo turístico del Nahuel Huapi, son unas de las tantas asignaturas pendientes del desarrollo desigual, de determinados nichos económicos que priorizan la lógica de acumulación exacerbada, sin tener en cuenta la reproducción ampliada de la mano de obra que contribuye con el mencionado fenómeno económico. Querer esconder las falencias de un sistema profundamente inequitativo, con la solución facilista y equívoca de la represión y el control policíaco de las poblaciones empobrecidas, es apostar a la perpetuación del conflicto.

Mientras los hijos de los trabajadores precarizados o excluidos no gocen de condiciones dignas de existencia, que permitan su desarrollo en pie de igualdad con el resto de la ciudadanía, seguirá la patética recurrencia de inequidad estructural, implosión social y gatillo fácil. Como asevera en su reciente tesis doctoral el destacado sociólogo Eduardo Grunner, “la modernidad incompleta expresa en su dialéctica los extremos de los ideales universales del liberalismo con capas sociales postergadas y hundidas en la miseria”. El desafío de la modernidad contemporánea es superar las profundas asimetrías herederas de esa forma excluyente, de construir lo social.

Nos vemos,



Aportó Jorge Muracciole


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