22 de diciembre de 2009

Detrás de las palabras

En esta etapa de reconstrucción de la república después de la triste época neoliberal, se recuperan fábricas, se reciclan viejos talleres, se buscan nuevos emprendimientos; pymes, cooperativas de obreros , ponen el hombro con la convicción de no querer ser una gran feria. El "siganme..." fue un envoltorio de palabras que generaron ilusiones en los argentinos de clase media y una base de arena en la clase trabajadora. Los otros, los que vinieron después y se fueron en el 2001 envueltos en la peor crisis de la historia, caminan como si nada. Hablan sin sonrojarse y lo que es peor, sin sentir culpas. Tampoco se sonrojan los que formaban la patria contratista, los prebendarios de los '90. Hay caras visibles: Gerardo Morales, Biolcatti, Macri..., que duda cabe.

Las palabras nunca son inocentes y menos neutrales. Darle forma al lenguaje, desplegar el universo del habla en el interior de nuestras sociedades supone ejercer, se lo sepa o no, una compleja estrategia de ordenamiento del mundo y de sus habitantes. Progreso, revolución, igualdad, libertad, mercado, utopías sociales, nacionalismos, orden, autoridad, capitalismo, fascismo, estado de bienestar, república; palabras para dirimir proyectos antagónicos y visiones del mundo que reclamaban, cada una para sí, la apropiación del sentido y de la verdad.

En nuestro país los años del menemismo fueron, entre muchas otras cosas que nos degradaron como sociedad, un tiempo dominado tanto por la banalización del lenguaje político, por su ahuecamiento y su trivialización, como por la multiplicación de los eufemismos, de aquellas palabras que servían para desviarnos de la cruda realidad de un hacer arrollador que nos arrojaría en una de las peores crisis de la historia. Ya no había derechas ni izquierdas, tampoco se mencionaba al capitalismo que pasó a ser nombrado bajo el giro eufemístico de orden global”, del mismo modo que desapareció de las agendas gubernamentales la cuestión de lo social para transformarse en problemas insulsos de “gestión”, convirtiendo a los pobres en objetos de la filantropía o en causantes de un exceso de “gasto” social.

No se hablaba de desigualdad ni de concentración de la riqueza y el pasado, ese que nos remitía a la dictadura y a la represión, debía ser sellado de una vez y para siempre por los indultos “pacificadores” otorgados por Menem pero anticipados por las leyes de impunidad.
Dominaba la escena una atmósfera entre triunfalista –esa que nos prometía el oro y el moro de la entrada al paraíso primermundista– y despreocupada –allí donde de lo que se trataba era de disfrutar al máximo de los dones que a manos llenas nos ofrecía el “orden global” sin preocuparnos por el futuro ni por el país que les dejaríamos a las generaciones venideras–.

Las consecuencias en el lenguaje de esas transformaciones neoliberales se expresaron en una profunda despolitización y en la naturalización de las retóricas propias de las gramáticas del management, del marketing y de la encuestadología que, entre otras cosas, definieron las estructuras discursivas que alimentaron el sentido común de la época asociado a la proliferación dominante de los lenguajes desplegados por la corporación mediática que pasó a representar a la “opinión pública” y a esta nueva conciencia de época.

Una democracia asfixiada e inmovilizada, incapaz de ofrecerse como otra cosa que un espectáculo de la degradación de la república, hacía posible que todos aquellos que en otro tiempo argentino habían defendido golpes de Estado y dictaduras varias se volviesen “genuinos demócratas”. El vaciamiento de las tradiciones políticas y su envilecimiento unido a la hegemonía del discurso y la práctica del capitalismo especulativo-financiero, abrieron las puertas para que los antiguos reaccionarios y golpistas se reciclaran silenciando sus viejas convicciones.

A partir de la crisis del 2001 y luego como consecuencia de lo inaugurado en el 2003, la Argentina entró en otro tiempo político y económico en el que esa hegemonía neoliberal comenzó a ser puesta en cuestión. Pero sería recién en los últimos dos años, teniendo como punto disparador el conflicto en torno a la resolución 125, que veríamos reaparecer en la escena nacional palabras y discursos que volvían a remitirnos a una dimensión política en la que los posicionamientos ideológicos reabrían los viejos campos en disputa.

Tal vez por eso no nos sorprenda el retorno de voceros de una derecha que hunde sus raíces en la noche argentina, que agita palabras e ideas que creíamos clausuradas junto con la dictadura. Ahora están allí, las pronuncian, esas frases, en voz alta, como recordándonos que su ausencia fue circunstancial pero que ellas expresan el sentir y las convicciones de un sector de la sociedad que ahora parece haber perdido los pruritos que en años anteriores le impedían reivindicar lo peor de nuestra historia.

Ya no se sonrojan, ya no esconden lo que piensan, ya no disfrazan con retóricas seudo republicanas su visión autoritaria.

Nos vemos.


Aporte de Ricardo Forster

2 comentarios:

Daniel Mancuso dijo...

excelente análisis, digno de estudio para que los pibes puedan entender lo que pasó, lo que pasa, y poder pensarnos a futuro.
gracias y abrazos.

notifuego dijo...

Excelente reflexión...
Quizás con los años podamos mermar la casta de dirigentes políticos empresarios..!!
Felices Fiestas !!!!
Y good show vermouth con papas fritas!!!!
Sinceramente
Roberto Moreno