18 de abril de 2010

Turbulencias


Períodos de turbulencia existen en la vida personal, en los ritmos sociales y culturales, en las instituciones y, en el marco de la globalización contemporánea, en la humanidad como conjunto. Del modo de responder a las crisis depende en buena medida el crecimiento o el derrumbe de los pueblos y las civilizaciones.

Es indiscutible que los escándalos por los casos de abuso de menores por parte de sacerdotes ha sido un duro golpe para la Iglesia. Muchos han observado sensatamente que los porcentajes de abuso que se presentan entre ministros católicos son, en realidad, mucho menores a los que ocurren en otros ámbitos de la sociedad, entre los que lamentablemente destacan los que tienen lugar al interno de las mismas familias.

Sin embargo, eso no justifica que exista un solo caso en la Iglesia. La naturaleza de la comunidad creyente y el servicio ministerial que en ella se presta convierten en una acción doblemente aberrante cualquier situación semejante. Esto debe ser dicho con claridad en los foros correspondientes.

Por otro lado, también debe observarse que la avalancha mediática que se ha seguido, en ocasiones por simple inercia pero en otras con claras manipulaciones en el manejo de la información, tendiendo al descrédito total de la Iglesia, es claramente un despropósito. Voces no siempre creyentes han sido las primeras que han lamentado que se desautorice a una institución que lleva a cabo tantas obras de bien a favor de sus semejantes a partir de las acusaciones presentadas. Se ha orillado a un linchamiento que –como suele suceder en todo linchamiento– puede ser enormemente injusto.

Sólo la verdad nos hace libres. Y sólo sobre la verdad se puede llevar a cabo la justicia. Por supuesto que no es justo encubrir a un culpable, pero tampoco es justo acribillar a inocentes para descargar la furia. Cada quien debe dar razón de sus actos en los tribunales correspondientes, y ello incluye el tribunal de Dios. En el nivel humano, los reclamos de transparencia en los procedimientos se encuentran totalmente justificados, pero su finalidad no debe ser otra que la de la de buscar un auténtico deslinde de responsabilidades.

En estos últimos meses, tal vez nadie ha sido más duramente atacado que el Santo Padre. Ello demuestra precisamente una visión torcida. En el amarillismo del imaginario colectivo, nada más atractivo que ver ajusticiado a un personaje famoso. Lo cierto es que tenemos ante nuestros ojos una atroz paradoja, pues si alguien ha trabajado firmemente por la purificación de la Iglesia y es personalmente un ser humano de una exquisita bondad es el Papa Benedicto XVI. Pero finalmente, no nos debe extrañar que al pastor universal de la comunidad católica le toque cargar con semejante peso; es, finalmente, parte de su ministerio, y los creyentes hemos de acompañarlo con la comunión de nuestra oración y fidelidad.

En el momento presente, la turbulencia puede resultar cruel para muchas personas buenas. Simplemente el ver cómo el tema se convierte en un asunto obligado en muchos espacios resulta duro y asfixiante. Aquí mismo hemos podido ver cómo quienes por algún motivo nos encontramos en medios de comunicación somos bombardeados con todo tipo de insultos. En lo personal, no me desaniman. La indignación es comprensible, cuando es sincera; la manipulación que de ello se quiera hacer será responsabilidad de quienes la realicen.

Pero más allá de todo esto, lo cierto es que una nueva paradoja resulta siempre que se dan este tipo de situaciones, pues dan pie a que la fe verdadera y la auténtica razón de ser de la comunidad de fe se refuercen. Permiten, en efecto, una purificación de las motivaciones y las acciones, que llega más lejos que el contenido de las acusaciones. Para la Iglesia en su totalidad –ministros y fieles laicos– es una interpelación a vivir congruentemente la fe. Esto no puede sino ayudar cualitativamente a la Iglesia. Para los candidatos que se preparan a la sagrada ordenación, esto se convierte en una extraordinaria oportunidad para revisar muy detenidamente sus intenciones y capacidades, y no sólo en lo que se refiere a la integridad afectiva; en efecto, en las actuales condiciones se aleja el peligro de buscar una posición cómoda en la vida y se manifiestan con más claridad las exigencias del ministerio. Todo esto no puede sino resultar benéfico: limpiará la faz de la Iglesia sobre la que se debe poder ver nítido el rostro de Cristo.

Son las facetas inefables de la Pascua. Por algo Pascal decía en su Misterio de Jesús que el Resucitado sólo permitió que le tocaran las heridas en su cuerpo glorificado.

Nos vemos,


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