27 de diciembre de 2016

Factor Peña


Leemos a Ignacio Fidanza

La salida de Alfonso Prat Gay del Gobierno tiene dos planos. Uno menor, que es su estilo arrogante que molestaba al núcleo de poder de la Casa Rosada, básicamente Mauricio Macri, Mario Quintana y Marcos Peña, como dejó en claro el jefe de Gabinete al hacer el anuncio, que se vivió en la Casa Rosada casi como un festejo.

Pero detrás de esa rivalidad menor de colegio inglés, se esconde un problema mayúsculo: La Argentina terminará el primer año de gestión Cambiemos con el déficit más alto de las últimas décadas. Según calculó el flamante ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, este año trepará al 5,3% del PBI si se le descuenta el ingreso extraordinario del blanqueo.

Prat Gay y varios integrantes importantes de la coalición oficial sostenían en privado que el origen del problema radicaba en el diseño del Gabinete que hizo Marcos Peña, que buscó atomizar el poder -con especial hincapié en Economía-, para evitar que surgiera la figura del superministro, tan habitual en una economía en crisis permanente como la argentina.

Esto pudo ser funcional para la interna del Palacio, pero demostró que era muy disfuncional cuando llegaba la hora de tomar medidas difíciles, es decir ajustar. Nadie se sentía responsable y el organigrama los respaldaba. Modernización, Producción, Transporte, Energía, Agroindustria, fueron escindidos de la habitual estructura del Palacio de Hacienda, que quedó reducida a dos secretarías, Hacienda y Finanzas.

Hoy se terminó de consumar esa lógica fractal. Ya no queda nada más para dividir.

La pregunta obvia es: ¿Si Prat Gay no tenía la espalda para forzar a los otros ministros del área económica a reducir el gasto, lo logrará Dujovne?

Hoy se terminó de consumar la lógica fractal de la atomización del poder que impuso Marcos Peña: Ya no queda nada para dividir en la estructura del Ministerio de Economía.
Los más inteligentes del Gobierno, hacen una lectura un poco más sofisticada: “Hoy quedó claro que el ministro es Quintana”. Es verdad que Luis Caputo, flamante ministro de Finanzas, hace rato que había establecido un canal directo con el vicejefe de Gabinete para tratar un tema que apasiona a ambos: la colocación de deuda. Como también es cierto que Macri había tenido más de un cortocircuito con Prat Gay por el control de la Tesorería.

Pero el problema es que Quintana sigue sin ser el ministro. Si lo que Macri buscaba era concentrar las decisiones en su vicejefe de Gabinete, una vía más clara era reunificar carteras bajo su mando y nombrarlo ministro.

Eso hubiera enviado a los mercados una señal de austeridad y de jefatura clara. Y hacia adentro le ponía un responsable claro, al problema que el Gobierno rehúye como la peste: La necesidad de hacer un ajuste mayúsculo en los próximos tres años.

Lo que ocurrió este lunes, más allá de la inteligencia y capacidad de Dujovne, parece enviar la señal contraria: El Gobierno ha decidido que el 2017 no será el año en que empezará a resolverse en serio el problema del déficit.

Esa intención expone la viga maestra de la experiencia macrista en el poder, que explica buena parte de lo que vivimos este año: Macri y Marcos Peña quieren ser los protagonistas felices de un Gobierno sin costos. Por eso, nadie le pone la cara al ajuste y se busca un esquema que diluya responsabilidades, como si fuera posible camuflar una reducción del gasto de varios puntos del PBI.

Primero se apostó a una recuperación mágica que disparara el crecimiento del país y en ese subidón se redujera la magnitud del ajuste, mientras se pedaleaba con deuda. Esto no ocurrió y ahora los especialistas están reduciendo incluso la proyección del rebote para el 2017. Ya nadie sensato espera un boom.

Lo que queda entonces acaso sea esperar el mismo mix de micro ajustes, pequeñas devaluaciones y endeudamiento, acompañado de negociaciones políticas para garantizar gobernabilidad, que disparan el gasto y neutralizan los moderados esfuerzos realizados. Si esto es así, no sería extraño que estemos presenciando uno de los últimos cambios, antes que llegue el cambio.


10 de diciembre de 2016

No es fácil gobernar

Estamos en un escenario post martes 6 12 donde los improperios parecen estar en el tapete; los improperios son propios de los incapaces y fracasados. “Al Gobierno le está faltando conducción política. Una jefatura táctica que establezca prioridades y organice los distintos frentes de batalla y negociación, que presione y afloje, y baje el martillo cuando haya que hacerlo.” Lo dijo Monzó y casi que lo exoneran, y lo siguen llamando “traidor”

Duele el protagonismo de Massa (el impostor), “quien se erigió este martes como un eje que articuló debates de cuestiones tan propias de un Gobierno como puede ser definir a que sectores se le aumentarán impuestos y que nivel de carga fiscal soportarán los salarios. Negoció con los distintos bloques de diputados, con el líder de la bancada mayoritaria del Senado y con los gobernadores. Eso, es una descripción bastante lineal de lo que se conoce como gobernar. Lo notable es que en esa ecuación estuvo ausente una figura habitual: El Poder Ejecutivo.” (La Política Online - Una derrota de primera magnitud)

A un año de haber asumido, el presidente Mauricio Macri sufrió su primer revés político a manos de una oposición que se unió para recordarle que para gobernar no sólo sirve tener un buen discurso con buenas intenciones o apelar a la voluntad de la gente.

Las cosas no suelen funcionar de esa manera en un país acostumbrado a las crisis cíclicas, a refugiar los capitales en el exterior y al pragmatismo llevado al paroxismo. Si a esto se le suma que el peronismo está afuera del gobierno, la situación se complica.

La primera señal de la complejidad de gobernar este país la ofreció la Cámara de Diputados de la Nación, que dio media sanción a un proyecto que mejora notablemente para los trabajadores las retenciones por el impuesto a las Ganancias.

Lo paradójico del asunto es que algunos de los voceros que fundamentaron la iniciativa tuvieron responsabilidad en la conducción económica de la gestión anterior. Por qué no lo hicieron antes es la gran incógnita.

En realidad, el debate sobre el impuesto que grava el salario de los trabajadores en un país donde magistrados y empleados del Poder Judicial están increíblemente exentos –más allá de cualquier argumentación jurídica que se quiera esgrimir como justificación− tiene larga historia. Desde las famosas, y nunca actualizadas, escalas porcentuales de progresividad en la retención del impuesto que implementó el ex ministro de Economía José Luis Machinea hasta la promesa quince años después de eliminarlo, corrió mucha agua bajo el puente.

Con el paso del tiempo y la inflación, sumado a la recuperación salarial de los últimos años, el pago del impuesto comenzó a incluir a más trabajadores, que con un sueldo apenas digno contribuyen al fisco.

El macrismo se cansó de decir en todas las tribunas que el salario no es ganancia y que en caso de ser gobierno lo anularía. No sólo no lo hizo en su primer año en la Casa Rosada sino que presentó un proyecto de ley que es más de lo mismo. Si la ley avanza en el Senado, el gobierno tiene la posibilidad de vetarla pero pagará un alto costo político a menos de un año de las elecciones legislativas de 2017 en las que se juega gran parte de su futuro político.

El problema es el mismo de siempre: un Estado al que no le alcanzan los recursos para atender sus gastos pese a que todavía no hay vencimientos de la millonaria nueva emisión de deuda soberana que el gobierno hizo este año y proyecta para el próximo. (u$s 121.229 millones del sector público no financiero y el Banco Central. INDEC, 2º Trimestre 2016)

Sin embargo, otras formas de ingreso son ignoradas. Según el Indec, en el segundo trimestre del año un 33,4% de la población económicamente activa, más de cuatro millones de personas, trabajaban en negro. Ese flujo marginal de la economía priva de millonarios recursos al Estado y perjudica a los trabajadores. ¿Por qué nadie postula una lucha seria y decisiva contra la economía en negro? ¿Hay permisividad oficial con algún grado de connivencia con las centrales sindicales?

Para hacer gobernable a un país la tarea principal debería ser la transparencia de su política y economía. Cuando eso no ocurre comienzan las dificultades y gobernar se hace cada día más complejo. De eso se trata.



___
Con textos de Jorge Levit / La Capital