23 de marzo de 2010

Memoria en la sociedad pos-dictadura

Este artículo es complemento del que bajo el título Memoria, política e historia publicáramos a principios de 2010, en la pretensión de reflexionar acerca del análisis de las distintas construcciones narrativas de la memoria que se fueron constituyendo a lo largo de la década del noventa en Argentina.

El mundo de hoy se nos aparece horrible, malvado, sin esperanza. Esta es la tranquila desazón de un hombre que morirá en ese mundo. No obstante, es justamente a eso a lo que me resisto. Y sé que moriré esperanzado. Pero es necesario crear un fundamento para la esperanza. (Jean-Paul Sartre)

Durante la década del setenta, en nuestro país, el genocidio fue producto de un proyecto político- económico cuya claridad ideológica y sistematicidad de prácticas de exterminio fueron innegables. Este proyecto se implementó a través de golpes y dictaduras militares que se sucedieron (como en otras regiones del mundo) en algunos países del Cono Sur de América Latina: Brasil, Uruguay, Chile y Argentina. Además, las elites económicas y militares de estos países colaboraron conjuntamente articulando dichas dictaduras en el llamado “Plan Cóndor”.

De esta manera, podríamos pensar el concepto de genocidio, según Feierstein, (...) como una práctica social que utiliza particulares tecnologías de poder para “reorganizar” las relaciones sociales hegemónicas mediante la construcción de una otredad negativa, el hostigamiento, el aislamiento sistemático, el aniquilamiento material y la realización simbólica. (Feierstein, 2007, p. 121)

En el caso de la Argentina, la dictadura sentó las bases para un cambio de época, para la implementación de un nuevo modelo económico y social: el neoliberalismo, barriendo por medio de la represión con todo un proyecto de emancipación político-social gestado por las resistencias en las décadas anteriores. De forma similar, el final de la dictadura trajo aparejado el advenimiento y la consolidación de la democracia política, en su mayor parte obtenida por la movilización social que sostuvo en todo momento la vigencia de la denuncia y la lucha por los derechos humanos.

Una parte importante de los discursos y las políticas de la memoria se fueron constituyendo a lo largo de la resistencia del movimiento de los derechos humanos, el cual cobró relevancia en la movilización social de la década del ochenta. Los reclamos más sobresalientes fueron la denuncia por las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar y el reclamo por la vuelta a la democracia política. Esta parte de los discursos de la memoria estuvieron muy ligados a la idea de justicia para las víctimas del terrorismo de Estado y castigo a los culpables. De esta manera, se constituyó sobre ese discurso una política de la memoria particular, con una definición de objetivos específica. Sin embargo, las miradas no se agotan en esa política particular, sino que por el contrario hay otras políticas de la memoria que también poseen sus relatos, sus símbolos y sus reclamos.

Por lo tanto, en primer término, podríamos preguntarnos: ¿Qué hacer con nuestra(s) memoria(s)? ¿Qué hacer con nuestro pasado que ilumina nuestro presente? En principio, estaría planteada la tensión entre las distintas construcciones políticas a la hora de producir y realizar los discursos y las políticas de la memoria. A la hora de bucear en las distintas construcciones políticas, podemos encontrar memorias del terror, memorias de las víctimas, memorias que esperan de la justicia una reparación del daño que sufrieron, y entre estas si es una reparación jurídica o de otro tipo. Memorias como industrias culturales que en definitiva licuan sus propios contenidos y generan olvidos. Memorias colectivas, memorias individuales, estéticas de la memoria, memorias contrahegemónicas, memorias oficiales, memorias constituyentes o memorias instituidas, institucionales. Memorias de la propia comunidad o memorias del Estado.

En segundo término, cuando nos referimos a los discursos y a las políticas de la memoria, en la década del noventa, estamos haciendo alusión al surgimiento de identidades, símbolos, y repertorios de acción en los que se condensan nuevos actores ligados a la memoria. El caso de H.I.J.O.S. es uno de los paradigmas de la lucha contestataria de la década. Esta agrupación se funda en el año 1995 y construye una identidad en torno a la denuncia contra la impunidad del ayer y del hoy. Al mismo tiempo, inaugura la práctica político-cultural del escrache. A pesar de que varios organismos de derechos humanos acompañan esta nueva práctica, desde sus inicios hasta la actualidad, es virtud de esta última el interpelar fuertemente a las generaciones más jóvenes. Son ellas quienes expresan su repudio hacia las marcas traumáticas dejadas por el genocidio y hacia las continuidades de la dominación que se mantienen en el presente (abusos de la fuerza policial, casos de gatillo fácil, desapariciones en democracia, etc.).

De esta forma, el escrache puede ser interpretado como un campo de resistencia cultural que desnuda intencionalmente el carácter fetichizante de la cultura y su hegemonización del sentido. Desde esta visión es que las memorias fastidian al poder del orden establecido, debido a que ellas evocan disputas de sentido, valor y poder, abandonando la falsa idea de una “memoria completa”. Las memorias son múltiples como los distintos sujetos que integran la sociedad misma; que el poder dominante tienda homogeneizar buscando imponer su lógica normalizadora y construyendo su poder disciplinario, es un tema a estar alerta en la construcción de procesos de resistencia.

Nos vemos


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