5 de noviembre de 2007

EL REGRESO DE LAS LUCHAS DE CLASES

La reciente elección presidencial podría asemejarse a una película argentina de fines de los años cuarenta, en blanco y negro, de la que emergen, como viejos fantasmas, antinomias que se creían sepultadas en los escombros de la historia. Los protagonistas murieron hace tiempo, pero en esta remake los nuevos intérpretes, aunque se vistan con otros ropajes, se nutren de una retórica que, aunque menos virulenta que la de antaño, sorprende por su contenido clasista.

A pesar de la desconfianza hacia la política, el Estado volvió a cobrar protagonismo en los últimos cuatro años. El kirchnerismo reivindica un Estado de corte populista, en el mejor y en el peor sentido de la palabra. Lo que hace el kirchnerismo es apuntalar una política de corte estatal a la clásica usanza, que descoloca totalmente aquellas variables de izquierda, nacidas al calor básicamente de las cacerolas, de las asambleas. En este sentido, el kirchnerismo es la recuperación del Estado político de intenciones populares. Desde esta perspectiva, esas variables que planteaban la no constitución de un poder fuerte, centralizador, redistribuidor y regulador, están en estado crítico en la Argentina. La propia historia de lo que sucedió con las asambleas o los sectores medios, representados hoy por Lilita Carrió, muestran que esa idea de “tomar el poder sin tomar el poder” no tiene salida.

Para analizar el ausentismo en las últimas elecciones hay que hilar fino. Más allá de esta supuesta distracción o apatía, fue una de las elecciones más significativas y más agresivas de la historia argentina, que de alguna manera abre la perspectiva de un duro enfrentamiento social, cuando Carrió plantea que dentro de cuatro años gobernará con las clases medias y las clases altas. Estamos ante un regreso de lo político, de una manera muy dura, y vamos a tener que trabajar con mucha inteligencia y sabiduría para poder sobrellevarlo en términos claramente democráticos y participativos.

En su primera entrevista como presidenta electa, Cristina Kirchner afirmó que su prioridad sería el desempleo y la pobreza. ¿Estaría, al menos desde lo discursivo, planteando la recuperación del tiempo de lo social? Esto es muy significativo, porque el que entrevistó a Cristina (Joaquín Morales Solá) es representante de toda una mirada que no está planteándose que el problema de la violencia, de la delincuencia y de la inseguridad debe ser resuelto a partir de una recomposición social de los sectores postergados, sino que claramente lo que quiere ese inmenso mundo antikirchnerista es la represión y la policía en acción. Estamos en la antesala de una tensión política muy fuerte, como no ha habido en los últimos treinta años. Es cierto que el peronismo se desagrega en tres o cuatro sectores, lo mismo sucede con el radicalismo, pero la política qué es lo que te interesa y de qué manera queremos resolver las problemáticas. Estamos en un sinceramiento profundo de la Argentina, por detrás de esas variables que hablan de consenso y de diálogo, que son de una infinita hipocresía.

Del discurso de la referente de la Coalición Cívica vemos que cuando una candidata se siente progresista diciendo que se ha humillado al ganadero, que se ha humillado a las Fuerzas Armadas, que se ha humillado a la Iglesia, debemos preguntarle a monseñor Bergoglio, tan amigo de Lilita Carrió, qué piensa de ese futuro donde las clases medias y altas van a gobernar la Argentina con el triunfo de la Coalición Cívica, dónde ubicaría a los pobres la Iglesia. Hay una inmensa hipocresía represiva que está actuando disfrazada de progresismo.

Como nunca antes en estas elecciones se volvió a notar el peronismo y el antiperonismo con un odio tan disfrazado. El peronismo carga históricamente con todas sus imperfecciones, pero hoy el antiperonismo trabaja de manera impune. Si con una soltura de cuerpo absoluta, alguien dice cosas como las que expresa Lilita Carrió, significa que la cultura de derecha ha avanzando hasta hacerse sentido común, por lo menos en amplios sectores de la Capital. El regreso de lo político quizás está motivado por la forma –bien o mal, con o sin astucia, correcta o incorrecta– en que el kirchnerismo aparece confrontando contra determinados intereses y perspectivas. El kirchnerismo tiene que repensar las formas de actuación en la democracia, el debate y la batalla cultural que tiene que dar para poder sustentar su propio proyecto de una manera más amplia, audible y más legitimada.

Un déficit del kirchnerismo es su relación con una política intelectual para el campo de la cultura, una política de creación en el mundo de las ideas, paralela a lo que pretenden cambiar en el mundo de lo social, del trabajo, de lo económico. El peronismo viene con veinte años de duelo y de descomposición, y es evidente que perdió intensidad intelectual, capacidad de pensamiento, prepotencia de discusión en el campo de la reflexión.

Más allá de que se cante la marchita o se ponga la foto de Perón y Evita, el peronismo sobrevive como un signo, como un destino de la Argentina. Pero también es evidente que lo que sería la retórica, el folklore peronista, va entrando en un ocaso muy grande. Más allá de sus errores, sus aciertos, sus capacidades y fracasos rotundos, el peronismo instituyó un piso de dignidad en la historia argentina. Lilita Carrió dice casi sin esfuerzo intelectual que el voto de los sectores de clase media y alta es un voto libre, en cambio los que votan al peronismo son votos cautivos, cancelados. Es exactamente al revés, son formas defensivas de una sociedad llevada al margen, despiadadamente azotada, olvidada, sin ningún grado de fraternidad, y con políticas dominantes que siguen insistiendo en que esto es así por naturaleza de Dios. ¡Loado sea el clientelismo que sigue de alguna manera posibilitando que haya una identidad política del sujeto empobrecido!

Por eso, hoy como nunca en la Argentina se enfrentan concepciones de clase, porque si nos remontamos a 1973, había un inmenso sector de clase media que pensaba en términos nacionales y populares. Con el menemismo todo se desorientó. Ahora reaparecen lecturas que me asombran por el grado de gorilismo tipo 1955 que percibo. Debemos remitirnos a tiempos de la Revolución Libertadora para encontrar razonamientos, reflexiones, interpretaciones y comentarios como los que hace hoy el antiperonismo sobre la votación, y sobre Cristina.

Hasta no hace mucho Carrió se reivindicaba como una “radical evitista” con simpatía hacia el peronismo. Ahora no. Ocurre que con el 22 por ciento de los votos, Carrió ha descubierto su espacio: la herencia de un radicalismo liberal de derecha antiperonista. Este es un sector que siempre ha tenido mucha fuerza y que ha compuesto el 70 por ciento del radicalismo histórico; es decir, un radicalismo de derecha que se reviste de una suerte de virtud republicana, supuestamente progresista, pero que es una derecha clasista atroz y claramente antipopular.


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