31 de enero de 2010

Memorias, política e historia

“Hacer época no es intervenir pasivamente en la cronología, sino precipitar el momento". Walter Benjamin

Cuando hablamos de la historia, se nos (re)presenta en nuestro imaginario social la idea de que la historia es homogénea, única y oficial. De modo que es impensable para ese imaginario ver a la historia como un campo de luchas, de elecciones, de combates, en donde el sujeto intervenga y produzca su propio tiempo de existencia. Por este motivo, nos resultan pertinentes los aportes de Pilar Calveiro (2008) acerca de que la memoria puede adquirir toda su potencialidad de ser un instrumento de resistencia, en tanto y en cuanto la memoria pueda establecer una presencia del pasado en el presente, visibilizando las formas de dominación que se constituyeron en el ayer y continúan siendo hoy.

No obstante, es importante decir que no se trata de una guerra por la representación de la historia, sino de una batalla cuyo campo es la historia misma. A su vez, en esta disputa cobran relevancia los atributos de los discursos y las políticas de la memoria, que son capaces de trazar las asimetrías respecto del poder. Por eso, nos parece central ligar los conceptos de historia, memoria y política, ya que es a través de las memorias entendidas como territorios que se producen intervenciones (formas de práctica política) que los configuran como campos de batalla de las representaciones simbólicas de nuestros pasados en la historia. En este sentido, la historia es un relato institucional de un proyecto político; relaciones de poder instituidas que convalidan el proyecto dominante hacia el pasado pero también en el presente y hacia el futuro.

Llevar a cabo la desnaturalización del sentido común de la historia oficial, nos revelaría la importancia de la concepción de una historia otra. Jameson (1989) nos propone pensar la existencia del inconsciente político de la historia oficial. Este implica otra temporalidad y otro sujeto contrapuestos a la violencia basada en la idea del progreso, que anula nuestra historia y la posibilidad de intervención en ella para transformarla.

Uno de los obstáculos más destacados para una mirada crítica de la historia, al decir de Walter Benjamin, es lo que sucede con los momentos invisibles que en ella se encuentran, que no se ven y no se narran, simplemente se los desconoce. De igual modo se desconoce la violencia que los anuló, que los hizo no visibles. El escritor ligado a la Escuela de Frankfurt plantea la necesidad de evidenciar el conflicto, la lucha por la historia, la pregunta acerca de la relación entre visibilidad y no visibilidad.

La concepción a contrapelo de la historia de Benjamin nos invita a interpretar los discursos y políticas de la memoria como si fueran una señal de alarma en la normalidad. No se trata de reclamar por un pasado que ya quedó trunco, que es irrecuperable, sino por la violencia que se ejerció e impidió la realización de ese pasado en el presente, y que permite la continuidad de la dominación en él. La violencia que se visibiliza instituye y cosifica una versión de la historia como oficial y reinante. Quisiéramos concluir este párrafo con una cita de las tesis de Walter Benjamin, texto tan hermoso y al mismo tiempo tan contundente:

Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en la tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el botín. Se le designa como bienes de cultura.”... “Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie. (Benjamin, 2007, Tesis VII. p. 28)

Hasta aquí mencionamos el vínculo entre memoria e historia, ahora bien, podríamos agregar que resulta indispensable hablar de la dimensión política que las atraviesa. Los discursos y las políticas de la memoria, como otras expresiones contestatarias de la década de los noventa, se pueden concebir a través de su derrotero político como políticas en movimiento. Acciones colectivas que derrumban los límites de la repetición mediante la in(ter)vención. Creemos que estas experiencias políticas (o por lo menos gran parte de ellas) provocaron en su tiempo la ocasión para una apertura del presente, entendida ésta como una grieta en el tiempo, una brusca expansión del instante que significó un nuevo punto de vista, un ensanchamiento del horizonte político.

Estas prácticas políticas nacieron al calor de una nueva idea de temporalidad, que involucra un encuentro entre el pasado trunco y el presente. Este pasado que aparece en el presente como un relampagueo fugaz, un instante de peligro, y es tarea de nuestro tiempo dar cuenta de este síntoma y poder hacer hablar a este doble silencio. En primer lugar darle voz a ese vacío, “el grito”, y en segundo lugar levantar el silencio violento que pesa sobre esas voces o gritos olvidados y anulados. Por eso podemos ver en estos discursos de la memoria una forma de pensar al tiempo ya no en su linealidad, sino dar a conocer que toda historia de los vencedores se sostiene sobre las voces silenciadas de aquellos que construyeron ese pasado que no fue, por la violencia y el terror que actuó sobre ellas. En ese sentido, pueden ser una herramienta política que ayude al conjunto de la sociedad en la tarea de escuchar aquellas voces y lograr su redención.

Al respecto sería bueno recordar otra cita de Walter Benjamin de su texto “Tesis de la Filosofía de la Historia”: Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas sus alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso. (Benjamin, 2007, Tesis IX, p. 29)

Los relatos de la historia nunca son inocentes, por eso la escucha de lo que tienen para decirnos es primordial para comprender lo que aconteció. Discutir esas diversas narrativas implica actuar políticamente y de alguna manera disputar el poder.

Nos vemos,


Fuente: "Discursos y políticas de la memoria: consideraciones acerca de la relación entre pasado y presente". Sergio Gradel

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