20 de enero de 2008

FAMILISMO Y CORRUPCION

A propósito de las designaciones que hicieron los intendentes de Villa Ocampo y Reconquista, designando a familiares directos y de amigos en los cargos de los gabinetes de gobierno, Mariano Grondona ha publicado un artículo más que interesante sobre el tema y que me permito ponerlo a consideracion de los visitantes al blogs.
Cuando el Presidente ó Gobernadores ó Intendentes estén por designar a alguna persona en un cargo público, se requiera que no tengan con ella lazo alguno o hasta que no la conozcan. Esta exigencia contradice el sentido común. Para que un gobernante designe con acierto un colaborador, se necesita precisamente lo contrario: que lo conozca quizá desde hace años.

Es tal la prejuicio que se ha creado contra los nombramientos de familiares y allegados que se corre el riesgo de traspasar la barrera del ridículo: no nombrar a alguien al que se considera idóneo precisamente porque se lo conoce íntimamente, no ya para promover la buena gestión de los asuntos públicos sino para evitar los dardos envenenados de qué dirán.

Para llegar a los cargos públicos, la Constitución no exige otra condición que la idoneidad. ¿Pero cómo podría determinarla el gobernante bienintencionado si no conoce previamente al candidato? ¿O querríamos llegar adonde llegó Atenas, a la provisión de los cargos públicos por sorteo, para que no quede ni la sombra de una sospecha? Pero Atenas contenía sólo unos 38.000 ciudadanos empapados de la cosa pública porque acudían al ágora (foros) donde todos discutían, incluido Sócrates, y a la asamblea popular donde todos podían debatir las leyes, mientras una legión de mujeres y de esclavos se ocupaba de sus asuntos privados. Los argentinos somos 36 millones. ¿De qué manera se podría seleccionar de entre esa enorme masa algunos cientos o algunos miles de funcionarios idóneos sin cierta familiaridad con un núcleo relativamente reducido de postulantes porque se los trató en el partido, en el trabajo, entre los amigos o en el círculo familiar?

Si hemos llegado a un prejuicio extrema contra los nombramientos, este estado de ánimo se explica porque venimos del exceso contrario: la distribución de los cargos como si no fueran posiciones de responsabilidad sino favores personales, para beneficiar al nombrado y no al país. De este exceso proviene el clima de sospecha que hoy nos embarga. Porque si es absurdo no nombrar a alguien precisamente porque se lo conoce bien, también es absurdo y además inmoral nombrar a alguien para retribuirlo de algún modo, por amiguismo o "familismo", para enrolarlo en la legión de los ñoquis que ha escandalizado a los argentinos.

La hipersensibilidad actual en materia de nombramientos exagera, por ello, una intención en el fondo sana: asegurarse de que el aparato del Estado no vuelva a convertirse en el botín de guerra de los vencedores.

Introducción al "familismo"

Quien nombra a alguien porque, aun cuando sea amigo o pariente, lo cree idóneo para su función, está pensando en el bien del país. Quien nombra a alguien para beneficiarlo porque es amigo o pariente, está respondiendo a una larga tradición particularmente fuerte en los países latinos: el familismo.

Dos culturas chocan aquí. La cultura cívica, o civismo, pone a los intereses de la nación por encima de los intereses individuales o familiares. La cultura "familista" hace precisamente lo contrario. A Brutus, uno de los fundadores de la República Romana, no le tembló la mano cuando debió condenar a muerte a su propio hijo porque había violado la ley. En casos como éste, el civismo alcanza una pureza rayana con la crueldad. Cuando emprendió su guerra particular contra el Estado norteamericano, Don Corleone pensaba en su familia. La mafia es la máxima expresión del familismo.

El profesor de Harvard Edward C. Banfield publicó en 1958 un libro que haría historia: "Las bases morales de una sociedad atrasada" (The Moral Basis of a Backward Society, Chicago: The Free Press). El libro respondía a esta pregunta: ¿por qué el subdesarrollo perduró en el sur y no en el norte de Italia?

Banfield encontró la respuesta a su pregunta en las condiciones culturales "familistas" que predominaban en el sur de Italia, la cuna ancestral de la mafia. Allí donde la familia se antepone al bien común de la sociedad, es imposible que predomine la ley. Se desconfía de todo aquello que exceda el estrecho círculo familiar. No se pagan los impuestos ni se respeta al Estado. No se honran los contratos.

En una situación de este tipo no existe, en rigor, la sociedad política. Lo que existe es una guerra latente o abierta entre familias. Sólo a la familia se le debe lealtad. Predomina la venganza privada. Pero también predomina la inseguridad, en cuyo seno es impensable que venga alguien de afuera a instalar una empresa o una fábrica. La historia de las sociedades familistas es, al contrario del desarrollo, una cadena interminable de ajustes de cuentas.

En otro libro, "Confianza", Francis Fukuyama sostiene que el capitalismo sólo ha sido viable donde el imperio de normas racionales de comportamiento permite confiar en el otro más allá del apretado círculo familiar, de modo tal que, en tanto la cabeza de una gran corporación está en Nueva York, sus ramificaciones se extiendan sobre la faz de la Tierra. Pero son las grandes corporaciones transnacionales, precisamente, las que generan y canalizan el desarrollo económico (Confianza, Editorial Atlántida, 1996; original en inglés Trust, The Free Preess, 1995).

Los países anglosajones, cuyo énfasis en las lealtades familiares es menor, pudieron abrirse más fácilmente a la figura del ejecutivo altamente profesionalizado que es fiel a las normas del comportamiento correcto dondequiera se encuentre. Los países latinos son aquellos donde la fuerte tradición familista bloquea de continuo las grandes empresas que han marcado la historia del mundo que habitamos.

Familia y familismo

Y es así como el familismo ha marcado entre nosotros tantos vicios como el nombramiento de los ñoquis, la evasión de los impuestos, la formación de empresas familiares donde no prospera el más apto sino el pariente o la permisividad de los padres para con sus hijos que obstaculiza la disciplina escolar. En todos estos casos, se evade o se protege más de la cuenta, hasta se coimea, en nombre de la familia. Desde el ángulo de mira de una cultura cívica, éstos son casos de corrupción. Desde la perspectiva del familismo, marcan en cambio la lógica preferencia por los que están más cerca y no por la lejanía de la nación. Esto no quiere decir que el apego a la familia no sea una bendición en el despersonalizado mundo actual. El hogar, la casa solariega, la familia amplia donde aún cuentan el abuelo y el primo, hasta esos otros ñoquis del 29, resguardan al argentino de la inclemencia de la soledad que azota sin piedad a los hijos de la cultura anglosajona. Nuestro gran desafío es resguardar celosamente el valor de la familia sin caer por eso en familismo.

Aun en medio de la exagerada sospecha que rodea hoy a los nombramientos del Gobierno para ver si en ellos el poder de los lazos amistosos o familiares prevalece sobre el bien común, una sospecha que a veces se presta a innobles campañas de desprestigio, parecería que los argentinos estamos reaccionado contra un mal que nos ha detenido en el tiempo. Ojalá nunca nos llegue el terrible momento de imitar a Brutus. Nuestra tarea, por ahora, es decirle adiós a Don Corleone.



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