10 de abril de 2010

Para entender la crisis del catolicismo


por Enrique Gomáriz Moraga


Como se repite en estos días, la Iglesia Católica enfrenta una fuerte oleada de acusaciones sobre el encubrimiento de los sacerdotes pedófilos, que llegan hasta el Papa Benedicto XVI. Hay quienes quieren centrar el debate exclusivamente en este tema y eso puede tener sentido desde el punto de vista legal, como se plantea en algunas ciudades estadounidenses, pero eso no permite una lectura adecuada de la situación que atraviesa el catolicismo.

Como afirma el senador italiano Marcello Pera, en una carta al Corriere Della Sera, la cuestión es mucho más amplia: “La cuestión de los sacerdotes pedófilos u homosexuales desencadenada últimamente en Alemania tiene como objetivo al Papa. Pero se cometería un grave error si se pensase que el golpe no irá más allá, dada la enormidad temeraria de la iniciativa. Y se cometería un error aún más grave si se sostuviese que la cuestión finalmente se cerrará pronto como tantas otras similares. No es así. Está en curso una guerra… una guerra entre laicismo y cristianismo”.

Ahora bien, lo que no explica el senador Pera es de donde surge esa guerra, cuales son sus orígenes. Y lo cierto es que se trata de un proceso de largo plazo, que se remonta a los años sesenta del pasado siglo, con el debate de la preparación del Concilio Vaticano II.

Cuando el Cardenal Ratzinger fue designado nuevo Papa, se produjo una discusión en los medios europeos acerca de si el menor carisma de Benedicto XVI (respecto de su antecesor) iba a producir un declive importante en la Iglesia Católica. He sostenido que ese no era el centro del problema del catolicismo. En un ensayo sobre el tema, publicado en varios medios, he sostenido que los problemas que Ratzinger traía bajo el brazo eran de carácter doctrinal y no tanto de imagen. La base de mi tesis era la reflexión que realizara el propio Ratzinger años antes de la muerte de Juan Pablo II.

Para el Cardenal Ratzinger la situación era clara: tanto desde dentro como desde fuera se le estaba pidiendo a la Iglesia Católica una flexibilización dogmática, a la vista de que varias de sus decisiones -desde el dogma de la Virgen Maria hasta el celibato sacerdotal- estaban alejando a porciones apreciables de la feligresía católica. Ratzinger afirmaba: “Estamos acostumbrados a pensar la Iglesia en el contexto del pueblo de Dios, es decir, a que el catolicismo sea claramente mayoritario en una serie de países; pero quizás debamos a prender a ser de nuevo minoría, como les sucedía a los primeros cristianos”.

Ahora bien, Ratzinger consideraba que la alternativa de flexibilizar la doctrina no era aconsejable. Y no dejaba de tener alguna razón: la apreciable carga dogmática de la Iglesia Católica le otorga las señas de identidad que la distinguen de otras corrientes cristianas. Reducirla era en buena medida dejar de ser propiamente católica, para ser más bien ecuménica.

En esa dirección, sucedió un problema cuando tuvo lugar un encuentro ecuménico con el cambio de siglo, que le costó a Ratzinger el calificativo de soberbio. Ratzinger sostuvo que las otras confesiones no cristianas sostenían su dogmática a partir de profetas, mientras que los cristianos lo hacen a partir del Dios encarnado y que eso suponía una diferencia. ¿Soberbia o simplemente coherencia doctrinal? Puede que hubiera algo de lo primero, pero yo creo que es sobre todo lo segundo.

En otras palabras, es la coherencia doctrinal de Ratzinger lo que acentúa una crisis que venía planteándose desde la frustración de los resultados del Vaticano II, cuando muchos obispos pensaron que era la oportunidad de reducir o suavizar los dogmas católicos y la correlación de fuerzas no lo permitió. Mas bien, el espíritu de apertura fue progresivamente palideciendo hasta el inicio de la crisis de los años noventa, que el continuo movimiento del Papa viajero y su contribución a la caída del comunismo tras el Telón de Acero, consiguieron ocultar y postergar.

Siguiendo el argumento del Cardenal Ratzinger era posible visualizar el riesgo que presentaba su opción: defender la carga dogmática incluso si con ello se reducía drásticamente el tamaño de la Iglesia, dejaba por fuera la posibilidad de alguna suerte de reacción de venganza de la sociedad civil, sobre todo allí donde la Iglesia tenía cuentas históricas por pagar. El caso de la connivencia de la jerarquía católica con la dictadura franquista me facilitaba esa intuición. Por ello, el jugarse la suerte a la simple reducción del tamaño de la Iglesia me pareció un poco suicida de parte de Ratzinger.

Algo que se agravó tras su nombramiento como Papa, por cuanto Benedicto XVI llegó a creer que, en su calidad de Pontífice, podía enfrentar con su capacidad doctrinal y argumentativa los riesgos de la crisis de credibilidad. No supo prever de lo que es capaz el pueblo de Dios una vez que no lo es tanto.

Hoy lo está percibiendo con claridad. El senador Pera tiene razón cuando afirma que si no hubiera sido el asunto de los curas pederastas habría sido otra cosa: los enredos financieros del Vaticano, la misoginia histórica de la Iglesia y una lista no muy corta de posibles cabos sueltos. Esos vicios humanos de la Iglesia estaban destinados a convertirse en armas arrojadizas de un laicismo en rápido ascenso.

Pero lo importante es reconocer el origen del ascenso rápido del laicismo, que tiene múltiples fuentes: desde el relativismo moral hasta su contrario, el humanismo secular, que prefiere una moral laica a una moral católica asociada a dogmas cada vez menos creíbles. Un laicismo que tiene como una de sus vanguardias más destacadas el nuevo ateismo, que considera que la religión es el mayor riesgo de la humanidad en el siglo XXI. Y todo parece indicar que consideran que la Iglesia Católicas es la ofrece un blanco más fácil.

Coincido con el senador Pera en que esta vez el conflicto tiene visos de ser definitivo. Y que sólo puede concluir con el resurgimiento de la Iglesia o su crisis generalizada, que la convierta en una fuerza irrelevante. Pero no comparto su admonición de que la caída de la Iglesia traiga consigo “la destrucción de la razón”. Como no comparto la tesis contraria del nuevo ateismo: hay que destruir la Iglesia para “salvar a la razón”.

Creo que lo importante es conseguir que la crisis de la Iglesia, cuyo origen procede de su interior, no traiga de la mano una fuerte depresión moral en la humanidad, sino que el consenso básico en torno a los nuevos parámetros morales seculares, como el de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, consiga a tiempo el fortalecimiento que podría tener de ser apoyado tanto por creyentes como por no creyentes. No es, desde luego, una certeza absoluta de que eso será posible, sino más bien una apuesta por la que habría que jugarse, para evitar que la imparable crisis de la Iglesia Católica tenga consecuencias demasiado graves para el conjunto de la sociedad.

2 comentarios:

Javier dijo...

Esta buenísimo que el opiaceo comience a recuperar su conciencia

Abel B. dijo...

Excelente, Filomata. Encara uno de los problemas importantes del siglo XXI - que no empieza en éste, como aclara - dejando de lado la superficialidad o el dogmatismo con que escribe desde las dos posiciones opuestas.
Eso sí, no me convence la conclusión. Plantear un consenso en torno a los derechos humanos, puede ser satisfactorio para una ocnciencia laica (yo lo soy). Pero es muy evidente que la religión (el catolicismo, las otras confesiones cristianas, el islamismo, ...) cumplen un rol demasiado importante en la vida humana para que un arreglo racional lo reemplace.

¿Respuestas? No las tengo, y no creo que las haya. Pero por lo menos, tengamos en cuenta las preguntas (O la Pregunta: ¿Cuàl es el sentido?)

Un abrazo