26 de octubre de 2009

Agro, PBI y estructura económica

Si se mide desde la lógica de la matriz-insumo producto o, más simple, desde los agregados del Producto Interno Bruto por sectores, se encuentra que el llamado campo ocupa un espacio minoritario en el conjunto de la economía, en el total del valor agregado por la producción local. Las mediciones cambian poco si se da un paso hacia arriba y se agregan las ramas industriales de base agraria; como la industria de la alimentación. Los resultados, además, son particularmente pobres cuando la medición se realiza desde la perspectiva del empleo generado.

A cada uno de estos ítem algunos investigadores suelen ponerle cifras en forma periódica. En un reciente Documento de Trabajo con el que se presentó Cifra, el Centro de Investigación y Formación ligado a la CTA, y que trata sobre las Transformaciones estructurales en el agro pampeano y La consolidación del bloque agrario en la Argentina, se detalla que el sector agroindustrial sólo representó, entre 2002 y 2008, un promedio del 15,3 por ciento del PIB. También que el conjunto del complejo ocupaba en 2008 a 650 mil trabajadores contra 850 mil de las restantes ramas industriales, respecto de las cuales, además, creció más despacio en la posconvertibilidad: 5,1 por ciento anual promedio contra 8,5 por ciento.

Suele decirse que este déficit para ocupar el lugar de motor de la economía, que muchos de los miembros conspicuos de las corporaciones agrarias suelen conferirle, responde a que las agroindustrias son incapaces de generar la cantidad de empleo necesaria para una economía de la población y dimensiones de Argentina. Es posible, sin embargo, que este análisis sea el resultado de una visión “pampacéntrica”: pensar al sector agropecuario y a la industria vinculada solo desde la óptica de los cultivos tradicionales de cereales y oleaginosas. Estos cultivos son commodities de elaboración simple cuya producción eficiente se logra hoy con escala y mecanización, lo que es lo mismo que decir con poco empleo relativo en relación a otras actividades. Más allá de que se fuercen los números con la suma del efecto multiplicador sobre los servicios vinculados y la industria proveedora, el magro resultado en términos de empleo es un dato fáctico.

Pero no todas las actividades agroindustriales presentan actualmente esta limitación. Como lo muestran, por ejemplo, países vecinos que optaron de manera explícita por patrones de especialización agroindustriales o como puede verse en muchas de las llamadas economías regionales, existen numerosas actividades de base agraria que no presentan la limitación estructural de los cultivos tradicionales para el desarrollo “socialmente sustentable”: un crecimiento económico que no deje afuera de los beneficios a la mayor parte de la población. Ejemplos alternativos son, entre otros, la fruticultura y la horticultura, actividades en las que no sólo se demanda una muy superior cantidad de mano de obra por hectárea, sino que en el contexto de mercados globalizados requieren una intensa actividad de poscosecha, desde el empaque y la conservación a la logística de comercialización, pasando por el desarrollo técnico en cada una de las etapas. Dicho de otra manera, existen dentro del sector agroindustrial actividades intensivas en términos de valor agregado y, por lo tanto, de crecimiento económico. En este marco, podría considerarse al antagonismo campo-industria como una rémora propia de ciclos de desarrollo superados. En concreto, un antagonismo propio de la etapa de la Industrialización Sustitutiva de Importaciones.

No es entonces que la agroindustria no pueda ser el sostén del desarrollo para una determinada economía, sino que un proceso de desarrollo no puede sustentarse sobre los cultivos tradicionales y su industria vinculada. No obstante, siguiendo una línea histórica de la economía local y mirando la composición del balance comercial, estos cultivos tradicionales seguirán teniendo en la actual estructura económica un rol preponderante en materia de generación de divisas (y riqueza), lo que es lo mismo que decir que el humor de la economía argentina seguirá siendo “lluvia-dependiente”.

Nos vemos


Fuente: CASH

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