23 de febrero de 2010

Astuto como serpiente, sencillo como paloma

Qué tal si yo fuese un hombre embebido de conceptos, por ejemplo, aristotélicos? Dudaría hasta de escribir estas simple frase muy pragmática, por cierto, atinente con una realidad que presiona para poner la verdad en su lugar. Y si también fuese un adicto lector de Santo Tomás D'Aquino, menos todavía. Santo Tomás apoyó su estructura filosófica casi por entero en los fundamentos de Aristóteles. ¿O Leonardo Da Vinci que, como niño travieso, siempre buscaba nuevos límites?

Las sutilezas son invocar a Aristóteles, a Santo Tomás D'Aquino, a Leonardo Da Vinci, a Flaubert, a Nietzsche y muchos más para mejor desarrollar la línea argumental que el periodista y empresario editor Jorge Fontevecchia (JF) utiliza en sus escritos. De hecho sus textos editoriales están atestados con la presencia de grandes personajes de la literatura o de la filosofía que funcionan como moldes, parches para dar prestigio y vestir de verdad las ficciones que quiere expresar.

“La técnica” no carece de mérito. ¿Quién dudaría de la veracidad de una afirmación acompañada en el pensamiento que respalda un gran filósofo?

Lo aparente: honesto el relato, honesta la persona que lo hace. Pero…

¿Cómo está hecho un hombre que engaña de manera habitual? ¿Usted tuvo la (mala) suerte u oportunidad de encontrarse con uno de ellos alguna vez en su vida? Bien, mejor dicho mal, sucede que quien miente con convicción puede ser un hombre exitoso al que muchos de nosotros admiramos. O que se hace admirar por el valor de sus palabras escritas.

Francis Bacon decía que “el hombre vale tanto cuanto sabe”; Fontevecchia debe haber tomado al pie de la letra esta afirmación del noble filósofo ingles. Entonces hace uso de todas las informaciones que adquirió como parte de su bagaje cultural, poniendo en relieve los personajes ilustres de las artes o literatura, que utiliza como ejemplo para sustentar a los ojos de los lectores los mensajes engañosos de sus editoriales. O sea: utiliza un escenario, amplio, armado sobre el discurso del sentido común para asegurarse que la mentira será creíble. Un fraude para la cultura y la información. En ese sentido JF se presenta con la docilidad de un niño inocente, libre de culpas, provisto de sonrisas y tranquilidad (armas de la comunicación actual) que solo aspira, a través de sus escritos, insinuar un mundo diferente , sin nunca explicarlo por completo.

Pero ¿cómo sería este mundo diferente?

La astucia es en que nunca materializa una visión clara, excepto en cuidar un grupo de intereses propios y sólo obedece a teorías de posturas filosóficas hipotéticas. Insinúa, sugiere, expresa timoneando sus conceptos con el apoyo de un pensador u otro estudioso de prestigio. Esta actitud no parece casual. Nietzsche, uno de los filósofos más citados por él, habla también del niño inocente como imagen de superhombre, este niño (que es inocente) “cree en su propia moral, sigue sus propios valores”. Cree absolutamente en sí mismo, en su pureza –y extermina desde este pulpito a quien estima adversarios y enemigos.

La diferencia que el editor tiene con el filósofo alemán es que este último era sincero en sus postulados, y pagó con soledad y la perdida de importantes amistades a quienes confesó sus convicciones, mientras que JF es pagado por sus servicios al sistema para divulgar de la mejor manera posible, disfrazado de “periodismo puro” (lo que alguno ingenuos creen), los recados de los grupos de intereses de su círculo.

No se explican de otro modo sus perseverantes ataques al actual gobierno, y a anteriores administraciones, con brutal parcialidad de los contenidos periodísticos que por la misma razón pierden valor informativo, con textos hasta ofensivos, sin reconocer jamás los aciertos que tuvieron ésta u otras administraciones del pasado.

La verdad cruda y desnuda detrás de su actividad es que sus publicaciones funcionan como engranaje de un sistema muy grande, donde la tarea mayor es desinformar y deformar la realidad –siempre y a toda costa – para tener un mercado cautivo de público confuso que jamás sabrá dónde habita la verdad. En ese sentido, los otros medios de prensa con diferentes matices hacen lo mismo (Kafka).

En todo caso, un lector atento consigue descubrir la trampa de JF y colocar los suntuosos textos vestidos de falsas verdades y de prolija redacción en el lugar que merecen: lecturas para pasar un rato con cero de credibilidad.

También se puede imaginar cómo debe brillar de orgullo su “inteligencia superior”, al tomar conciencia de su poder y a solas reírse de algún modo cuando piensa en los pobres redactores “jefes” y “especiales” o directores que obedecen y creen ciegamente en un sistema periodístico genuino sin conseguir darse cuenta que en realidad están fabricando un muro de confusión funcional a intereses que ni piensan que existan. Y siguen atrapados por la reputación del cargo, a la necesidad de trabajar y a las ventajas que eso implica en lo económico, viajes, falso prestigio.

Nos vemos,


Fuente: Luigi Lovecchio

1 comentario:

pepe dazzo dijo...

Impecable.