2 de septiembre de 2009

El valor de la palabra

En nuestro país casi nos estamos acostumbrando a que los procesos sociales y políticos queden en un segundo plano detrás de los protagonistas, muchos acompañados de tics compulsivos, declaraciones no exentas de cimbronazos cuando se trata de puntos de vistas encontrados, y cada vez con más frecuencia, falsamente agudizados por los medios masivos.

En ese terreno se pierden las voces del pueblo, la de los más débiles, la de los excluidos, frente a la maquinaria del discurso único deslucido hasta el aburrimiento, del reportaje repetido en forma y contenido, o las reflexiones que a poco son opiniones descarnadas contra el adversario de turno. Pero si eso no resulta, vale el comentario irónico y descalificador en un almuerzo televisado, en un programa de chismes del espectáculo o en una mesa de temas deportivos.

Cómo separar la paja del trigo, es difícil encontrar algo clarificador en la verborragia sin sentido, alguna línea rescatable en un mar de tinta periodística, una imagen que no agreda el sentido de la realidad que nos toca vivir.

Qué hacer para recapturar valores diluidos por años de neoliberalismo, escamoteados por la “prensa grande” como el sentido de la solidaridad o algo intangible como la lealtad, valores insustituibles en cualquier proyecto que se precie de nacional y popular.

Desde hace muchos años el resquebrajamiento de la familia, estratificación de la comunidad organizada, la crisis de identidad nacional abrió una puerta a los actos individualistas, donde la personalidad ha sido ocupada por el “vedetismo” y las ideas políticas cercenadas por palabras sueltas, enunciados pobres y aseveraciones que rozan el mamarracho panfletario.

Basta una mirada a la realidad. Para muchos, la senadora Roxana Latorre es una traidora, mientras que Julio Cobos es un demócrata. Del esfuerzo, las luchas y los reclamos de los viejos gringos chacareros forjadores de la Federación Agraria Argentina y el “Grito de Alcorta” a principios del siglo pasado, asistimos hoy, a un enredo de posturas e intereses antagónicos en el seno de la federación y de la “mesa de enlace” con su matriz conservadora y explotadora.

Sin embargo, muchos de los productores agrarios no están de acuerdo con esas gremiales rurales y otra cosa es la mayoría de los productores rurales que son de carácter familiar, cooperativas, pueblos originarios, que tienen otras formas organizativas y otro sentido comunitario.

En cambio, los dirigentes de las organizaciones patronales exhiben una actitud de confrontación permanente contra el Gobierno, desbordan el cauce del reclamo sectorial y se tornan destituyentes; así acarrean los sinsabores del desatino político y expresiones que rayan en la paranoia.

La prueba está en De Angeli, quien tomó para sí el papel de ariete contra el Gobierno, hablando sin ton ni son. Como decía el cura de mi barrio: estos ricos son unos pobres tipos, lo único que tienen es dinero…

Y lo que al principio parecía un justo reclamo sectorial, a poco, quedó a la vista de todos los argentinos; las gremiales rurales buscan desgastar al gobierno sin importarles demasiado las formas y los tiempos de las autoridades y representantes constitucionales que el pueblo eligió.
Hacer alusión a la pobreza es de parte de ellos un acto de hipocresía.

Para recuperar el valor de la palabra como “valor en la sociedad” necesitamos revisar el pasado y repensar el presente.

Como se debe interpretar al senador Reutemann quien emplea un vocabulario que es la cabal expresión de su forma de pensar conservadora, patronal y burda.

No es simple entender la complejidad de la sociedad; hasta la vicejefa de la ciudad, refiriéndose a los efectos de la crisis económica mundial, afirma públicamente que México está afectado al ser traccionado por los EE.UU. y el ALCA (confundiéndolo con el NAFTA), pero completó el papelón al decir sobre nuestro país: la Argentina no existe, nada… no existe.

Frente a semejante contexto, con tal contrabando de ideas, mal uso del idioma y ausencia de contenido, cobra especial significado el tratamiento de la Ley de Medios Audiovisuales, como un instrumento fundamental para la democratización de la información, la diversidad de las opiniones y la construcción de un colectivo nacional y popular, donde solidaridad y lealtad sean valores incorporados en los medios, así como en nuestra práctica diaria.

Un colectivo abarcador, capaz de contener a los sindicatos como a los trabajadores excluidos, a los estudiantes y a los jubilados, a la ciudad y el campo para definitivamente poder abordar los temas que nos preocupan y tienen palabras definidas: distribución justa de la riqueza, educación y salud gratuitas, generación y sostenimiento de los puestos de trabajo, en resumen: la política al servicio de los hombres y mujeres de la patria.

Nos vemos.

Fuente: Juan Carlos Schmid - Secretario de Capacitación y Formación Profesional de la CGT

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