5 de enero de 2008

EL FORTALECIMIENTO DE LA ACCION POLITICA

A propósito de los conflictos generados por la derogación de las designaciones hechas por los predecesores de los intendentes de Malabrigo, Villa Ocampo y Reconquista entre otros, escuche decir al Secretario General de SITRAM (Sindicatos de Trabajadores Municipales de Reconquista) que para modificar las cosas, todos deberían participar y hacer política. Esta afirmación me mueve a reflexionar que en tiempos en que el mundo pretende desentenderse de más de un siglo de avance social, si queremos cumplir con principios éticos esenciales, tenemos que optar por una militancia firme para avanzar en la búsqueda de la igualdad. Raúl Alfonsín ha entregado ha ya tiempo una reflexión al respecto que me parece interesante volcarlo al análisis de una realidad que parece zozobrar ante la falta de interés de las nuevas generaciones por la participación activa en la vida de las instituciones democráticas.

La prestigiosa pensadora alemana Hannah Arendt habla de la parábola atribuida a Pitágoras en la que se alude a una voluntad activa y deliberada de no participación en las vicisitudes cotidianas, bajo la forma de la arrogancia: "...la vida es como un festival;...algunos acuden para competir, otros para comerciar, y, los mejores, para contemplar... las personas serviles van a la caza de la gloria o de las ganancias y los filósofos de la verdad”. También afirma que la conciencia se reconoce cuando se descubre la lucha interior ante la necesidad de tomar una decisión, cuando “una parte… se resiste firmemente con la otra”

¿Por qué me refiero a la conciencia? Porque creo que corremos el riesgo de solazarnos con disfrutar de la libertad adquirida y transformarnos en cínicos que contemplan la penosa realidad que sufren millones de argentinos con una actitud entre resignada y complaciente.

Los que hemos vivido tiempos de dictadura y no sufrimos hambre ni marginación, sabemos que hay que cuidar la libertad adquirida. Pero a la vez sabemos que no hay que aceptar extorsiones cuando cuestionamos las injusticias e inequidades del sistema. No estamos arriesgando la democracia. No se puede exigir preocupación ciudadana y voluntad de participación a quien se siente – y esta – excluido de la posibilidad de salir de la marginación.

El derecho a la libre expresión de las ideas —dejando de lado todos los problemas de la sociedad mediática— es un derecho abstracto mientras no esté garantizado también el de a una educación que permita tener, desarrollar y compara ideas.

También será abstracto el derecho a la libre asociación mientras un hombre o una mujer tenga necesidad, para asegurarse mínimas condiciones de subsistencia, de trabajar diez o doce horas diarias, jornada que no le deja tiempo ni energías para ejercer ese derecho, o peor aún, si esta marginado y excluido.

En definitiva, la democracia sólo puede construirse con hombres democráticos. Muy a menudo se olvida esta verdad de Perogrullo. También sabemos que es absurdo pretender formar ciudadanos democráticos cuando están sumidos en la desesperación. Una monarquía absoluta se puede construir con un pueblo antimonárquico. Un fascismo, con un pueblo antifascista. Pero una democracia, no.

Y aquí deseo expresar una convicción categórica: para que alguien pueda llamarse a sí mismo demócrata, no basta con que ame la libertad. Tiene que conocer el sentido de la solidaridad y del compromiso. Y esto implica el deber de ayudar a los miembros menos favorecidos de la sociedad, a aumentar la libertad de quienes son menos libres.

Pero no vamos a calmar nuestra conciencia limitándonos a condenar los desajustes morales que conducen a la injusticia social. Hagámoslo. Denunciemos el egoísmo, la codicia, la falta de amor. Pero solo con es no cumpliremos con nuestro deber.


Los que no tenemos hambre y entonces gozamos de la libertad no tenemos opción si queremos cumplir con nuestros principios y actuar de acuerdo con nuestras convicciones: debemos optar por una militancia firme y franca para avanzar en la búsqueda de la igualdad.

Tenemos la necesidad de revalorizar y estimular la política para fortalecer una democracia republicana con justicia social, sobre la base de tres líneas argumentales: la primera concierne al equilibrio institucional de la democracia; la segunda concierne al convencimiento de que la estructura portadora de nuestra democracia es una buena relación entre gobierno y oposición y la tercera, en consecuencias, concierne a la reunificación cultural e intelectual de la política.

Hoy estamos muy lejos. La política no es sólo conflicto sino también construcción. El consenso sobre algunos aspectos esenciales es, indiscutiblemente, la base de la democracia, que no podría existir sin un pacto democrático al menos implícito, distribuidor de derechos, deberes y roles, aceptando y legitimado por el conjunto de la sociedad.

El papel de la oposición lleva implícito tanto el consenso como el disenso. El propio disentimiento se expresa en el marco de otros consentimientos. De lo contrario, no se trataría de discusión política, sino de combate. De esta forma, la mayoría ha de tener presente cuáles son los límites del consenso básico aceptado por la minoría, de modo de evitar un peligroso proceso desintegrador, hasta llegar a sus propios límites establecidos por la coherencia que debe guardar el proyecto político. Así, se afianza la unidad mínima imprescindible para resguardar el consenso democrático y al mismo tiempo se avanza en el equilibrio de un compromiso que pretende armonizar el conjunto del accionar social.

Pero no se trata de una armonía estática, lograda, suave y dulce propia de los centros ambiguos, de los fines difusos, de las convicciones blandas o de las resignaciones fáciles. Se trata de una lucha. Una búsqueda si se quiere ansiosa y angustiada de la armonía, que en tiempos en que el capitalismo salvaje parecería darles la razón a las profecías de Marx, luego de la desaparición del totalitarismo socialista, debe estar impregnado, por arriba o por abajo, por la mayoría o por la minoría, del sentido de una constante afirmación de la igualdad.

El juego de la democracia se perturba si uno de los actores importantes utiliza procedimientos ilegales o atenta contra las bases mismas de la organización social, ya sea desde la izquierda o desde la derecha. Lo mismo ocurre con las llamadas oposiciones desleales, cuando éstas tienen como objetivo primordial el fracaso del gobierno con el fin de reemplazarlo.


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