19 de abril de 2010

Cooperativa de enemigos personales

La calidad del sistema político nacional depende de la calidad de sus partidos. Sin partidos vigorosamente insertos en la vida societaria, la lógica del sistema representativo corre el riesgo de volverse una ficción inenarrable. La crisis del 2001 los mostró en perpetuo estado de shock. El “que se vayan todos” no fue una consigna de circunstancias, sino el estado de la cuestión. La sociedad argentina responsabiliza a los partidos, con razón o sin ella, del grado de autismo que impidió evitar el más que previsible estallido de la convertibilidad. Cuando sucede algo que está en la naturaleza de las cosas, y los instrumentos pergeñados para impedirlo demuestran que no poseen el sentido de la historia, la confianza colectiva se hunde.

Dicho epigramáticamente: casi todo huele a podrido en el sistema de partidos realmente existente. Por tanto, si no conservaran el monopolio de las candidaturas electivas, su capacidad de regenerarse –aun discursivamente– sería mínima. De los partidos históricos, la UCR es el más gravemente dañado; después de todo Fernando de la Rúa timoneaba –es un modo de contarlo– el país que estalló en una crisis incontenible.

Como no podía ser de otro modo el radicalismo quedó al borde de la extinción. En las elecciones del 2003, la fórmula encabezada por Leopoldo Moreau obtuvo un nivel de votos digno de una secta grande. En las del 2007 tuvo que acudir a un trámite inédito: apoyar a un candidato extrapartidario; Roberto Lavagna, que había sido una pieza clave en los gobiernos de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, posibilitó el inició de un proceso de reagrupamiento, cuya lógica había sido pergeñada por Raúl Alfonsín. Es decir, por el último líder que el radicalismo supo conseguir.

Ese es el punto. El radicalismo carece de liderazgo, Nahum César Jaroslavsky explicó, hace mucho tiempo, que la interna radical ocupa en la dinámica de esa colectividad el lugar de la política nacional. Si la interna empalma con la política, bien; de lo contrario, sigue la interna. Por cierto, esa interna no se alimenta del rico debate político posible. Más bien suele rumiar una suerte de novela que sus militantes comparten sin beneficio de inventario: el peronismo tiene una estrategia política eficaz: impedir el gobierno radical. Cada ver que la UCR conquista la presidencia, el peronismo ejerce una forma de oposición imposible; oposición cuyo único objeto es quebrantar la UCR. Por eso, Alfonsín tuvo que abandonar la presidencia con antelación; por eso, De la Rúa se vio obligado a renunciar en el 2001. El peronismo lo hizo.

Ese diagnóstico, macerado con rabia e hilvanado con resentimiento, fue repetido una y otra vez, pero la precariedad del 2003 impidió que sus consecuencias se hicieran visibles. A tal punto, que la UCR no sólo no ponía palos en la rueda, sino que facilitaba los procedimientos legislativos. Alfonsín, con certera comprensión, acompañó al gobierno en los peores momentos de la crisis, y alcanzó el rango de estadista. Esto es, un político que esta más allá de estrechas banderías.

En el 2007 las cosas mejoraron apenas, y fue el conflicto campero el que cambio decididamente las cosas durante el 2008. Por primera vez, en mucho tiempo, un segmento del bloque de clases dominantes volvió a referenciarse en sus militantes. La moral radical sufrió una suerte de transformación, la posibilidad de volver a jugar en las grandes ligas –después de todo Mauricio Macri alcanzó el lugar que tiene porque la UCR perdió el suyo– envalentonó a sus dirigentes, y Elisa Carrió formuló el discurso de la venganza: todos los males de la sociedad argentina provienen del peronismo. Ese mensaje caló con facilidad en una colectividad que siempre situó sus derrotas en manos de los enemigos de la democracia, y nunca en su dificultad para cabalgar el desbocado potro de la historia. No bien los números cambiaron la lógica funcional del Congreso, la furia radical coloreó todo. El Cleto Cobos la sintetiza biográficamente. Hasta hace cinco minutos históricos parecía un aliado, y no bien vio la posibilidad de golpear no tuvo la menor vacilación.

Debemos admitirlo, esa lógica arrojó sus frutos, tiene un inconveniente estructural. En un partido que el Chacho Jaroslavsky definió como una “cooperativa de enemigos personales”, todos están dispuestos a todo. ¿Cómo posicionarse? Simple: enfrentando lo más duramente posible al oficialismo. Pero ese enfrentamiento sin límite, fogoneado por los diversos enemigos mediáticos del Gobierno, choca con la tolerancia de la sociedad. Los hombres y mujeres de a pie detestan el conflicto, miran con enorme desconfianza las votaciones truchas del senado. Es que la lógica de la interna golpea la lógica de la representación política, y la UCR corre el serio riesgo de volver a aislarse, quebrantando otra vez el pacto societario que organiza su sentido.

Nos vemos,



Fuente: Alejandro Horowicz

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