18 de enero de 2010

Centroizquierda: un misterio y un problema

Uno de los secretos mejor guardados de la política en la Argentina es qué significa ser de centroizquierda. A ciencia cierta nadie sabe de qué se trata. Uno puede andar por la calle y, con amabilidad y respeto, preguntarles a los desprevenidos transeúntes pero, en el mejor de los casos, le responderán con el gesto típico de alzar los hombros y bajar la comisura de los labios al mismo tiempo. Para un país en el que los derechistas son vergonzantes –excepción hecha de los mediáticos tyranosaurios recientes– y que los izquierdistas son divisibles por sí mismos, ser de centroizquierda es tanto un misterio como un problema: nunca se sabe en qué consiste ni adónde conduce. Eso sí, es más cómoda que cualquier otra etiqueta de la topografía política, a juzgar por la cantidad de usuarios.

Es muy extraño este lugar. Allí no hay indagatorias ni interpelaciones molestas; en cambio, abunda la autocomplacencia puesto que la identificación con el lugar exime de explicaciones o comentarios o rendiciones de cuenta. Ser de centroizquierda pareciera ser un salvoconducto; está bien, es políticamente correcto, corresponde y, por ende, asegura el libre tránsito por los insondables caminos de los derechos humanos, el latinoamericanismo, el progresismo (cómo no, el progresismo que, incluso, hasta suele ser usado como sinónimo de centroizquierda o de revolucionario según pinte la ocasión) lo nacional y popular (otro tópico), el ambientalismo, la defensa de la democracia, etc.

La centroizquierda es una fiscalía todoterreno que promete unidad en la diversidad pero si te he visto no me acuerdo aunque, una y otra vez, mente el ejemplo del Frente Amplio uruguayo y lamente la inexistencia de una cultura política de centroizquierda en este lado del charco. Mentar experiencias ajenas y lamentar la ausencia de una propia es un sino trágico que, inexorablemente, va a parar al territorio de las ingenierías electorales cuando las papas queman y hay que cerrar listas a como dé lugar. Eso para los centroizquierdistas no kirchneristas y para los antikirchneristas, pero para los kirchneristas de la centroizquierda no pejotista el problema no es menor y para la pejotista ni te cuento.

Con todo, es muy difícil saber qué es la centroizquierda. ¿El centro es el de gravedad de toda la coalición y por eso algunos dicen el centroizquierda y no la centroizquierda? ¿Es más de centro que de izquierda o es al revés? Si el centro es la barrera infranqueable para la derecha, ¿la izquierda qué vendría a ser, el sueño eterno de la revolución pero en cómodas cuotas mensuales para no provocar al lobo feroz?

Como fuere, lo cierto es que no son pocos los hombres y mujeres que, con las mejores intenciones, reivindican para sí un compromiso militante con el ideario de centroizquierda. Por eso mismo, lejos de faltarle al respeto a nadie, pareciera haber llegado la hora de poner en cuestión esa convención del lenguaje político que designa como centroizquierda a una imposibilidad: la de transformar la política de la queja y la denuncia sistemática en la articulación de un relato del futuro que sea verosímil para millones de personas. No es que no haya empatías circunstanciales entre el ideario de centroizquierda o progresista y acciones o iniciativas protagonizadas por diversos actores y movimientos sociales. De hecho las hubo, las hay y las habrá, pero lo que nunca existió fue una estrategia de intervención política que diera cuenta de las contradicciones sociales, del espacio estatal en las que se desenvuelven y de los mecanismos de representación que paulatinamente fueron entrando en crisis hasta eclosionar en 2001.

Desde entonces, o sea, desde la crisis de diciembre, la centroizquierda fue puro desconcierto ante una disputa por la hegemonía que requería reflejos distintos a los acuñados en los años de resistencia al neoliberalismo. No bastaba con reivindicar la experiencia de lucha de los movimientos sociales y su dinámica autónoma, ni con ensayar un discurso político que abandonara definitivamente la ilusión frepasista de la lucha contra la corrupción entendida como la abuela de todas las batallas. El desafío consistía en atravesar la aguda crisis orgánica asumiéndola como una oportunidad y no como una trampa del sistema, como un momento favorable a la irrupción política de amplios sectores populares y no como una celada de la institucionalidad burguesa. Con sus más y con sus menos, el espacio vacante de la centroizquierda lo cubrió el kirchnerismo y entonces ya no hubo cómo remontar la cuesta de las vaguedades estratégicas y las dudas existenciales. Todo se hizo más difícil, las alianzas, la cantidad y calidad de los apoyos versus la cantidad y calidad de las críticas, las adhesiones intempestivas de quienes antes habían abjurado de los comicios, el alejamiento de los que habían depositado esperanzas previas, la medida de la distancia de los que acompañarían pero sin protagonizar, etcétera.

Ahora la situación es distinta. Tras las últimas elecciones legislativas, el conglomerado de actores políticos que se reconoce como centroizquierda ha crecido, entusiasmándose tanto con la cosecha de votos que castigaron al gobierno por sus desaciertos y asignaturas pendientes, como por la posibilidad de librar la disputa presidencial en 2011.

¿Ha sido esto producto de una estrategia? ¿Hay allí una conducción orgánica, referenciada en una construcción política y social, a la que se rinden cuentas en un ir y venir de mandatos democráticos? ¿Se trata de un nuevo movimiento histórico, fundado en un balance autocrítico del pasado reciente y en un análisis sin concesiones de la correlación de fuerzas en la sociedad? ¿Es exactamente así o sólo se trata de un puro y duro pragmatismo, una visión de corto plazo que navega como puede en medio de una crisis de la representación que sigue sin resolverse para tirios y troyanos?

Que conste, por las dudas: las mismas preguntas le caben al kirchnerismo como fenómeno político, toda vez que fue éste quien cubrió el bache dejado por las expresiones de centroizquierda y no son escasos los kirchneristas que se reclaman como parte de esas expresiones. Por lo tanto, habrá que animarse a formular éstos y otros interrogantes, aunque no haya demasiado tiempo para las respuestas y, sobre todo, para las correctas, que son las imprescindibles para avanzar todavía más.


Carlos Girotti
Sociólogo, Conicet


3 comentarios:

Fernando Bonatto dijo...

Yo me lo he preguntado muchas veces
Confieso que la palabra centro me produce escozor ,siempre me considere de izquierda
Pero a tenor de las multiples cagadas,sectarismos,personalismos variopintos,
vaivenes y demas yuyos que han caracterizado a la izquierda kiosquera argentina me he parado mas en una onda distinta con la que hablo un mismo idioma
Un centro izquierda en la que se han ubicado desde Carrio,hasta Juez ,pasando por Binner hasta Chacho Alvarez (con Flamarique incluido )tiene un olor a podrido insoportable

Comandante Cansado dijo...

Por eso hay que ser progresista negro, Claudio. :).

Daniel Rico dijo...

Hablar de estas cosas en abstracto me parese improductivo.

Por lo menos veo dos lugares desde donde entender si la clasificacion "centro izquierda", ase referencia a algo ono: los discursos y los hechos politicos. Para ser mas concreto aun: la actividad parlamentaria. Sera cuestino de analizar las posturas y contar los votos, y listo.

Muy bueno tu sitio, saludos!