25 de octubre de 2008

LA HORA DE KIRCHNER Y LA HORA DE COBOS

Este texto es de D.A. PALMA

Hubo un hecho este fin de semana que por su nivel de irracionalidad me llamó la atención: la mitad del país decidió no cambiar el horario y mantenerse en la hora “antigua”. De esta manera el país quedó dividido en 2 husos horarios. Existen buenas razones, especialmente de las provincias más cercanas a la cordillera para oponerse al cambio de horario sugerido por el gobierno. Sin embargo, en la mayoría de los casos, aunque no justificable públicamente, la decisión de mantener el horario tuvo que ver con un intento de diferenciarse políticamente de la Casa Rosada antes que buscar evitar las dificultades que acarrearía que en algunas regiones oscureciese a las 23:00hs.

Desde mi punto de vista, la medida de las provincias “rebeldes” resulta sintomática de una forma de hacer política que si bien no es nueva parece tener indicios de una profundización en los últimos años. Ser opositor en la Argentina significa oponerse sistemáticamente a toda acción de gobierno. En esta línea, salvo Binner, todo el arco político desde la extrema izquierda a la extrema  derecha le dice que “no” a cualquier iniciativa que surja del Ejecutivo. Si le paga al club de París, le achacan que lo hace con reservas; si abre el canje con los holdouts le dicen que no es momento; si reestatiza Aerolíneas afirman que es cómplice de Marsans; si está relativamente mejor parado para enfrentar la monumental crisis financiera mundial, adjudican esta condición al “error” de estar “fuera del mundo”; si baja la inflación dicen que no es mérito del gobierno y que esto obedece a la variación de la demanda y los precios internacionales (algo que no decían cuando la inflación subía), etc., etc.

Mientras tanto, cuando los incisivos reporteros consultan a referentes opositores respecto a qué tipo de actitud tendrán frente al gobierno nacional, la respuesta es menos insólita que subestimadora: “acompañaremos al gobierno en las acciones correctas y criticaremos las incorrectas”. Resulta interesante observar cómo el simple hecho de ser no oficialista tramita nuestro acercamiento a la verdad sin escalas y nos permite discriminar lo correcto de lo incorrecto con meridiana precisión. Pero dado que el arco político no surge por generación espontánea como parecen suponer los que esputan el “que se vayan todos”, debemos notar que también el ciudadano común tiene una suerte de intrínseca desconfianza hacia todo lo oficialista sea del signo que fuere. En este sentido, me atrevo a decir que el argentino medio tiene una propensión de mediano plazo hacia el anti oficialismo. Esta característica que puede justificarse por el desgaste propio del ejercicio del poder es acelerado por la ubicua presencia de canales de información y por la propia lógica de los Medios cuyo mecanismo de éxito asegurado no es el compromiso con algún contenido bueno o malo sino simplemente con la idea de que ese contenido pase rápido. Se conjuga paradójicamente repetición incesante de la notica y velocidad. Si bien los Medios no son neutrales, a la larga, por suerte, les toca a todos. Los De Angeli son incinerados en poco tiempo y los Cobos tienen fecha de vencimiento máxime si son timoratos en sus decisiones.        

Al impulso del ciudadano común a oponerse a todo lo que sea oficial, debemos agregar unas condiciones estructurales de la historia argentina que apuntan a pensar la política en términos de opuestos. A su vez, si a esta forma binaria de pensar le sumamos que buena parte de los que toman posición lo hacen de manera pseudo fanática, (aunque es verdad que en estos tiempos ya no podemos hablar de “mi casa radical”, “mi casa peronista”), las divisiones, algo distorsionadas y complejizadas, siguen siendo variables explicativas a tener en cuenta. Lo vimos en la reacción de buena parte de la ciudadanía contra los Kirchner en el conflicto con el campo donde rápidamente quedó en claro que la discusión en torno a la 125 era una simple excusa para expresar viejos y nuevos rencores políticos, ideológicos y de clase. Y lo vemos también, por ejemplo, en las protestas de los docentes contra Macri en la Ciudad. Los docentes de la ciudad están mal pagos; el gobierno de Macri se ha mostrado torpe, lacónico e ineficaz; sus acciones son más representaciones grotescas para una clase media enamorada que otra cosa, pero da la sensación de que los progresistas opositores a Macri evaluarán toda acción como equivocada, fascista, de derecha, etc. En esta línea es que uno puede enmarcar el desatino del cántico “Macri basura, vos sos la dictadura”. Macri, nos guste o no, no es la dictadura y esa homologación, antes que demonizar al jefe de Gobierno, trivializa el proceso que comenzara en 1976. 

Asimismo, de la vereda de Macri, la mayoría de sus votantes reproducen la pústula de sentido común que emana de Rodríguez Larreta y sus asesores y que responsabiliza al Gobierno nacional, a los “docentes que hacen política” y a los sindicalistas oficialistas, de todos los supinos problemas de coordinación que arrastra un gobierno sin cuadros ni sujetos capaces de hacer frente  conceptual y empíricamente  a los desafíos de la administración pública.

Ante este panorama de divisiones, profundización del vértigo informativo y tomas de partido intransigentes y fanáticas a priori, queda poco espacio para el indeciso y para el poder en las sombras. Lo sabe Kirchner quien parece entender que el 2011 se gana en el 2009 y lo sabe Cobos a pesar de haber cometido el gran error político de no haber renunciado al Ejecutivo tras el voto “no positivo”. Parece ser la hora de ellos mientras Carrió y Macri especulan y hacen lo que pueden al precio de, quizás, perder el futuro en el presente. No resultará casual, entonces que Kirchner y Cobos cierren filas en sus partidos de origen y se vean las caras, aunque sea indirectamente, el año que viene. Parece que 2009 será “la hora” de ellos.


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