16 de mayo de 2010

La insistencia de otras voces


Nadie puede afirmar que quienes apuestan por el desarrollo industrial en la Argentina estén convencidos de que la inflación es buena, pero seguro saben que no es tan mala como dicen los economistas neoliberales, habituales voceros del establishment. Estos, en cambio, abogan por la devaluación (ya que el dólar quedó “retrasado”…). Naturalmente, los economistas que responden al campo nacional se oponen a que el peso sea devaluado. ¿Por qué estas posturas cruzadas que vienen desde el fondo de la historia? Por los intereses económicos que hay detrás de cada una de ellas, ya que la inflación y la devaluación no son catástrofes naturales sino el producto de relaciones de poder.

Cuando hay inflación el precio de las mercancías aumenta más que los salarios y que los ingresos fijos, de modo que el grueso de la población ve recortada su capacidad de consumo, aunque no de manera proporcional, ya que las mercancías no aumentan todas, ni al mismo tiempo, ni en el mismo porcentaje. De igual modo, cuando sobreviene una devaluación los sectores de ingresos fijos (asalariados, jubilados, un buen número de profesionales) ven cómo el aumento del dólar encare las materias primas y por ende los productos fabricados con ellas, y eso redunda en un nuevo recorte de su capacidad de consumo. La inflación (diástole) y la devaluación (sístole) provocan mala sangre en el corazón popular.

Otra es la situación de las empresas. En primer lugar porque transfieren a sus precios finales los mayores costos generados por la inflación en las materias primas, la energía, y el transporte que consumen. Pero cuando llega la devaluación, la cuestión se divide. Aquellas que sólo venden en el mercado interno se beneficiarán con un aumento de los precios, aunque se perjudicarán por el incremento de las materias primas, sobre todo si son importadas. Además, como la inflación ya golpeó a los consumidores, si trasladan a los precios el nuevo aumento generado por la devaluación pueden provocar una caída del consumo, en particular de los bienes más populares (alimentos, vestimenta, bebidas y otros productos de la canasta básica), lo que juega contra sus intereses.

En cambio, las empresas que exportan la mayor parte de su producción (el campo, los fabricantes de autos, entre otros) y que, por ende, son menos dependientes del mercado interno, se beneficiarán directamente con la devaluación, ya que por el mismo precio de sus productos, medido en dólares, obtendrán más pesos que antes.

Por eso, y encabezado por el club de exportadores, es el establishment el que más decididamente pide una devaluación. Prueba de ellos son los recurrentes reclamos que en ese sentido formulan la Mesa de Enlace, en nombre del campo, algunos referentes de las terminales automotrices y las grandes compañías exportadoras nucleadas en la Asociación de Empresas Argentinas (AEA).

Sorprendentemente, o no tanto, también algunos dirigentes de la UIA piden más pesos a cambio de sus dólares. El grueso de las pymes no lo hace.

Una de las características distintivas de las dictaduras militares fue el sistemático flirteo de esa pareja que forman la inflación y la devaluación, que juntas promovían la licuación de los salarios, primero, y un beneficio adicional de las empresas, después. De paso –y no es un asunto menor– este equilibrio negativo le garantizaba al establishment que nadie podría siquiera soñar con el desarrollo industrial basado en el mercado y el ahorro internos.

Nos vemos,



Sobre textos de Norberto Colominas


1 comentario:

Mario (de Villa Ocampo) dijo...

Ocurre que el dólar de exportación no es del todo satisfactorio, dicen. Aún así, ¿cuanta plata llevaron para sus negocios? Es fácil la cuenta: aumento de precios que se trasladan. Ahí está Vicentín, empresa que Ud conoce muy bien. De a poco se van quedando con todo. Compraron Friar ingresando al negocio de la carne y ahora, van a comprar Milkaut. Tan mal no les va vendiendo aceite de soja a los chinos.

Los saludo