17 de abril de 2010

La máquina de Dios

Desde hace un tiempo vengo pensando en el experimento que se denomina comúnmente la Máquina de Dios. El Superacelerador de Hadrones es, probablemente, el experimento científico más grande (y más caro) que se halla emprendido jamás (no sé realmente si el Proyecto Apolo lo alcanza) y uno de los más ambiciosos, escudriñar la materia hasta el fondo, pescar y atrapar la partícula que falta para exhibir de una vez por todas de qué está hecha la materia: entre otras cosas, el escurridizo bossón de Higgs tendría la extrañísima propiedad de conferir masa al resto de la partículas, y por ende al universo.

Qué lejos quedan los experimentos sobre los que se asentó la ciencia moderna: el árbol de Van Helmont, el pobre telescopio de Galileo, el primitivo barómetro de Torricelli, las bobinas de Faraday, e incluso los experimentos caseros sobre la radiactividad de Becquerel y los Curie. La ciencia actual (la Big Science) es siempre grandiosa: siempre arañando límites con uñas que cuestan miles de millones.

Por coincidencia o no, en una semana de máxima efervescencia en el mundo religioso fue escogida por un grupo de científicos para pretender dar al traste con la teoría de la creación divina del universo. Precisamente en esos siete días santos se empeñaron en poner a prueba su ‘Maquina de Dios’, o LHC, con la que intentan demostrar que todo lo que existe en el universo, materia y vida, no se produjo en los celestiales siete días y siete noches relatados en el libro del Génesis de La Biblia, sino que surgió de una explosión instantánea a la que han bautizado con el eufemístico nombre del ‘Big Bang’.

Mediante los más sofisticados artificios tecnológicos, el mundo de la ciencia, quizá hastiado de tanta teoría, ha concentrado sus esfuerzos a 100 metros bajo tierra, en la frontera entre Suiza y Francia, para poner a prueba su ‘máquina de Dios’, mediante la cual lograron reproducir en condiciones experimentales de laboratorio el instante siguiente al ‘Big Bang’ y el origen del universo hace 13.700 millones de años, al chocar haces de protones a siete billones de electronvoltios, una energía nunca alcanzada en la historia de la humanidad.

Con este proyecto, en que se han involucrado aproximadamente unos 10.000 astrofísicos y físicos nucleares provenientes de todo el mundo, se pretende levantar el velo sobre algunos de los misterios que envuelven al cosmos: cómo la materia fue convertida en masa tras el ‘Big Bang’ y cuál es la oscura o invisible materia que conforma cerca de un 25 por ciento del universo. Los astrónomos y los físicos dicen que sólo el 5 por ciento del universo se conoce actualmente, y que el resto, invisible, se compone de la materia oscura y la energía oscura, que constituyen el 25 por ciento y 70 por ciento, respectivamente. Dicho en otras palabras, con esta investigación, que gira en torno a la búsqueda de la ‘partícula de Dios’ o Bosson de Higgs, se podría explicar de una buena vez el origen del universo.

Como dato curioso, la Teoría del ‘Big Bang’ fue ideada inicialmente a principios del siglo pasado por un jesuita belga, George Lemaitre, quien propuso que el inicio del universo se habría producido debido a la explosión de un átomo primordial. Con el tiempo, la teoría de Lemaitre pasaría a llamarse del ‘Big Bang’ debido a una broma de su máximo detractor, Freid Hoyle.

A finales del siglo XX, el Papa de la Física, el británico Stephen Hawking, considerado el hombre más inteligente sobre la Tierra, logró impulsarla al realizar nuevos avances de esta teoría, los cuales sirvieron para que la mayoría de los cosmólogos la aceptaran.

Hawking, hoy en su silla de ruedas consumido por una enfermedad degenerativa neuromuscular, pero con inmejorable lucidez intelectual, ve cómo con estos experimentos sus discípulos inventores de la ‘máquina de Dios’ intentan reproducir el momento del ‘parto del universo’, y así, por fin, despejar la duda metódica de que si fue ‘Dios el que creó al hombre o si fue el hombre el que creó a Dios’.

Dijo recientemente el premio Nobel de Física Steven Weinberg que “la ciencia jamás podrá probar que Dios no existe”. Lo que no puede suceder es que el LHC, en consonancia con las polémicas que se han suscitado en las últimas semanas sobre la permisividad del Vaticano en los casos de abuso sexual de sacerdotes en todo el mundo, mengüen la fe religiosa e incrementen en nuestra población mundial un ‘vacío moral’ que desemboque en una gran crisis de la espiritualidad universal. La ciencia no puede desconocer que el hombre es cuerpo, mente y espíritu.

Tendencias más vanguardistas de la teología moderna plantean teorías y creencias que, antes que rebatir los hallazgos científicos, exploran espacios conciliatorios y puntos de encuentro, a través de los cuales es factible creer tanto en el ‘Big Bang’ como en un Dios de amor, pletórico de misterios para la ciencia y que sacrificó a su único hijo por la humanidad.

Falta, no obstante, que los sectores más radicales del cristianismo, la Iglesia Católica y el protestantismo extremo acepten que su simbología tradicional ha resultado útil, pero las nuevas generaciones, al tanto de los irrebatibles avances científicos, requieren información más real, más precisa y más acorde a su renovada realidad espiritual.[1]

Es aceptada la edad de la creación la que ha quedado demostrada científicamente. Durante siglos la mayoría de los hombres pensaron que Dios había creado todo al comienzo y después el mundo se había guardado más o menos igual. Acabamos de ver que esta idea ya no vale. Lo que si vale es que la creación de Dios, se hace de a poco, que no hubo una creación, sino que la creación empezada, iba proseguir su camino con la fuerza que Dios ha puesto en ella.

Nos vemos,


[1]

1 comentario:

Ariel dijo...

Hasta donde sé, el Vaticano acepta plenamente la teoría del Big Bang, habiendo incluso promovido seminarios sobre el tema.
Incluso acepta la más controversial evolución.
Así que yo no incluiría a la Iglesia Católica en esta frase:
"Falta, no obstante, que los sectores más radicales del cristianismo, la Iglesia Católica y el protestantismo extremo acepten que su simbología tradicional ha resultado útil, pero las nuevas generaciones, al tanto de los irrebatibles avances científicos, requieren información más real, más precisa y más acorde a su renovada realidad espiritual."
Sus oscurantismos pasan por otro lado.