20 de marzo de 2010

El terrible estatuto del paria

La globalización del capital supura una nueva forma de indigencia, arroja al vertedero de la historia masas anónimas de seres humanos despojados de cualquier tipo de derechos, sombras que se desplazan de aquí para allá buscando un lugar imposible, una tierra hospitalaria.

Leer los síntomas de un tiempo de injusticias articulado con una exuberante exhibición de riquezas inauditas de parte de los países ricos de la tierra, supone, en primer lugar, toparse con esa figura del desterritorializado, de aquel que ha quedado al margen de la ley y del mercado, de quien pasa a ser nada, nadie, un vacío que, sin embargo, ocupa el lugar del escándalo moral de una sociedad que prefiere desplazar su responsabilidad, que opta por elaborar supuestas políticas “humanitarias” que no hacen otra cosa que consolidar el terrible estatuto del paria.

Ser un refugiado o un indocumentado implica carecer de derechos y quedar disponible ante las decisiones del poder soberano, de esas máquinas estatales que hoy deciden sobre el destino (léase la vida o la muerte) de millones de expatriados que pululan por un mundo inhóspito.

En la época de la globalización nos encontramos con la paradoja de fronteras que se cierran, de legislaciones que tratan al extranjero como un apestado o que simplemente postulan su vacío jurídico.

Son los países más pobres los que hoy reciben el grueso de los refugiados, son ellos los que cargan sobre sus espaldas una responsabilidad que los países ricos evaden cubriendo sus conciencias destinando algunas partidas de dinero, algo de medicinas y alimentos mientras se niegan a darles un lugar en sus territorios, olvidando que durante siglos ellos han lanzado a millones de sus pobres e indigentes hacia esas mismas geografías de las que hoy parten las masas de desarraigados o que se han beneficiado con sus riquezas de todo tipo, generando un verdadero proceso de expoliación colonial que está en la base de las miserias actuales.

El orden político de los países centrales hoy encuentra su última ratio en lo que hace o deja de hacer respecto de esos seres humanos que deambulan por su interior o que se concentran presionando sobre sus fronteras. Ilegales, exiliados, refugiados, marginales, indocumentados, todos nombres que remiten a lo mismo: su condición de nuda vida, su indefensión, su disponibilidad, la nulidad de su existencia, la violencia a la que se los somete de acuerdo a las leyes del poder soberano.

Es por eso que una palabra olvidada, borrada de los diccionarios, es la palabra hospitalidad precisamente allí donde no hay acogida y donde el extranjero es un perpetuo sospechoso o un número en el registro de la policía aduanera.

¿Quién asume la responsabilidad? ¿Cuáles fueron las causas de esas hambrunas y de esas multitudes de refugiados? ¿Qué se hace para paliar el sufrimiento? ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Cuál es la raíz de la injusticia? En la profundización de estos abismos abiertos entre refugiados e indiferentes, está simbolizada la tragedia de nuestra época.

Nos vemos



Fuente: Textos de Ricardo Forster

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