14 de abril de 2010

La envidia ¿no mató a Caín?

Leemos a Daniel Guebel: " Los primeros años me proveyeron de la suficiente ilusión respecto de las posibilidades del mundo, pero no me habían cegado ante la evidencia de las diferencias más ominosas. De niño –niño de clase media instalado en una barriada suburbana– yo ya había reparado en la existencia de los pobres y había concebido un plan para hacerlos desaparecer del planeta. Supongo que mi plan no era parecido a los urbanísticos que acuna el ingeniero Macri en sus desvelos de potentado, o al menos lo impulsaba una causa muy distinta. Tuve oportunidad de ofrecerlo en tercero o cuarto grado, cuando la maestra dictó el tema en la hora de Redacción: “¿Qué voy a hacer cuando sea grande?”. Yo, redacté, me destinaba a ser presidente de la República. Cuando lo fuese, iba a comprar una máquina de imprimir billetes. Cuando la máquina a mi mando imprimiera la suficiente cantidad de billetes, con el dinero resultante iba a comprar otra máquina de imprimir billetes, y así sucesivamente hasta lograr la cantidad de dinero suficiente como para repartirla entre los pobres y acabar así con la pobreza planetaria (me temo que los planes sociales son una versión morigerada de mi propuesta extrema). Eran, si mal no recuerdo, los tiempos de la dictadura de Onganía. Luego de leer mi composición, la maestra, a cambio de denunciarme a la policía para que me aplicaran la Ley 17.401 se acercó a mi banco y me dio un emocionante beso en el marote. Ese momento de comunión me resultó desconcertante, porque yo esperaba de su lectura la aprobación y puesta en práctica inmediata: mi docente iba a ser la ejecutora perfecta de mi plan maestro. Ese reemplazo de la política por el afecto puso en evidencia de que las cosas tienden a resultar más complicadas de lo que pensamos, y que existe cierta diferencia entre intención y resultados. A la inversa, cuando leo que la Presidenta se autopostula como la Sarmiento del presente, no tengo dudas de que en la comparación busca trastocar las formas de comunicación política, para arribar a cierta zona de afecto que siente que la sociedad le está retaceando. "

Cuando el Plan Ceibal de los uruguayos entregó computadoras a los chicos orientales, tanto la prensa argentina como la oposición y los sectores más superficiales de nuestra bendita clase media cayeron rápidamente en la comparación fácil entre Uruguay y ese país espantoso, incompleto, desprolijo y chanta –la Argentina– en el que desgraciadamente les tocó nacer. Los emocionaba de tal manera la apuesta del gobierno de Tabaré a un futuro esplendoroso para la niñez pobre del Uruguay, que yo escuché a algún caradura que llamó a una radio de Buenos Aires y por la mitad del comentario lo traicionaron las lágrimas, se quebró y tuvo que interrumpir su perorata. Por supuesto que le importaban poco y nada los niños pobres del Uruguay y lo único que querían tanto él como el conductor del programa era aprovechar la volada para desmerecer al Gobierno argentino, disfrutar del excelso placer masoquista de renegar de su propio y sufrido país y, de paso, sacar patente de humanitario y sensible.

El plan inicial se pergeñó entre Adrián Paenza, Daniel Filmus, Nicholas Negroponte, del MIT, y Néstor Kirchner. Se habló de un millón de computadoras de prestaciones básicas, pero el MIT no pudo cumplir con el precio convenido y la operación se postergó hasta que ahora Cristina lo encaró por otro lado. Ahora son tres millones de computadoras de aquí a 2012 (este año 250.000) y se hace con los fondos de la Seguridad Social (Anses) que hasta hace poco eran el curro de las AFJP. En principio, sólo para estudiantes secundarios de escuelas públicas y luego se extendería a primarios. Cuestan U$S 274 cada una, con garantía y repuestos por tres años. Los chicos van a llevar la compu a su casa para familiarizar también a los padres sin experiencia digital; y al graduarse podrán quedarse con la máquina como premio. Ya se han hecho experiencias preliminares con la entrega de 700 máquinas (en siete provincias) monitoreadas por especialistas de la UBA. También se ha abrevado en operativos similares realizados en el exterior.

Por supuesto Clarín de inmediato dijo que el plan se había anunciado por tercera vez en pocos meses (mentira) y editorializó (“Del editor al lector”) desmoralizando sobre una medida indiscutible, argumentando que los chicos argentinos son ignorantes y no aprenden, que Chile nos lleva la delantera por 10 años, que así no se resuelve la cuestión de fondo, etc. Causaron su efecto de envenenar el cerebro de la gente: al día siguiente se podían registrar los llamados del público a las radios (un tipo de encuesta rápida, algo sesgada pero valiosa) para decir que seguro todo era mentira o que antes de entregar computadoras se debería haber formado a los docentes en disciplinas informáticas y otra sarta de pretextos autodestructivos.

Es sabido, los chicos rápidamente se familiarizan con la tecnología informática y ésta es una excelente manera de fácil y velozmente acercarlos (a los menos beneficiados y más indefensos) a la línea de largada, para que sea un poquito más cierto aquello de la igualdad de oportunidades.

Nos vemos


Aportes de Fernando Braga Menéndez

1 comentario:

MATHA BURROUGHS dijo...

Soy docente y la mayoría de mis colegas son unas reverendas pelotudas a las que desde hace muchísimos años les vengo diciendo que se tienen que actualizar y no tenerle miedo ni a la computadora y ni a Internet. La red es la biblioteca de Babel, es algo maravilloso si se lo usa bien.
Me miraban como imaginándose los usos diabólicos que esta que suscribe le daría a Internet, criticaban a los textos digitales (sin saber de qué se trataba, en algunos casos) y se hacían las "puras" rechazando el uso de la computadora en educación.
Hace unos días una de ellas, de las que más manifestó su desacuerdo con lo que yo decía, vino a pedirme que la ayudara con su nueva laptop.
Claro, pero según Clarín es el gobierno el responsable de la educación informática de los docentes argentinos...