30 de septiembre de 2009

Galletitas e inversiones extranjeras

Verboamérica publicó este post nostálgico de una Argentina nuestra; comenté que era impecable y triste porque vienen a mi tantos recuerdos de la industria nacional, tantas realidades perdidas por el tsunami neoliberal.

El conflicto abierto desde hace más de un mes entre la empresa de capitales norteamericanos Kraft Foods y sus trabajadores puede ser analizado, más allá del reclamo obrero, en particular, y del avance de las negociaciones entre las partes, desde una serie de miradas que parecen haber quedado ausentes en el tratamiento periodístico del hecho.

Una de esas posibles miradas laterales a este conflicto es la relativa al rol del capital extranjero en nuestra economía. En este sentido, no se debería pasar por alto el hecho de que se esté hablando de una empresa multinacional, que está instalada en nuestro país como parte de la venta de una tradicional compañía alimenticia de capital nacional: Terrabusi. La venta de esta última a manos privadas extranjeras durante la década del ’90 puede ser considerada como uno de los más simbólicos procesos de desnacionalización del aparato productivo privado local.

Sin embargo, a pesar de la profundidad del proceso, y su continuidad en el tiempo hasta el presente, es altamente llamativa la ausencia total de debate público sobre el rol y los beneficios del capital extranjero en el desarrollo económico y la calidad de vida de nuestra población.

Ello, dado que el progresivo e incesante incremento del capital extranjero en el control de vastos sectores productivos de nuestra economía no se ha correspondido, en la misma y justa medida, con un debate acerca de dicho proceso y sus supuestos beneficios. Por el contrario, es común escuchar de boca de nuestra dirigencia (salvo escasas excepciones) un permanente llamado a la necesidad de volver “atractivo” nuestro país para la radicación de la inversión extranjera directa (IED). Pero ¿a qué se hace referencia cuando se dice que debemos ser “atractivos”? ¿Qué es lo “atractivo” de un país, de su economía, de su marco legal, de su clase obrera, de su organización sindical, evaluados desde la óptica de una empresa multinacional? ¿Qué debemos ofrecer (resignar) para volvernos “atractivos”? ¿Y a cambio de qué?

Éstas y muchas otras preguntas son las que parecen estar prácticamente ausentes en el debate público. Y cuando este asunto, fugazmente, se convierte en materia de análisis, en general, recibimos como toda respuesta dos datos que parecen hacer innecesaria toda discusión posterior: la cifra en millones de dólares que la empresa en cuestión está dispuesta a invertir en nuestro suelo y la cantidad de puestos de trabajo que esa inversión generará. Es decir, se nos habla e ilusiona con mucho dinero y promesas de trabajo. Ahora bien, ¿alcanza con ello para sellar la discusión?

Creo que no. No sólo porque esas cifras actúan muchas veces como contratara de otros costados o efectos de la radicación de la IED, sino también porque suelen encubrir omisiones importantes. Así, cuando se publicita que tal empresa invertirá tantos millones de dólares para abrir una filial local y, por lo tanto, traerá o aportará esas divisas a la economía nacional, a menudo se “olvida” mencionar que esa firma, a partir del momento en que comience a obtener beneficios, es muy probable que inicie un permanente giro de utilidades hacia su casa matriz. Lo cual supondrá una constante salida de divisas desde la economía local.

Es interesante ver, en este aspecto, cómo ciertos sectores de los medios de comunicación suelen alertar sobre la fuga de capitales que sufre nuestra economía. Sin embargo, es poco común que en ese análisis discrimine qué parte de esa fuga corresponde, en realidad, al constante giro de utilidades que las firmas extranjeras hacen hacia el exterior. De más está decir que esos mismos medios suelen formar parte de aquellos sectores que abogan por la necesidad de atraer la IED hacia nuestro país.

Los crónicos problemas de balanza de pagos sufridos por nuestra economía a lo largo de varias décadas deberían hacer aún más necesaria dicha discusión. En cuanto al otro supuesto beneficio inherente de la IED, esto es, la creación de puestos de trabajo, la problemática actual en Kraft Foods revela un ejemplo clarificador. Allí trabaja más de un millar de trabajadores, pero ¿sólo es cuestión de cantidad de trabajo o también de su calidad?

Si tomamos en cuenta que el problema se inició cuando la firma estadounidense se negó a poner en práctica mínimas condiciones de higiene y salubridad en medio de la epidemia de gripe A, se nos plantea una vez más la cuestión sobre la IED y la calidad de vida y trabajo de nuestra población. En particular, al problema de la defensa y el respeto de derechos laborales adquiridos por el movimiento obrero argentino durante el último medio siglo. Ello, en el contexto de la profunda flexibilización laboral sufrida desde los años ’90 y en el marco de un fuerte proceso de desnacionalización de la economía nacional.

En este sentido, son muchos otros los aspectos involucrados al momento de analizar el rol del capital extranjero en la economía local –y que suelen estar ausentes en los relatos cotidianos–, a saber: el vínculo establecido entre una multinacional y los proveedores locales o extranjeros, el aporte o desarrollo de tecnología local o importada, el carácter exportador o mercado-internista de la producción, el diseño local o extranjero de sus productos, el nivel salarial en comparación con el de sus casas matrices, etcétera.

Creemos que es momento, pues, de poner en cuestión el falso consenso sobre las bondades per se de la IED y fomentar un serio y constructivo debate público sobre la cuestión. No se trata, por cierto, de adoptar una postura crítica y radical en contra del capital extranjero, que suele aportar ciertos beneficios para el desarrollo del país. Pero sí recordar, por ejemplo, que países que hoy están a la cabeza del desarrollo económico y tecnológico del mundo, como Japón o Corea del Sur, impusieron fuertes regulaciones y condicionamientos a la radicación de IED cuando iniciaron su camino hacia la industrialización.

Sería ampliamente saludable que nuestro país se permita, como en el caso de la Ley de Medios de Comunicación Audiovisual, un enriquecedor debate acerca de los costos y beneficios de la llegada e implantación del capital extranjero.

Nos vemos






Aporte: Matías Rohmer, BAE


29 de septiembre de 2009

Democracia, protesta social y represión

Tal vez uno de los mayores aciertos de aquello que se inauguró en mayo del 2003 fue la voluntad explícita y contundente de no reprimir, bajo ninguna circunstancia ni presión política o corporativa, la protesta social. Primero fue Néstor Kirchner quien acometió contra una oscura práctica, impulsada por los poderosos de siempre, de la historia argentina que supo, en distintas circunstancias, descargar sus furias represivas y homicidas sobre quienes buscaban expresar en el espacio público sus demandas insatisfechas y su sed de justicia. Kirchner comprendió que la brutal crisis del 2001, crisis que horadó profundamente la legitimidad institucional y las formas de una democracia en estado de fragmentación, no podía ser reparada desde lo puramente económico. Que las decenas de muertos de diciembre del 2001 y el asesinato de Kosteki y Santillán en el puente Avellaneda bajo la presidencia de Eduardo Duhalde, constituían un límite ominoso a cualquier intento de reconstrucción de la vida social, económica, cultural y política del país. Que la oscura herencia de la dictadura, esa marca brutal sobre cuerpos y memoria, seguía vigente allí donde se siguiera criminalizando y reprimiendo la protesta social. Esa convicción le permitió unir dos hechos simbólicos: iniciar la reparación de la justicia y el castigo a los genocidas derogando las leyes de la impunidad y prohibir decididamente que los cuerpos policiales destinados por lo general a controlar a los manifestantes utilizaran armas de fuego (decisión absolutamente inédita en la larga travesía argentina). Quien no comprendió esta decisión clave del gobierno de Kirchner fue el ex ministro Beliz que tuvo que presentar su renuncia allí donde intentó mantener las antiguas prácticas represivas.

En ningún momento se reprimieron las innumerables protestas sociales, nunca se buscó lanzar a los cosacos contra los movimientos piqueteros. La alternativa siempre fue la negociación, a veces difícil y ardua, otras casi rayana en lo grotesco y, la mayoría de ellas, articulada con una política de mejoramiento de las condiciones de vida de los más necesitados, esos mismos que solían confluir en las protestas piqueteras. Así como los movimientos de desocupados supieron erigirse en una de las experiencias más interesantes y originales de la historia reciente argentina, demostrando que mientras los poderes político y económico contribuían, en esos años brutales del neoliberalismo, a multiplicar la violencia contra los pobres y a profundizar un orden que conducía al colapso de la sociedad, eran esos movimientos de los más desheredados entre los desheredados, de los olvidados absolutos del sistema, los que garantizaban que la violencia no se desatara en las calles de una Argentina que ardía y se descomponía. Kirchner, en alguna medida emergente de ese proceso, comprendió el valor de los movimientos sociales y, fundamentalmente, supo reconocer la absoluta incompatibilidad entre rescatar una democracia agujereada por la discrecionalidad de las corporaciones económicas y la retórica falsamente republicana de aquellos mismos que nunca dudaron en reprimir al pueblo para defender los intereses de unos pocos y la indispensable tarea de reconstruir un país y una sociedad arrasada por esas mismas políticas que, en la actualidad, siguen hablando impúdicamente de falta de calidad institucional.

Confrontado a uno de los mayores desafíos a la estabilidad democrático-institucional, me refiero a la que se desplegó a partir de la resolución 125 y a la beligerancia de las organizaciones de los dueños de la tierra y de sus socios mediáticos, el gobierno de Cristina Fernández, haciéndose cargo de una política de Estado y de una convicción fundacional del kirchnerismo, también se negó a reprimir el verdadero asalto al poder que significaron los innumerables y estratégicos cortes de ruta implementados por la mesa de enlace, cortes que amenazaron con desabastecer a los hogares argentinos, con generar alarmantes aumentos de los alimentos y con horadar y destituir la legitimidad del gobierno democrático. Y sin embargo Cristina Fernández, como antes Néstor Kirchner, se negó a utilizar la represión para desalojar las rutas que ya no eran cortadas por los desocupados, por los pobres y los débiles de esta sociedad que sigue siendo injusta y desigual, sino por los beneficiados, en la mayoría de los casos, de la inconmensurable riqueza de la Pampa húmeda. Asumiendo esa convicción, el Gobierno no dejó de pagar un alto precio por no actuar, a pesar de que la ley lo facultaba, contra una creciente rebelión de quienes se arrogaron el derecho de impedir la libre circulación por gran parte del territorio nacional.

Este recorrido por la historia reciente no es ocioso porque tiene que ver con uno de los grandes logros de estos últimos años; logro, el rechazo a reprimir cualquier forma de protesta social, que constituye uno de los momentos más reivindicables del Gobierno. Por eso resulta indispensable encender las luces de alarma ante los acontecimientos represivos que tuvieron lugar el viernes de la semana pasada en la fábrica Terrabusi-Kraft. Todos pudimos observar las cargas de los cosacos de la montada bonaerense y las escenas en las que las brigadas antimotines utilizaban gases lacrimógenos y balas de goma para desalojar la fábrica que, hasta ese día, había estado ocupada por algunas decenas de obreros, la mayoría de ellos injustamente despedidos por la patronal que mostró, a lo largo del conflicto, una carencia total al diálogo y a la conciliación. Un hilo delgado amenaza con cortarse y, claro, la derecha está esperando las consecuencias de ese desgarramiento para forzar al Gobierno a quebrar una de sus apuestas más decisivas, auspiciosas y arriesgadas.

Del mismo modo, es fundamental eliminar las viejas retóricas macartistas que todavía persisten en algunos dirigentes sindicales de la CGT, así como también es importante que no se subestime la capacidad de organizar y representar a algunos conjuntos de trabajadores por parte de los sectores más combativos de la izquierda extraparlamentaria. Si bien muchas veces esos grupos saben cómo iniciar una huelga pero no saben cómo terminarla sin llevar el conflicto, y a los trabajadores, a un callejón sin salida, son parte inescindible de la historia del movimiento obrero y de las luchas populares y, en muchas ocasiones, cuando las centrales sindicales defeccionaron o se volvieron cómplices de las patronales y de los planes de ajuste neoliberales, fueron los que encabezaron las protestas contra las injusticias. Eso el Gobierno también lo debe saber, y así como se tuvo infinita paciencia ante lo que se denominaron “los piquetes de la abundancia”, también se la debe tener, y con mucha más razón, cuando hay que actuar con extremada prudencia y cuidado ante un conflicto en el que están en juego cientos de puestos de trabajo y la actitud belicosa y provocadora de una empresa multinacional.

Esa es una delgada línea que no se debe pasar y que hasta ahora, y con gran valentía y decisión, el Gobierno nacional se negó a trasponer. Ojala que los próximos días nos ofrezcan la imagen de una decidida acción que conduzca a solucionar el conflicto en beneficio de los más débiles y contra cualquier intención de recurrir a antiguas y repudiables prácticas que siempre terminan llevando agua al molino de la derecha, esa que ha sabido ejercer la dura represión contra los intereses y los derechos de las mayorías populares a lo largo de la historia argentina.

Nos vemos








Fuente: Buenos Aires Económico, Ricardo Forster

26 de septiembre de 2009

Marcelo Tinelli, lesbo rating

Hace tiempo que no miro a Tinelli y su programa, sencillamente porque las competencias de patinaje, canto y baile no me entretienen; solo logra que a uno le suba la bronca cuando se premia popularmente a alguien que ladra en vez de cantar. Tinelli, en caída libre en sus finanzas vía rating, se prende de cualquier cosa y sus socios también. Mantener el cerebro ocupado en pobres espectáculos televisivos es parte de una estrategia de desvíos de atención a las cosas que realmente le preocupan y ocupan a la sociedad.

Ahora con “El musical de tus sueños”, Marcelo Tinelli intentó repuntar en audiencia con escenas de lesbianismo explícito. Peleas, sexo y mucho circo en horario central. Florencia Canale de revista Veintitrés ha escrito un artículo de excepción, impecable, sobre toda esta parafernalia.

Que la angustia corroe el alma, ya lo había advertido el sublime Rainer Werner Fassbinder en la década del setenta. Pero la ansiedad que domina el universo de Marcelo Tinelli y sus adláteres de Ideas del Sur es de otra naturaleza: la saga del derrumbe del rating, que llegó hasta los 14 puntos.

Desde hace ya varias semanas los números han dejado de acompañar al conductor estrella de la televisión argentina. Eso no es novedad. En esta edición 2009 del bailado y cantado, el éxito ya no es tan asegurado como el de las otras temporadas. Luego del borrón de los niños con talento, que iniciara el ciclo allá por abril, y marcara su descenso abrupto, la reentré con un grupo de señoritas y muchachos bien dispuestos para la examinación a cargo de un jurado probo no fue suficiente para elevar las marcas. Pero Tinelli no desesperó ante las tormentas y anunció el baile de la lujuria. Su público cautivado pensó que las muchachas blondas y sus ballerinos harían las delicias del ars erótica como el año pasado; que Nazarena Vélez se llenaría de espuma el cuerpito gentil; que la morocha de turno levantaría las piernas desnudas hasta límites inusitados, y el aire se calentaría por demás con esos físicos semidesnudos.

Pero no. En esta oportunidad, el mandato oficial pautó que de la lujuria se pasara a la lascivia y de ahí al porno soft en un mismo movimiento. La bastonera caliente e iniciática fue la siempre diminuta y explosiva María Eugenia Ritó. Emulando a una geisha rubia, la vedette se dejó lamer las piernas bien abiertas por el cuerpo de baile femenino. Sin embargo, lo que despertó el asombro de la prole fanatizada fue el azote lésbico de las coreografías. Como nunca y más que nunca, las figuras invitadas debieron besarse en primerísimos primeros planos con chicas, para beneplácito del conductor arengador. Sobre todo por los picos de casi 20 puntos de rating.

Nicole Neumann, rodeada de pelambres largas y rubias, se dejó besar con placer por una bailarina, mientras otra le tocaba una lola y un muchacho le acercaba su cabeza masculina entre las piernas. Silvina Escudero planteó la misma temperatura, siempre ante el ojo bien abierto de su novio Alé. Una Naza algo más rotunda también hizo de las suyas. Además de practicar un trío femenino y besarse de una a otra, finalizó su cuadro arrojándose una botella de leche sobre el cuerpo. ¿Y en el 2010? ¿Hasta dónde elevará la rubia su apuesta?

Los varones también hicieron de las suyas. El periodista deportivo –otrora cantante en una emisión del año pasado– Tití Fernández hizo una entrada triunfal disfrazado de Nerón. Y cual orgía romana de las que el emperador era asiduo concurrente, Tití se besó, tocó y fregó –bailó poco– con todas las chicas que oficiaban de partenaires. Tan compenetrado estaba con el personaje, que también tiró besos a sus boys. La comunidad deportiva, sin embargo, lo defenestró.

Los números de “El musical de tus sueños” oscilan entre los 15 y los 17 puntos. La noche del lunes 21, con las presencias de Escudero y Vélez, y sus bailes XXX, elevó el termómetro hasta los 19.8 puntos de rating. Pero estos no alcanzan para combatir el éxito constante de Talento argentino por Telefé. Son las dos caras de la misma moneda. Los dos son concursos: para uno, lo primero es el show; para el otro, la familia.

Las peleas –que siempre mantuvieron en vilo a los seguidores del show– no pudieron cautivar esta vez. La intentona de juntar y encender al trío Alfano-Alé-Escudero fue en vano. El revolcón en el barro de los tortolitos, ante la mirada atenta de la señora de rulos, y los reclamos de ella ante el novio abandónico, fueron un chispazo y nada más. La reyerta de Pachano y Flavia Palmiero sólo sirvió para poner en el candelero los más de veinte años de trayectoria del ex Bottom Tap. Y nada más. Lo único que lograron con esto fue una reunión gastronómica del jurado y su dueño, para avivar el fuego. Tinelli necesitaba más sangre. Y como eso no surtía efecto, fue por carne. Al mejor estilo Robbie Williams en su clip ganador, Rock Dj, donde se destripa en un striptease descarnado, había que despabilar al público de tevé con algo más. Y qué mejor que escenas de lesbianismo explícito entre las contrincantes. Pero, ¿apertura sexual o simple misoginia?

Marcando tendencia o detrás de lo que imponen las costumbres sociales, Tinelli es el precursor mediático de las prácticas de hombres y mujeres locales. Mientras en el Reino Unido la maestra de música Helen Goddard –condenada a quince meses de cárcel– y su alumna de 15 años ya no se esconden y muestran su romance, y la ex valijera y vedette María Luján Telpuk anunció públicamente que es bisexual, Ideas del Sur expone en sus clips afiatados un lesbianismo softcore.

Los números no lo acompañan en esta segunda mitad del año. Con las imitaciones de los políticos antes de las elecciones pudo mantener la resonancia a la que está acostumbrado. Pero después comenzó el desbarranque. Tinelli hace oídos sordos. No se cubre los ojos ni la boca. Mira todo y habla cuando lo provocan. Nada logra callarlo. Seguramente rumia por las noches el futuro asegurado de sus éxitos de la televisión.

Ya ganamos en diputados, pero ganamos todos, lo que queremos cultura en los medios para que el país se haga grande. Un amigo de asados (que no es médico) cuando hay algo que no le gusta dice me sube la bilirrubina o se me inflama la pituitaria. Asi estoy yo con el comando de Miguel Pichetto en Senadores. No hay que aflojar, el artículo 161 desnuda una trama oscura impresionante, de a uno van saliendo todos los muertos del ropero.

Nos vemos

25 de septiembre de 2009

¿Progresistas de derecha o reaccionarios de izquierda?

“Vamos a tener que hacer un gran esfuerzo para fortalecer el Acuerdo Cívico y Social (ACyS) y establecernos como fuerza política”, admitió el senador Gerardo Morales, titular de la UCR, en referencia a la alianza de su partido con el socialismo, la Coalición Cívica de Elisa Carrió y la corriente que encabeza el vicepresidente Julio Cobos.

Después de que los diputados socialistas apoyaran el proyecto de Ley de Servicios Audiovisuales impulsado por el Poder Ejecutivo, que fuera rechazado de plano tanto por la UCR como por la Coalición Cívica, Morales aseguró que “esta semana tendremos que hablar con Rubén Giustiniani para pensar una estrategia parlamentaria común”. En otras palabras, en política las contradicciones convierten a las alianzas en algo tan inestable como la gelinita; no es recomendable llevarlas en un bolsillo del saco.

Del tratamiento parlamentario de ese proyecto de ley se deducen, por lo menos, dos cosas. La primera es que en la política argentina hay “progresistas” de derecha y reaccionarios de “izquierda”, y la segunda es que las distintas posiciones en torno de los oligopolios mediáticos está agravando las contradicciones de la principal fuerza de oposición, que en las elecciones de junio obtuvo casi 6 millones de votos.

“Tenemos muchos problemas, es verdad, pero espero que tengamos la capacidad de resolverlos”, se sinceró el legislador, y aseguró que sería “una gran irresponsabilidad tirar por la borda el trabajo realizado y que ha generado tantas expectativas en el pueblo argentino”.

Las contradicciones entre los programas tradicionales del socialismo y la UCR no sólo pasan por el destino de los medios. Tradicionalmente las huestes de Hermes Binner, herederos de Alfredo Palacios y Juan B. Justo, son más estatistas y nacionalistas que los seguidores de Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen, los padres fundadores del radicalismo que hoy se removerían en sus tumbas si vieran lo que las ideas liberales –que ellos tanto combatieron– han hecho en las cabezas de sus herederos.

Simplificando al máximo la disyuntiva que debe afrontar la coalición, Morales opinó que “el mayor inconveniente que tenemos en el ACyS es empezar a discutir de candidaturas”. Parece un diagnóstico parcial. Primero porque, tras el traspié de Carrió y el flojo desempeño de las figuras de la UCR en el comicio del 28 de junio, no hay una figura interna más relevante que Cobos, cuya candidatura a presidente está poco menos que asegurada, y segundo porque la elección de los candidatos siempre son un problema para las alianzas, pero mucho más cuando las contradicciones públicas agravan las diferencias programáticas.

“Cuando dejemos el debate de las candidaturas vamos a poder fortalecer el ACyS”, aseguró el legislador jujeño en un comunicado difundido el fin de semana por el Comité Nacional de la UCR. Bien mirado, es a partir de ese momento cuando comenzarán los verdaderos problemas, el primero de los cuales será definir un programa de acción de gobierno que deje satisfechos a radicales, socialistas y “lilistas”, ayude a digerir las diferencias políticas y modere el impacto de la elección de una formula, lo que siempre provoca heridos y rencores. Además deben responder con seriedad a una inquietud pública: si tienen estos problemas estando en la oposición, ¿hasta dónde llegarán si mañana son gobierno?

Finalmente el titular del radicalismo explicó que “en el tema de la ley de radiodifusión hay sectores progresistas [que] terminan avalando un proyecto que tiene capítulos y artículos más cercanos a una concepción de derecha corporativista que al progresismo”. Y que muestran también posiciones de la derecha más rancia por parte de un partido centenario nacido del pueblo y para el pueblo. Rancia y cínica, además, porque una cosa es alinearse con el establishment en un tema crucial para la democracia y otra pretender que eso es progresista. Si Yrigoyen viviera…

Nos vemos


Fuente: BAE

23 de septiembre de 2009

Binner, brigadieres, desencantos y desconciertos

Desde el 11 de Diciembre de 2007 la administración Binner gasto más de 2.900 millones de pesos en no se que. En el Club dijimos muchas veces que el aparato socialista maquilla bien las cosas y pinta mediaticamente lo que en verdad es gris o negro. Digo esto porque ahora, algunos dirigentes -tal el caso de Felipe Solá- se asombran del giro que hizo Binner con relación a la aprobación de la Ley de Medios.

La pregunta que habría que formular es Binner ¿le importa la nueva ley de medios o la apoya para conseguir fondos? El silencio del senador socialista ha alimentado al ejército defensor de los monopolios generando dudas sobre cuál será el sentido de su voto. En el socialismo nadie las tiene, ya que en las diferentes reuniones al más alto nivel, lo único que se discutía era el momento de hacer público su voto en consonancia con los que hicieron los diputados nacionales. Un comunicado del partido a nivel nacional sería la vía elegida, no solo porque llevaría la firma de su presidente Giustiniani sino porque además corregirá la imagen que desde los grupos derrotados pretendieron instalar en torno a que esto era "un pacto secreto entre Kirchner y Binner".

Binner, quien tiene doble discurso, es el gran tartufo. Para darle identidad a esta afirmación hay que buscar las respuestas en las formas que votaron las leyes de AFJP y Aerolíneas, entre otras. Más allá de las necesidades de la provincia, que obliga al gobierno provincial a coquetear con el Ejecutivo nacional, hay una admiración y adhesión a la transversalidad que proclama Kirchner.

El aumento del gasto corriente -producto de los excesivos nombramientos (se habla de mas de 1.400 personas en distintas áreas de la provincia) con suculentos sueldos y elevados adicionales para pagos de hotelería, transporte, viáticos y gastronomía- instaló la sensación que había una "fiesta socialista" en Santa Fe. Esa impresión fue captada rápidamente por el ciudadano de la capital, que entraba a los bares o restaurantes y los veía colmado de funcionarios con su Blackberry sobre la mesa. Los mozos son más duros y destacan su perfil de "rosarinos soberbios". Los hoteles más lujosos están casi llenos por funcionarios que no tienen problemas en dejar ocupadas las habitaciones los fines de semana para no hacer las valijas.

Como si fuera Maquetolandia, el Ministerio de Obras Públicas (por darle crédito a los funcionarios, cuando en realidad se sabe que son arquitectos brasileños y argentinos radicados en España) es un máquina de planificar y hacer maquetas, hospitales, centros de salud, centros civicos, recuperación de fábricas viejas, el famoso puerto de la música. Binner ha pensado su gestión en tres pilares: la construcción de grandes hospitales, la concreción de los cinco nodos y la Reforma Constitucional. Hasta ahora no ha concretado ninguno.

1/ La reforma dormirá en el Senado. 2/ Los nodos sólo se ven en las cinco estrellas del logo de la provincia, porque a esta idea -que tiene algunos aciertos- le falta mucho para plasmarse en una realidad. 3/ La construcción de los hospitales de alta complejidad, muy importantes para la comunidad, no tienen posibilidad de financiamiento con la actual situación que vive la provincia, que ya piensa en bonos para pagar deudas.

La atildada forma de moverse y expresarse no alcanza para disipar las dudas que siempre se percibe en el face to face, sea con él o con sus funcionarios. Los ex-empleados del Banco Provincial de Santa Fe (que fuera liquidado) pasaron a cumplir funciones en distintas dependencias del gobierno provincial, muchos de ellos (unos 750) mantienen una disputa judicial por distintos rubros, otro tanto ocurre con 7.000 policias, en total unos 100 millones de pesos en demandas que el gobierno progresista pagará con un bono provincial a 4 largos años. Es importante recordar que hace un mes el gobernador Hermes Binner se comprometió a no emitir bonos provinciales y a impulsar la aprobación en el Congreso Nacional del proyecto ingresado el 27 de agosto en la Cámara de Diputados que liberará a la Nación y a las provincias de las restricciones que hoy impone la ley de responsabilidad fiscal en materia de gasto público y endeudamiento.

Se están cayendo todas las caretas. Según encuestas, la postura de Hermes Binner sobre la Ley de Medios cosechó el 70% de desaprobación en la sociedad santafesina; sólo el 20,3% lo aprobó y el 9,7% no emitió opinión. Así las cosas, ningún analista político hubiera imaginado que en menos de 20 meses, con un 80% de apoyo social y de 2.200 millones de pesos en la caja, pudiera caer tanto en la consideración de la gente la gestión provincial.

El reciente desencanto (por la enorme exposición mediatica en el conflicto de la 125 y los reclamos al gobierno nacional) se suma a otros que los radicales han venido planteando. Lamentablemente tarde se dieron cuenta de cómo iba a ser la relación. Sin embargo, ninguno de los dirigentes que ahora se manifiestan afligidos debería sorprenderse. ¿O se olvidan de que cuando se gestaba la coalición en la provincia, frente a la elección de la UCR de que fuera Carlos Fascendini quien acompañara a Binner en la fórmula gubernamental, se antepuso el empeño por la doctora Griselda Tessio y debieron cambiar? ¿Acaso no hubo desconocimiento de reglas y autoritarismo en ese proceder?

Nos vemos


Declaratoria de herederos


La discusión parlamentaria del proyecto de ley de servicios de comunicación audiovisual puso sobre el tapete un viejo entredicho: el perfil del radicalismo, sus alianzas y el camino hacia el poder. La Unión Cívica Radical es, tal vez, el partido político argentino con mayor debate interno.

¿Es el radicalismo ese partido que por lo bajo sus dirigentes pregonan, una fuerza progresista, de centroizquierda, más cercana a los postulados de Hipólito Yrigoyen, Arturo Illia y Raúl Alfonsín y a la socialdemocracia? ¿O, por el contrario, es esa fuerza más cercana a Bartolomé Mitre, Fernando de la Rúa y, cómo no, a Julio Cobos?

No es menor la pregunta si pensamos que los actuales dirigentes radicales se debaten por mantener unido al Acuerdo Cívico y Social, que tiene por un lado al vicepresidente de la Nación como el mayor presidenciable y a una dirigente histórica como Elisa Carrió totalmente enfrentada con él. A eso hay que sumarle que otro presidenciable, como el socialista gobernador de Santa Fe Hermes Binner, dio su apoyo al proyecto oficialista de ley de medios audiovisuales. Los diputados socialistas apoyaron y el senador santafesino Rubén Giustiniani también adelantó su voto positivo.

¿Dónde aparecieron los dirigentes radicales en este debate? Al lado de Mauricio Macri y Francisco de Narváez, de la mano de Julio Cobos. Los radicales orgánicos, al igual que los cobistas, se retiraron del recinto de Diputados sin dar la discusión, de la misma forma que lo hicieron los peronistas disidentes, PRO y otros partidos de oposición. Si hasta Margarita Stolbizer, otra aliada del Acuerdo Cívico, se manifestó contraria a la decisión radical-peronista disidente de abandonar el recinto. Margarita, así, evitó enfrentarse con ella misma, pues muchos puntos de la actual propuesta están tomados de un proyecto de ella cuando era diputada. El radicalismo, por lo visto, pasó de ese dilema.

Los actuales dirigentes radicales deberán mirarse al espejo, una vez más, y ver si la imagen que se les devuelve es la que corresponde a su tradición y a su historia. También podrán verificar si lo que ven reflejado es sólo un espejismo que los acercará al poder pero que, una vez roto el encanto, les devolverá –una vez más– siete años de mala suerte.

Nos vemos


Fuente. BAE

22 de septiembre de 2009

Para terminar o seguir, ¿quien quiere a River?

¿Gallardo no quiere a Gorosito porque aún no le perdona que el técnico lo haya ninguneado y haya esperado a que superara la revisión médica para entonces sí comunicarse con él?

¿Ortega no quiere a Fabbiani, no se banca su exposición mediática, su repentina idolatría sustentada en la labia y no en su prestación?

¿Fabbiani no quiere jugar de nueve, cuando hace un mes tanto él como Gorosito declaraban que si el Ogro tenía un buen semestre, podía ser el centrodelantero de la Selección en el Mundial? (¡Por favor!)

¿Los jugadores ya no quieren escuchar que Pipo diga que "acá todos tienen las mismas chances y el puesto se gana durante las prácticas", pero que al mismo tiempo mire hacia otro lado cuando Fabbiani corre menos vueltas que el resto alrededor de la cancha?

¿Los jugadores no quieren ganar? ¿Y por qué los únicos que lo demuestran con su lenguaje corporal dentro de la cancha son Ortega y Almeyda?

¿Los jugadores quieren que el técnico siga sacándolos y poniéndolos en un partido sí y al siguiente no? ¿Y hacen algo para ganarse la titularidad?

¿Gorosito no quiere dejar de vivir este sueño de dirigir a River porque sabe que no tendrá otra oportunidad?

¿Pipo no quiere irse derrotado? ¿Y cuánto más le dolerá irse insultado, como le sucedió el domingo a la noche en Sarandí?

¿Los dirigentes no quieren que a Gorosito le vaya bien? ¿Y por qué lo obligaron a realizarles pruebas a futbolistas, dada la escasísima predisposición para traerle refuerzos? ¿Si el presupuesto no debía tocarse, los hinchas no merecían saberlo de boca de quienes conducen el destino del club?

¿Los dirigentes no quieren ser dirigentes? ¿No quieren decidir? ¿No quieren traer otro técnico porque faltan dos meses para las elecciones o porque confían en que el actual logrará dar vuelta esta historia? Así como Mario Israel calificó alguna vez a los referentes del plantel como "líderes de escritorio", ¿hay directivos de escritorio?

¿Quién quiere a River?

Nos vemos


De: Franco Predazzi

Los abuelos de la nada

"Me preocupa mucho no poder llegarle al jugador. Lo hablé mil veces con ellos y no sé por qué sucede. Hemos buscado la forma, diferentes sistemas y nos cuesta llegarles".( Pipo Gorosito)

Ariel Ortega, Marcelo Gallardo y Matías Almeyda le pidieron a los dirigentes mantener a Gorosito en el cargo. Penoso.

Todos los récords, negativos por supuesto, serán superados. La predicción de Nostradamus, finalmente se supo, era sobre River. Le erró por un par de años, pero si lo miramos bien, tal vez haya sido el 2001 el principio del fin. La maldición se posó en River ese diciembre, cuando explotó el país y perdimos un campeonato contra Racing. Ese espíritu maléfico se apoderó de un equipo de estrellas y lo transformó en uno de la B. Porque River, hoy, es un equipo de la B. Si miramos bien el promedio, si lo analizamos, la pesada herencia nos deja peleando el descenso.

No es una proyección antojadiza, no es un número tirado al aire como algunas encuestas que están dando vuelta por las próximas elecciones. Son los números que dicta la espantosa realidad a la que asistimos, mientras la tribuna parece enfocada sólo a los jugadores, desde hace tiempo, y ahora también a Pipo. Está claro que el técnico no pudo torcer la realidad de un club que está vegetando y no le encontró la vuelta nunca al equipo. Gorosito soñaba con dirigir a River, le tocó éste que poco tiene del River que él mamó en Inferiores y un rato en Primera, y cayó preso de su deseo. Pero es de hombres asumir los desafíos y todos pensamos que podemos cambiar la realidad.

River es un club a la deriva, casi abandonado a la mala de Dios. Ya no es sorpresa que River pierda con Arsenal o con cualquiera. River pierde siempre. Noticia es que no pierda, por lo menos de visitante. Ya casi ni indigna. Es como si llegás a tu casa y ves a tu mujer revolcándose con tu mejor amigo y seguís de largo, colgás el saco, vas a la cocina y te tomás un cafecito. No pasa nada ni cuando pasan cosas graves e imperdonables. Apenas surgen espontáneos un par de cantitos de protesta, tibiones, laterales, que se filtran entre tanta empalizada y tanto palo para silenciar a los rebeldes. Pasa en todas las tribunas. La ley del todo pasa.

Eso es River hoy: sufre, sangra, se arrastra, pierde. Pierde. Un minuto de silencio.

Nos vemos


De Leo Farinella


21 de septiembre de 2009

Cobos, portavoz de la oligarquía.

El primer gesto, comprendido por pocos, fue para el Día del Padre de 2008. Ese día, Julio César Cleto Cobos, manso vicepresidente y líder de un espacio llamado Concertación, publicó una carta en los diarios en la que reclamaba el tratamiento parlamentario de la Resolución 125. Decía que era un pedido de su hija, en realidad era una sugerencia de sus interlocutores en el Grupo Clarín, accionista de Expoagro y principal agente propagandístico de la Guerra Gaucha. Algunos sugerían, incluso, que el texto surgió de un diálogo con el editorialista de los domingos de Clarín, habitual interlocutor del mendocino. El voto no positivo de Cobos, que trató de justificar en un escuálido escudo de demandas familiares, también tuvo como consejeros a algunos operadores del monopolio que alentaron el salto a la oposición del vicepresidente.

Convertido en uno de los políticos con mejor imagen en la opinión pública en base al trato privilegiado de los multimedios, el corredor de medias maratones quiso acelerar la llegada al Senado de la media sanción que Diputados dio a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. El jueves a la madrugada se votó y Cobos, que responde a la lógica de que el debate se tiene que postergar para después del recambio legislativo del 10 de diciembre, estaba urgido de que el viernes pasado mismo ingresara al Senado. Había acordado con los multimedios que ese mismo día la giraría a cinco comisiones para el tratamiento en profundidad. Tres de ellas no tienen relación con el tema pero confiaba en tener plafond como para embarrar el supuesto análisis con la ilusión de que no llegara al recinto. La opereta no tuvo ni siquiera un primer acto y Cobos demostró, una vez más, su incapacidad. Ya no sólo para presentar argumentos y proyectos, sino tampoco para tener capacidad de maniobra. Ahora se sabe que en la semana entrante oficiará de Presidente –ante la ausencia de Cristina Kirchner en viaje oficial al exterior– y eso le impedirá tocar la campanita del Senado, labor que quedará en manos de José Pampuro, peronista bonaerense que oficia de presidente alterno de la Cámara alta.

¿Qué tiene Cobos? No está formalmente en el radicalismo. En Diputados le quedaron cinco legisladores que rompieron con el bloque de la Concertación. De los tres senadores mendocinos, dos son peronistas y el único radical, Ernesto Sanz, fue adversario suyo durante años y se convirtió en enemigo declarado cuando Cobos integró la fórmula con Cristina Kirchner. En la provincia cuenta, eventualmente, con los consejos de Raúl Baglini, un viejo miembro de la Junta Coordinadora, y de Laura Montero, quien fuera su ministra de Economía cuando era gobernador. Montero, fue quien dio los trazos de un comunicado que, curiosamente ese mismo día, emitía Cobos.

El muy lavado documento lleva el pomposo nombre de Gran Consenso Nacional. Ni Montero ni Cobos repararon en el Gran Acuerdo Nacional que ideó el dictador Alejandro Agustín Lanusse para condicionar el regreso de Juan Perón a la Argentina en 1972. El texto convoca “a los partidos políticos a actuar con responsabilidad” junto a entidades empresariales y sociales (evita nombrar a los sindicatos). Cobos instó, por escrito y firmando en solitario, a que “aquellos que tomen la iniciativa de convocar a este consenso deben priorizar la trascendencia de los acuerdos alcanzados y no las individualidades que participen en ellos”. El contraste resulta insalvable. En Diputados se discutía cómo desmonopolizar medios, cómo sumar voces a la comunicación, cómo terminar con una norma dictatorial. Cobos convocó a un consenso que no tenía cita precisa y no logró ninguna repercusión.

De aquí a tres semanas, hay una nueva ley audiovisual, se abre un escenario de mayor pelea. Los multimedios tendrán que desprenderse de algunas radios, canales de aire o empresas de cable. El plazo de un año –que escandaliza a los grandes empresarios– indica que durante ese plazo, los canales TN y América 24 seguirán taladrando con la mordaza o la desaparición. Cobos será el portavoz de esa demanda. Sumará a su imagen de trotador amateur la de figura política opositora.

Es un caso inédito: alcanzó fama por desertar del espacio político al que pertenecía, sigue ocupando la vicepresidencia y es un opositor acérrimo, no tiene base política propia, siquiera en el radicalismo, su partido de origen. Sin embargo, el establishment –la Mesa de Enlace, la Asociación Empresaria Argentina y el Grupo Clarín– lo eligió como su candidato para las presidenciales de 2011. Aunque cuesta creerlo, ni siquiera podría descifrarse quién lo acompañaría en la fórmula, pero su intención de voto está en la cima. Algunos se preguntan si los multimedios pueden construir escenarios. No sólo eso, pueden fabricar candidatos y, tal vez, llevarlos a la Casa Rosada. No es buena la hipocresía: hubo una leyenda urbana, que todavía circula como ley de Newton en muchos países: los políticos de primera línea, incluyendo diputados y senadores, no gustan de desairar a los multimedios porque eso es escupir al cielo. Cayó al piso la mitad de esa construcción ideológica. En pocas semanas puede caer la otra mitad. Los legisladores que hicieron esto dieron una lección. Pueden ir por más, en materia financiera, fiscal o de contratos de trabajo. Serían buenas oportunidades para que Cobos lance nuevas convocatorias a grandes consensos nacionales.

Nos vemos.


Fuente: Miradas al Sur

20 de septiembre de 2009

La democracia le ganó a Videla

En los últimos 26 años de democracia, la Argentina pudo discutir la institución matrimonial y votar la Ley de Divorcio, pudo discutir si enajenaba el patrimonio público y daba paso a las privatizaciones que terminaron desguazando el Estado, si se debía atar nuestra moneda al dólar con el uno a uno como ocurrió con la Convertibilidad, si había que bajarles a los jubilados (esos viejos a los que les debemos todo) sus haberes, si los generales genocidas debían sentarse en el banquillo de los acusados en un juicio histórico, si había que devaluar salvajemente como se hizo, y así varios etcéteras fundamentales. Lo único que en todos estos años no pudimos cambiar fue la ley 22.285, más conocida como Ley de Radiodifusión, ese adefesio que nos legó la dictadura militar.

¿Y por qué no se pudo? Por temor. Hubo proyectos para hacerlo, pero también hubo mucho miedo. Ni Alfonsín, ni la Alianza, ni nadie, tuvieron la voluntad política necesaria para superarlo. La impotencia de las fuerzas democráticas para arrancarse la mordaza conservadora quedó en evidencia, una y otra vez, durante todo este tiempo. Hasta ahora. Vivimos una jornada histórica. El Parlamento se puso los pantalones largos frente a las corporaciones y dijo basta.

El decreto firmado por Videla y modificado por Menem para beneficiar la concentración monopólica de los medios de comunicación recibió una estocada profunda, al corazón, lo que explica la histeria de los voceros vergonzosos que hasta último momento defendieron lo indefendible, tratando de convencernos de que lo que había era mejor que lo que se viene. Videla no puede ser mejor que un Parlamento libremente elegido. Nunca. Esta revista apoyó la nueva Ley de Medios. Y estamos orgullosos de haberlo hecho. Nos pasamos la vida escribiendo contra los monopolios. Nos sentimos parte de una corriente histórica que defendió la libertad de expresión y el derecho a la comunicación popular desde siempre, desde mucho antes de que los Kirchner existieran políticamente. Por eso, cuando en estos meses leíamos los videographs hablando de la “ley mordaza” o la “ley K” nos sublevamos, nos indignamos, nos enojamos porque no se puede ser tan canalla.

Los que repiten sin saber, cuestionan sin leer y se oponen sin razonar son, apenas, eso. Tristemente, eso. En la madrugada del jueves, precisamente a la 1.14, 146 diputados aprobaron la media sanción de la nueva Ley de Medios. Falta el Senado. Falta vencer a Julio Cobos. Falta que la cámara más conservadora decida ponerse del lado de esta inmensa bocanada de aire fresco. Habrá que estar alerta. Todavía hay muchos que intentan confundirnos, equiparando libertad de empresa con libertad de prensa. Libertad del dinero con libertad de decir. Para los periodistas no es un día más. Es un día de felicidad. Nuestra verdad no es la verdad de las patronales para las que trabajamos. Hay que decirlo. Por una vez, la democracia le ganó a la dictadura. La información a la manipulación. Y la dignidad a la extorsión.

Nos vemos


Textos: Roberto Caballero, Revista Veintitrés

19 de septiembre de 2009

La culpa de todo la tiene el gobierno

No sólo hay lucha de clases en las sociedades nacionales, también hay lucha de países en la sociedad mundial. Proletariado, clase media y burguesía son expresiones equivalentes a primer, segundo y tercer mundo.

La Argentina, por caso, vendría a ser un país del segundo mundo, es decir, de clase media-media, esa franja que flota entre el segmento más acomodado y el más pobre, los que llegan justo a fin de mes y a los que cada aumento de las expensas o de la obra social le hace temblar la pera. Esos que salen poco a comer afuera, cada vez menos, y ni qué hablar si además tienen chicos. Esos hogares donde el hijo trabaja y estudia, la madre ahorra hasta las monedas y el padre tiene doble empleo. Eso cuando hay trabajo, claro, y siempre que no los agarre un alocado consumismo, como en la época de Menem, y deban pasar otro año con su mismo traje, con su mismo suéter, con su mismo miedo.

Estados Unidos, Europa y Japón representan a las burguesías del mundo. Son los desarrollados, industrializados y tecnologizados; países donde se come bien, se estudia fácil y se trabaja mucho; donde hay vacaciones para todos y semestres sabáticos para los profesores, donde los autos y las viviendas son accesibles. Países donde todos o casi todos pueden tener de todo o casi de todo.

Pero los países proletarios la pasan realmente mal: la comida no alcanza, el trabajo no alcanza, la educación no alcanza y la invocación al desarrollo es un chiste de mal gusto. Así es la vida en casi toda el África, buena parte de América latina, Indonesia, India y sus vecinos, y en Oriente Medio, con excepción de los petroleros, Egipto e Israel.

Tanto producís, tanto valés. Pero las inversiones son caprichosas; los capitales golondrina se han convertido en cuervos, el dólar es escurridizo y cualquier argentino que pueda hacerlo tiene unos mangos afuera. Y ya hay tantos dólares afuera que alcanzarían para pagar (y apagar) la deuda externa. Y todavía sobraría lo suficiente como para terminar Yacyretá, canalizar el Bermejo y limpiar el Riachuelo.

Pero ya se sabe que la culpa de todo la tiene el gobierno, este gobierno, no otro u otros que lo precedieron ni las dictaduras que nos han asolado. Sin que nos diéramos cuenta nos han hecho pasar del estado de bienestar económico al estado de culpabilidad política. No importa que haya una crisis financiera internacional como no hubo otra igual desde 1929; no importa que los medios, identificados como nunca con los intereses del establishment, bombardeen cotidianamente al Poder Ejecutivo, tanto que ya violan el verosímil periodístico, el límite de lo creíble, que es la base de esta profesión. No importa: la culpa la tiene el gobierno.

El establishment castiga periódicamente a los trabajadores con políticas Hood Robin, como lo hizo cuando gobernaba el Gran Depredador Riojano. Del mismo modo, la potencia dominante y sus socios de Europa y Japón están decidiendo qué países saldrán de la crisis, cómo saldrán de la crisis y hacia dónde saldrán. Lo sepan o no, están decidiendo también cómo será la próxima crisis, porque todo indica que no impondrán reglamentaciones duras para asegurarse que el mismo desastre no se vuelva a repetir. Total, quienes toman estas medidas nunca arriesgan su casa, ni su empleo, ni sus vacaciones, y nunca los agarró el corralito.

Mientras, los países proletarios de cinco continentes tratan por todos los medios de preservar empleos que si se pierden será muy difícil recuperar. Tratan de comprar menos y de vender más, pero eso no es fácil. Algunos pueden exportar hacia adentro, como China; otros hacia afuera, como la Argentina, Brasil y México, pero todos ellos deben lidiar con las inversiones, el dólar, el déficit, la tecnología, y también con el hambre, la educación y la salud…

Pero de algo estamos seguros: la culpa de todos los problemas la tiene el gobierno argentino, según la oposición argentina; la tiene el gobierno español, según la oposición española, y hasta el propio Barack Obama, según los republicanos, que nunca tienen la culpa de nada.

Nos vemos.


Fuente: BAE

18 de septiembre de 2009

¿Independientes?

Los que hasta ahora disfrutaron del aplastante discurso único no necesitaban enojarse y discutir. Salían maquillados a decir sus verdades. Porque nadie los podía rebatir. Ahora están nerviosos. Marcelo Bonelli y Gustavo Sylvestre, la noche del debate en Diputados, estaban desencajados. Lo increpaban al diputado (y también profesional de la televisión) Claudio Morgado. Pretendían que él y los ciento y pico de legisladores iban a ser responsables de cierres de canales y de pérdidas de puestos de trabajo. La noche anterior, Mónica Gutiérrez, ante cuatro invitados a su programa en América 24, se mostraba indignada porque la ley contempla un “registro de productoras” y eso “es coartar la libertad”. Y, además, porque dispone un impuesto –pequeño- a las productoras para proveer fondos al funcionamiento de la nueva autoridad de aplicación de la ley.

Perdón, esta nueva casta de comunicadores con caché de artista y negocios empresarios, ¿tiene miedo de perder dinero y poder? ¿No eran los estandartes de la objetividad y la independencia? En buena hora se desnudan, se indignan, se exhiben como seres humanos que, diestros en el oficio, usan la espada mediática en defensa propia y, sobre todo, de los negocios de sus empleadores.

La mañana siguiente de la votación, los trabajadores de Telenoche recibieron una comunicación del gerente a cargo: “todos los empleados de la unidad de negocios (sic)” debían asistir a la reunión en la que el gerente les contaría las siete plagas que sobrevendrán a sus vidas una vez que los senadores conviertan en ley esta norma que impone a los monopolios a desprenderse de licencias.

El Grupo Clarín ya perdió la batalla más importante. Hasta ahora había logrado que salvo voces aisladas y de muy diversos puntos de vista (desde Pablo Llonto hasta Jorge Asís, pasando por Julio Abelardo Ramos o Martín García, y algunos más, entre quienes orgullosamente está quien escribe estas líneas) los negociados de Papel Prensa.

Precisamente, Martín García y los miembros de la agrupación Oesterheld celebrarán el día de la primavera con una cena con la presencia de Osvaldo Papaleo, quien además de haber ejercido el periodismo durante años, fue yerno de David Graiver, el titular de Papel Prensa hasta 1976.

“A mí no me lo contaron. Yo lo viví”, dijo Papaleo varias veces en los foros convocados estos meses para debatir el proyecto de ley. Lidia Papaleo, su hermana, es la viuda de Graiver. Y Papaleo fue, como apoderado de sus sobrinos, a las reuniones en las que ellos debían ceder las acciones de Papel Prensa a favor de Clarín, La Nación y La Razón, cuyos representantes iban acompañados de los dictadores.

Los periodistas independientes de Clarín, el 19 de mayo de 1977, escribían: “La transacción (de Papel Prensa) se celebró a la luz pública y con el consentimiento previo y posterior del Estado a través de la más alta expresión de su voluntad, que consta en acta de la Junta Militar”. Claro; las empresas beneficiarias habían pagado sólo ocho millones de dólares lo que valía 250 millones.

La actual directora de Clarín, Ernestina Herrera de Noble, para mostrar cómo se construye la independencia de un medio, cuando ya llevaba dos años de Papel Prensa en su haber, publicó sin vueltas cuál era el rol de los militares en la Argentina. Fue el 1º de julio de 1982, a poco de la derrota de Malvinas y era un aliento para los que llevaron a los pibes a las islas: “No nos conforma la idea de unas Fuerzas Armadas políticamente rechazadas y refugiadas en la especificidad de sus tareas… Las Fuerzas Armadas son necesarias para sostener esa batalla contra el statu quo aparentemente incruenta, pero en realidad tan ardua como cualquier otra de la guerra convencional”.

Nos vemos


Fuente: BAE

17 de septiembre de 2009

Los que viven de rodillas, ven a sus enemigos como gigantes

El día después que la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de la nueva ley de medios, deja para todos, conclusiones. Desnuda de manera incontrastable las intensiones y sobretodo, marca claramente diferencias con los que se beneficiaron con años de dictadura. Dicho de otra manera, los oligarcas seguramente hoy habrán tomado dosis de ranitidina suficientes para poder digerirlo; mientras tanto y con una mirada retrospectiva vemos, ya más tranquilos, el largo camino recorrido.

Mientras el vicepresidente de la Nación utiliza, sin ningún rubor, sus oficinas del Senado para articular con las fuerzas de la oposición su asalto al poder. Mientras el multimedios Clarín reduce la larga travesía del proyecto de ley de medios audiovisuales a lo que ellos denominan con absoluta arbitrariedad, y despreciando olímpicamente a una gran gama de actores que vienen batallando por torcerle el brazo a la impunidad corporativa y a las herencias de la dictadura, “la ley K de control de medios”. Mientras el insigne demócrata Mariano Grondona conspira pública e impúdicamente desde su columna dominical en La Nación anunciando que el 10 de diciembre es la fecha límite y el fin de la cuenta regresiva. Mientras la Mesa de Enlace intenta recomponer sus filas después de un lockout fallido y De Angeli continúa con sus vociferaciones de incontinente verbal; mientras algunas de esas curiosidades argentinas siguen desplegándose ante los ojos de la sociedad, lo cierto es que somos testigos, y algunos, parte, de un debate fundacional para la propia democracia.

Extraña parábola retórica la que les permite tanto a los multimedios como a la oposición que ahora gira alrededor de Cobos, criticar despiadadamente un proyecto emanado de una larga y compleja discusión democrática que viene de los comienzos mismos de la recuperación de la democracia y que se profundizó en los últimos años a partir de la coalición por los 21 puntos.

Ellos se sienten a gusto con una ley de los esbirros de la dictadura que fue “mejorada” por el menemismo; en ella ven libertad de prensa y de expresión. En la nueva ley que busca reparar una ofensa histórica ven, en cambio, chavismo + totalitarismo + fascismo + estatalismo. Curiosas piruetas discursivas que no hacen otra cosa que poner de manifiesto los intereses que buscan defender utilizando todo su arsenal (que incluye, claro, chantajes múltiples, presiones, golpes de efecto, mentiras que ni ellos mismos creen).

Años de intercambios, de discusiones apasionadas, de intervenciones públicas, de estudios académicos, de foros desplegados por todo el país; años en los que una multitud muy diversa de actores fueron articulando sus puntos de vista alrededor de un mismo objetivo: democratizar la circulación de la comunicación deshaciendo el nudo que sobre la garganta de la democracia dejó la dictadura y aprovecharon las corporaciones mediáticas.

Porque otra mentira de aquellos que defienden la ley de la dictadura es reducir el proyecto presentado en el Congreso al mundo del kirchnerismo, como si fuese una creación autista del Gobierno, desconociendo que recoge, ese proyecto, la larga historia de la lucha por la democratización de los medios de comunicación. Ni la CTA, ni los diputados del SI, ni Pérez Esquivel, ni Víctor Hugo Morales, ni la propia Margarita Stolbizer (de cuyo proyecto se han sacado partes fundamentales para la nueva ley), ni el cineasta Campanella, ni la gente de Proyecto Sur, ni Martín Sabbatella, ni los diputados de Libres del Sur, ni muchos otros que han circulado durante estos días por el plenario de las comisiones para defender el proyecto o incluso para proponer nuevas enmiendas que lo mejoren, son parte del kirchnerismo.

Del otro lado, primó la endogamia: dirigentes políticos, periodistas de los medios con intereses afectados, lobistas y patrones que dieron rienda suelta a su idiosincrasia autoritaria. Muy contadas voces de académicos, laburantes o creadores los acompañaron.

Una sola cosa debe comprenderse, en especial Macri, que cree que este gobierno es fascista: solo los que viven de rodillas, ven a sus enemigos como gigantes.

Nos vemos


Sobre textos de Ricardo Forster.


16 de septiembre de 2009

Los dictadores de conciencias

Con la exclusión de las telefónicas del proyecto de ley de servicios audiovisuales se van cayendo los argumentos opositores de que “se trata de cambiar un monopolio por otro” o que la ley es el resultado de la pelea del Gobierno con el oligopolio de Clarín. Una jugada tan fuerte como la de mantener a las empresas telefónicas al margen del negocio de la televisión por cable, demuestra el papel decisivo que el Gobierno le asigna a este debate. Para el oficialismo la aprobación de esta ley se ha convertido en un tema crucial, por eso todo lo susceptible de ser cambiado sin modificar el espíritu del proyecto está puesto sobre la mesa de negociación para lograr la media sanción en la Cámara de Diputados.

Por estas horas, el oficialismo espera cerrar un acuerdo con el bloque del SI y con los diputados Miguel Bonasso y Claudio Lozano, de Proyecto Sur, e incluso legisladores de la Coalición Cívica. De acuerdo con las conversaciones mantenidas hasta el momento entre los principales referentes del oficialismo con diputados de centroizquierda y con algunos de sus propios integrantes, en el Frente para la Victoria prevén un apoyo a la iniciativa superior a los 145 diputados.

La exclusión de las telefónicas ha dejado a la oposición sin otro argumento que el de la dilación hasta después del 10 de diciembre, lo que resulta difícil de sostener porque equivale a proponerle a la sociedad una nueva postergación de otros 25 años.

Al Gobierno todavía le queda una carta importante para convencer a los opositores en la Cámara de Diputados y –en particular–, en el Senado, que es donde el oficialismo librará la batalla más difícil. Esa jugada consiste en hacer cambios en las autoridades de aplicación que prevé la nueva ley.

Por mucho que les pese a las grandes empresas que acuñaron los términos “ley mordaza” o “ley K” –y al establishment que las representa–, existe un movimiento social muy diverso, vinculado con la comunicación popular que se ha expresado con mucha claridad en las audiencias públicas de la semana pasada.

Ese movimiento social abarca a sacerdotes, gremialistas, directores de cine, locutores, comunidades indígenas, actores, periodistas, maestros y cooperativistas de todo el país. Ellos son los verdaderos gestores del proyecto de ley. En ese sentido, el mérito de CFK ha sido recoger un reclamo que surgió de abajo.

En un artículo titulado “¿Qué defendemos, la libertad de prensa o la de empresa?, el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel –que participó de las audiencias en el Congreso–, afirma que “todos los gobiernos que se sucedieron desde 1983 hasta la fecha no tuvieron voluntad política de solucionar y democratizar los medios de comunicación. Por el contrario, Menem impulsó políticas de entrega del patrimonio del pueblo, de los recursos del país a los grandes capitales extranjeros, permitiendo el monopolio de los medios de comunicación y la concentración del poder en pocas manos. Lo mismo podemos decir de los dirigentes radicales y la Alianza”, concluye Pérez Esquivel que no puede ser sospechado de oficialista.

La ley pretende eliminar los resortes autoritarios que se heredaron de la ley de la dictadura, incorporar las nuevas tecnologías, abrir el espacio a nuevos operadores –como son las cooperativas telefónicas–, y regular lo que desreguló el gobierno menemista que favoreció el surgimiento de los grandes carteles multimedia.

En ese mismo sentido se expidió la jerarquía de la Iglesia Católica. La declaración del vocero de la Conferencia Episcopal Argentina, presbítero Jorge Oesterheld, indicando que la ley es “un paso adelante para los que hoy no tienen voz”, y la presencia del presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social, Agustín Radrizzani, en los debates del Congreso, significaron un duro revés para los opositores al proyecto.

Los movimientos sociales son los verdaderos actores anónimos que están comprometidos desde hace mucho tiempo con la democratización real de la comunicación porque la antigua ley les cerraba las puertas. Lo hicieron sin ley que los protegiera y contra la corriente de los procesos de concentración. Ellos dieron una pelea desigual.

La propia Iglesia Católica tiene más de mil radios truchas en el país que cumplen distintos servicios, han celebrado congresos y funcionan en cada jurisdicción bajo la atenta mirada del obispo responsable. Durante muchos años emisoras comunitarias como FARCO, y otros medios independientes, han trabajado para la sanción de la nueva ley de radiodifusión, a fin de alcanzar la libertad de prensa. La nueva ley promoverá la regulación de medios comunitarios, que han estado excluidos durante décadas y contempla desterrar los monopolios.

El proyecto de ley de servicios audiovisuales constituyó siempre el reclamo más importante del ámbito de las radios comunitarias y la comunicación popular. Hubo un largo proceso de discusión y debate al que se fueron sumando otros sectores populares así como intelectuales vinculados con el tema. A lo largo de varios años hubo cientos de reuniones en la CTA, en la UBA, en fábricas recuperadas y en centros cooperativos. Así se elaboraron primero los 21 puntos y luego un proyecto de ley que los contenía. La culminación de ese proceso de discusión tenía que ser el Parlamento nacional.

Al igual que lo que ocurrió con el juicio a las juntas y con la sanción de la ley de divorcio, con la de servicios audiovisuales estamos asistiendo a un final de época en la Argentina. El carácter antimonopólico es lo que hace tan necesaria y urgente esta ley. Si el enjuiciamiento de los nueve ex comandantes simbolizó el verdadero fin de la dictadura, la ley de servicios audiovisuales será su equivalente simbólico para los oligopolios de la información, los verdaderos dictadores de conciencia de la Argentina.

Nos vemos.

PD. El SI dió el quorum, pese a todos los intentos de la oposición


Fuente: Walter Goobar, BAE


15 de septiembre de 2009

Plan de desestabilización

El asunto Cobos da tela todos los días para cortar. No hablaremos de los sentimientos que nos provoca. Hablaremos de la minuciosa tarea de este ingeniero que tiene dos objetivos o mejor dicho uno solo: ser el líder de la oposición a costa de la desestabilización del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

"El de vicepresidente es el cargo más insignificante que la invención del hombre ideó o su imaginación concibió.” Julio Cobos parece no desconocer esta frase que John Adams le confió a su mujer Abigail. Primero en ejercer ese cargo en los Estados Unidos y considerado uno de los padres fundadores de ese país, Adams presidió el Senado en dos oportunidades durante los gobiernos de George Washington, a quien reemplazó en 1797, tras organizar el Partido Federalista y obtener un triunfo en los comicios. En su traje de ingeniero, Cleto proyectó plazos distintos a los de su par norteamericano. Su plan, que tiene como objetivo alzarse con el bastón presidencial en 2011, estructura en lo inmediato una estrategia en el campo parlamentario: trabar la discusión de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en el Senado y achacarle el fracaso a Cristina Fernández. Una maniobra que, tras el voto no positivo a las retenciones, se configura como la primera estocada ideada por el vicepresidente de la Nación que, paradójicamente, sueña con convertirse en el líder de la oposición.

Esa lógica es la que utiliza el vicepresidente para justificar su próxima jugada: en caso de aprobarse en Diputados, buscaría ampliar el número de comisiones que discutirán el proyecto del Ejecutivo. En el Senado, se descuenta que el texto con media sanción replicará el esquema de la Cámara baja y, por lo tanto, será girado a Presupuesto y Hacienda –presidida por el correntino Roberto Ríos–, y a Sistemas, Medios de Comunicación y Libertad de Expresión –que maneja el empresario mediático Guillermo Jenefes–. En ambos casos, el kirchnerismo cuenta con número suficiente como para firmar un dictamen de mayoría.

Claro que primero se deberá sortear el escollo cobista. Según el reglamento, cada asunto o proyecto que entra por Mesa de Entradas se destina a una sola comisión (de acuerdo con los usos y costumbres parlamentarios, el número suele elevarse a dos o tres). La presidencia o la Cámara pueden resolver que pase a estudio de más de una comisión cuando la naturaleza del asunto así lo requiere.

En ese caso, el proceso estipula los pasos a seguir: los senadores, que tienen siete días hábiles para formular observaciones sobre el destino de los expedientes, elevan su postura por escrito y la decisión final recae en el mandamás del Senado. Así, la letra de los artículos 89 y 90 se convierte en el vehículo perfecto para el plan de Cobos y del resto del arco opositor.

Para Cobos, estirar los tiempos hasta diciembre –atribuyéndole más legitimidad al próximo Congreso que al actual– es sinónimo de desgaste K. Y de nuevos aires para diseñar su accionar en dos direcciones: la reunificación del radicalismo, una sugerencia que le hizo llegar el ex presidente Eduardo Duhalde, y el armado de su equipo para asumir la presidencia.

A diferencia de la 125 –y la eventualidad del desempate–, la discusión sobre la nueva Ley de Medios no enfrentará al vicepresidente con la espontaneidad. Consciente de sus alcances, Cobos mueve los hilos para frenar su tratamiento y desgastar a la misma gestión de la que forma parte. La renuncia a su cargo no está en sus planes.

Cobos, es la síntesis de la conspiración.

Nos vemos


Fuente: La ley y la trampa

14 de septiembre de 2009

Un animal

Nos vemos

Ni un paso atrás

Qué paradoja: en el debate que acompaña el tratamiento legislativo del proyecto oficial de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, resultan, sin embargo, más efectivos en su defensa los argumentos de quienes la cuestionan y ansían desesperadamente frustrar su sanción. ARPA, ADEPA, Grupo Clarín, Carlos Vila, Grupo Uno, fundaciones privadas y sellos varios, echan luz sobre el proyecto de tanto querer oscurecerlo.

De tan remotas que resultan sus demostraciones en pos de enfriar el tratamiento de la ley por otros 25 años, terminan avivándola y se convierten en sus mejores patrocinantes. Dejan ver la puja de intereses materiales, de dinero contante y sonante, que hay detrás de su brete con el gobierno nacional.

Esa querella había sido muy bien disimulada por el penetrante discurso de la derecha en las décadas previas. ¿Cómo? Fácil: negando los conflictos políticos, maldiciendo la ideología, impugnando la lucha de clases, y por añadidura, “naturalizando” las condiciones sociales que tenían a esos grupos concentrados como únicos ganadores. La sociedad de la inequidad, esto es, el despilfarro de unos pocos y la mendicidad de varios millones: el emergente de un dolor de muelas de Dios.

El proyecto es claro en cuanto a la voluntad de la normativa de pluralizar el espectro radiofónico y televisivo, añadiendo a la oferta de voces a escuchar la de sectores sociales, colectivos vivos de la comunidad, que hoy están impedidos de expresar su palabra y pensamiento propios. Esos sectores, cuando quisieron hablar con énfasis y tener llegada, tuvieron que hacerlo siempre a través de mediaciones. De un otro comunicacional que no eran ellos. Interpretados a menudo por un discurso que nunca los reflejó cabalmente. Que generalmente los editó mal. Que los tergiversó a propósito. Que tituló a conveniencia sus pareceres. Nunca fueron sujeto en los medios, sino objeto de estudio o análisis de los comunicadores. Ejemplo: el tono policial para referir la organización y lucha de los desocupados; la recurrencia a la fría estadística para narrar la miseria durante los años noventa. ¿Por qué será que recién ahora, tantos años después, la pobreza adquiere nombre y apellido, descubre su rostro, revela una historia de vida detrás, en el relato mediático? ¿Por qué la Iglesia y hasta la Sociedad Rural transitan con fingida rimbombancia el traumático escenario de la miseria planificada, sin preguntarse jamás por las causas que la originaron?

Se quieren incorporar expresiones a través de medios de comunicación, que hoy son exclusiva propiedad y derecho de sociedades comerciales, trust financieros y consorcios privados multirubro. Es impostergable adecuar la ley a la revolución tecnológica que se avecina, porque de lo contrario esas posibilidades democratizantes que brinda el desarrollo técnico se abortarían en la reproducción al infinito del esquema monopólico en el que hoy se desenvuelve el aire mediático.

Extrañamente, esto se desprende con claridad, a la vez que de los argumentos de quienes están a favor de la ley, también de sus contrincantes. ARPA protesta porque el proyecto sería “contra la libre asociación y la propiedad privada”, dice. Esto es, la concentración grosera de medios y licencias para operarlos. En qué quedamos: ¿Están a favor de la libertad de expresión, como afirman, o persiguen el máximo beneficio del interés comercial privado? ¿Son periodistas o empresarios?

ADEPA, en tanto, que agrupa a las sociedades que editan los diarios de mayor tirada nacional, impugna de “intervencionista” al proyecto. Caramba, ¿quién es más intervencionista aquí? ¿ADEPA o el Estado?

No se entiende por qué “interviene” ADEPA en el debate, siendo que la nueva legislación no versará sobre la prensa gráfica, que es el tema de su incumbencia. Justamente, que ADEPA, que es la Cámara de empresarios de diarios, se meta en la cuestión demuestra la espesura de los intereses concentrados que podrían ser afectados.

Pero ese calificativo, “intervencionista”, apunta hacia la otra gran cuestión en juego. Un exabrupto, un tic, un fallido, que anuncian el fondo de la superficie, el suelo del cielo: el rol del Estado. ARPA lo dice de modo aún más visceral: “El Estado no tiene derecho a la libre expresión”. Mire usted. El derecho es para ellos solos, los privados. Esos son los conceptos que estructuran el pensamiento y el discurso de nuestras empresas de comunicación e información. Un derecho privativo y excluyente. Particularidades de la prensa independiente argentina…

Hace casi siete años que se está intentando la construcción de otro rol para el Estado. No un Estado para reprimir los desbordes sociales que provocan las políticas de exclusión, sino un Estado-motor de la economía. El Estado como articulador e integrador social, propio del escenario posterior a la plena fragmentación de la comunidad que sufrimos los argentinos. El Estado como garante, no ya de frondosos negocios privados, sino del desarrollo endógeno lo más homogéneo posible. Un Estado en perspectiva con los demás de América latina y menos con los países imperialistas centrales. Y el Estado, también, como asegurador de la libertad de expresión, no sólo para los medios privados, poseedores de las más altas antenas y los más caros transmisores, sino también para aquellos segmentos sociales que tienen mucho para decir, pero que no pueden hacerlo porque el orden económico de la sociedad se los impide sistemáticamente desde hace 30 años, precisamente desde que la dictadura dictó su decreto-ley de radiodifusión.

Un Estado que no intervenga en nada, quieren. Que no intervenga cobrando derechos de exportación de soja. Que no intervenga distribuyendo la riqueza. Que no intervenga regulando la importación en salvaguarda de la industria nacional. Que no intervenga en el valor del dólar. Que no intervenga en el aliento oficial a las discusiones paritarias.

Que el Estado los deje hacer libremente, ambicionan. Que intervenga dejando de intervenir. A que sólo intervenga y decida el mercado, aspiran. Es decir ellos. Los dueños de todo, incluido el mercado, sus variables, todos sus resortes y, hasta hace pocos años nomás, el mismísimo Estado nacional.

Nos vemos.


Fuente: Redacción Rosario

12 de septiembre de 2009

La organización intelectual del odio

Anoche, analizando el debate de la ley de medios, tiraba ideas sobre los pactos y las democracias. Garabatos en un papel tratando de ordenar mis pensamientos y buscándole la lógica a los sinsabores de la historia. Pensaba en los vaivenes de las democracias latinoamericanas; pensaba en los movimientos espasmódicos de la democracia argentina. Un cuarto de siglo de vida con las urnas, con un país destruido por ambiciones conservadoras y la reconstrucción que tanto cuesta. Y hablé de lógicas, porque el andamiaje intelectual de Cobos y su adláteres tiene lógica conspiradora. "Según la teoría de la conspiración, todo lo que ocurre lo ha sido por deseo de aquéllos que se benefician con ello", dice Popper.

Para el imaginario de cierta oposición, la que se reúne alrededor del Cleto Cobos, el poder de los Kirchner predominará por décadas, mucho más allá que los tiempos limitados de un mandato electoral o de la cronología biológica. Así, la ley de medios audiovisuales que hoy está en el centro del debate parlamentario, según esa visión, le dará al matrimonio el control de radio y televisión por los próximos veinte años o más, después de apropiarse, por mano propia o por intermedio de testaferros/socios, de por lo menos uno de los dos monopolios telefónicos que operan en el país. Telefónica y Telecom llegaron, en los años privatizadores de los ’90, entre los aplausos y vítores de casi todos los que ahora los señalan como un peligro para la libertad y la soberanía.

Son actitudes esquizofrénicas, que por un lado acuden al sepelio del actual gobierno y, al mismo tiempo, le auguran vida política interminable.

Fueron casi veintiséis años de una pelea desigual. Pero no sólo desigual por los “fierros mediáticos”, ni siquiera por la timidez de la dirigencia política de perder la mejor boca de expendio para construir imagen electoral. La desigualdad anidaba en dos puntos: el supuesto desinterés generalizado sobre un tema “demasiado específico” y la existencia –hay que decirlo– de hombres o mujeres claves de las primeras líneas de gobierno. Jorge Rendo, gerente de Relaciones Externas del Grupo Clarín, visitó más oficinas de ministros que los defensores de los 21 puntos por una comunicación democrática.

¿O acaso Alberto Fernández no tenía –y tiene– una fluida relación con “el grupo”? ¿Y no la tiene acaso su sucesor en el cargo de jefe de Gabinete, Sergio Massa? ¿Alguien cree que Julio Bárbaro, en los años que estuvo frente al Comfer, intentó hacer algo por democratizar los medios? Fueron muy pocos los dirigentes políticos y líderes de opinión de primera línea que tomaron en serio la idea de que una transformación en el apoderamiento de la palabra era, en el siglo XXI, algo de la misma magnitud que la ley de acceso a la educación laica y gratuita a fines del XIX.

Y hay que señalar que Néstor Kirchner tomó una postura desconocida en los niveles de la política que logró: no negociar nada. Pero, ojo, tampoco hizo un proyecto a su medida, dejó que el núcleo del proyecto fuera el de “los 21 puntos”. Ahora, desde Carlos Pagni en La Nación hasta Pino Solanas en los programas televisivos descubrieron que todo esto es otra farsa K, que todo está armado para “el capitalismo de amigos”. Y que la prueba es el interés de dar un golpe comando y quedarse con Telecom a través de personeros.

Los que piensan así de simple, los que se conforman con las visiones conspirativas, deberían conocer un poco más del poder de las corporaciones telefónicas como para pensar qué tan fácil es terminar con el complejo tema –llegado desde Europa– de que Telefónica de España se convirtió en la controlante de las acciones de Telecom Italia. Pero ellos pueden decir lo que quieren. Y ése es justamente el espíritu que tiene esta ley: que todos puedan encontrar canales de expresión y no sólo Pagni o, cuando les convenga, Pino.

Lo que está sucediendo es una pequeña revolución cultural. La ley no es necesaria para cambiar un monopolio por otro, o para pasar el negocio a unos inversores amigos, sino para democratizar la comunicación, garantizar al ciudadano el derecho a la información y dar voz a los que no la tienen. Es raro, pero los diputados de la tele casi nunca hacen alusión a estos derechos que fueron tratados hasta en sus mínimos detalles, por partidarios y detractores, durante más de veinte años a partir de la mitad del siglo XX. Porque no hay verdades absolutas. Porque la defensa de un punto de vista se puede hacer con convicciones, pero sin quitarle el derecho de expresión a otros. Y ésa fue y es la práctica del monopolio informativo Clarín.

Sería deseable que, de cara al Bicentenario, se puedan contar los hechos –tanto del pasado como los de la actualidad– con una pluralidad de voces que respeten el equilibrio. Parece una consigna reformista, tímida. Sin embargo, requiere de mucho coraje y decisión.

La manipulación de la historia sirvió siempre para organizar intelectualmente el odio.

Nos vemos.


Fuentes: Página 12, El Argentino, Iruya


11 de septiembre de 2009

Que calentura chamigo!!!

Hablar de Cobos es una cuestión -al menos para mi- genital. Leemos en Página hoy, la trenza que se esta armando para frenar el tratamiento de la nueva ley de medios en el senado, con el argumento que sea revisada la media sanción de diputados con las nuevas mayorías parlamentarias. En un encuentro convocado en su despacho del Senado, el vicepresidente Julio Cobos selló ayer con el PRO, la UCR y el peronismo disidente una estrategia conjunta para tratar de frenar en la Cámara alta el proyecto del Gobierno sobre Servicios de Comunicación Audiovisual o ponerle fecha de defunción –tras el recambio legislativo de diciembre– si el kirchnerismo consigue que la iniciativa sea aprobada por el Congreso. “Hemos asumido el compromiso de revisar esta ley con las nuevas mayorías parlamentarias”, coincidieron en una conferencia de prensa posterior los socios políticos Mauricio Macri, Gabriela Michetti y Francisco de Narváez, los radicales Oscar Aguad y Ernesto Sanz, y los cobistas Daniel Katz y Laura Montero. Mientras, los peronistas Felipe Solá y Carlos Reutemann faltaron a la cita pero adhirieron a la iniciativa. Cobos, que no participó de la rueda de prensa, les pidió a sus aliados no revelar la estrategia parlamentaria para “no dar por perdida la batalla en Diputados”. (Liga opositora contra los medios)

El problema no es ese, porque todos entendemos que la ley es perfectible; el problema es que se pretenda frenar la sanción definitiva, como si fuera una jugada de los sedimentos de la dictadura que la impuso en 1980. No otra cosa.

Tengo muchas ganas de expresar libremente, de una manera soez mis conceptos de este engendro radical que es Cobos. Das Neves, con algún momento de lucidez dijo esto referido a Cleto: "un invento argentino, como el dulce de leche, porque no se ha visto en el mundo un caso de un Vicepresidente que sea opositor al gobierno que comparte y que encima busque su fracaso para proponerse como alternativa. Muestrenme alguna historia en el mundo donde el vicepresidente a los seis meses pase a ser el opositor más acérrimo. Es una cuestión ética, yo pensé que iba a renunciar, no al otro día del voto no positivo por la resolución 125, pero con el tiempo debía renunciar y ya lo tendría que haber hecho hace rato para después sí, con todo derecho, presentarse como alternativa".

Causa tanta indignación, pero tanta, que a veces me pregunto si vale la pena dedicarle tanto tiempo a un tipo que cree que es San Martín. La imágen de este post, es toda una amenaza histórica, deja la sonrisa socarrona de un radical que no puede vencer las historias de traiciones que se trasmite de generación en generación.

Nos vemos


10 de septiembre de 2009

Tres años de involución


La Selección desbarrancó después del Mundial 2006. Nunca hubo un plan. Lo que siguió después de Alemania fue un desconcierto. Porque en este presente que encuentra a la Selección en repechaje gran parte de la culpa es la falta de conducción táctica de Maradona, aunque también tiene que ver que Basile dejó un equipo comprometido en la tabla. Pero más allá de los puntos, el problema es el juego y cuál es el objetivo. Porque Coco empezó en el 2006 borrando a los históricos, apostando a los chiquititos y, después de varias derrotas consecutivas, decidió recurrir a Ayala, Crespo y Zanetti. Intentó amalgamar los grupos y la mejor versión fue la Copa América, pero luego del enésimo cachetazo de Brasil en este siglo todo se desmoronó. Y el Coco se fue sin decir su verdad.

Maradona llegó con su impronta, con su encantamiento, que duró muy poco. Y lo hizo con su legado de frases rimbombantes y dijo que había que jugársela por la delantera Messi, Agüero y Tevez para romperles la cintura a los grandotes, cambió, los volvió a juntar con Brasil y ayer terminó jugando sus boletos a la última pelota con el debutante Schiavi y la vuelta de Palermo...

Nos vemos

Fuente: Ole

9 de septiembre de 2009

1º informe del muro infernal


Nos vemos

Ley de medios, nada más y nada menos

El carrusel argentino sigue dando vueltas y, cada tanto, se detiene esperando que quien tuvo la suerte de sacar la sortija la devuelva para que siga girando y girando mientras los que van dentro buscan afanosamente hacerse con el premio. El 28 de junio eran muchas, diversas, pero fácilmente reconocibles las voces que expresaban su certeza de ser los tocadas, ahora sí, por la magia de la calesita y de su sortija. Se anunciaba a viva voz que aquello inaugurado en mayo del 2003 se cerraba inexorablemente, que los tiempos estaban cumplidos y que desde ese día poselectoral se trataría, casi exclusivamente, de preparar todo para una transición ordenada hacia el 2011.

Mientras esa alianza variopinta y algo impresentable comenzaba a disputar quién se quedaba con el premio; mientras los “periodistas independientes”, esos que siempre hacen fe de objetividad informativa y de virtuosismo republicano, pero que nunca se atreven a poner en discusión la estructura de poder que se esconde en el entramado corporativo-monopólico de las empresas mediáticas que contratan sus servicios, nos explicaban de mil maneras la felicidad que sentían por el fin del kirchnerismo; mientras los dueños de la tierra volvían a disfrutar de un déjà vu que los depositaba en la Argentina del Primer Centenario y no dejaban de mostrarse como los emergentes victoriosos de unas elecciones a las que ellos contribuyeron con su mística campestre y su vocación patriótica; mientras otras corporaciones económicas, en especial las que reúnen a los grandes empresarios, se sentían nuevamente habilitados para descargar toda la batería de su ideología neoliberal. Mientras muchas de estas cosas sucedían, lo que imprevistamente aconteció fue, de nuevo, el horror de los horrores: el gobierno de Cristina Fernández, lejos de mostrar las inequívocas señales de la retirada, ordenada o desordenada, prolija o desprolija, en el 2011 o antes, regresó sobre su incuestionable vocación de actuar políticamente, de tomar el toro por las astas, y se dedicó, para desconcierto de todos esos anticipados ganadores del premio mayor, a colocar en el corazón de la vida argentina una serie de notables medidas que no han dejado de sacudir y de conmover el escenario contemporáneo.

Inició ese itinerario sorprendente con la decisión de viajar a Honduras en apoyo al gobierno democrático de Zelaya (y no dejaría de asumir un rol protagónico en las semanas sucesivas y en el memorable debate que la Unasur llevó a cabo en Bariloche para discutir el asentamiento de nuevas bases militares norteamericanas en Colombia); continuó con el diálogo político al mismo tiempo que lograba por amplia mayoría prorrogar los poderes especiales. En el ínterin, todos aquellos que iban en el carrusel comenzaron a mirarse entre espantados, sorprendidos y confundidos. ¿Qué estaba pasando? Acaso no habían ganado las elecciones, acaso no estaba decretado el certificado de defunción de un gobierno populista y confrontativo.

Mareados contemplaron, ahora sí sin red de contención, de qué modo el fútbol, núcleo clave de la cultura cotidiana de los argentinos, ya no sería el objeto de un negocio espectacular de la corporación mediática, sino que sería distribuido democráticamente por la televisión pública a todos los hogares del país. Casi como al descuido, y viniendo de otro poder, la Corte Suprema se despachó con la legalización del consumo personal e íntimo de la marihuana y otras yerbas, acercándose a un viejo reclamo del propio Poder Ejecutivo y logrando espantar, como era lógico, a la caterva conservadora-ultramontana que salió a manifestar su oposición absoluta y a denunciar la complicidad de los jueces de la Corte con el narco.

Todas las alarmas se encendieron pero la confusión era completa, asfixiante. No podían ponerse de acuerdo, todos hablaban a la vez y no lograban consolidar nada en común. Reutemann, el candidato soñado desde las entrañas del consevadurismo duhaldista, entraba, de nuevo, en su laberinto inextricable y oscuro; Macri tenía que deshacerse, por el efecto de una amplia movilización de diversos sectores sociales, políticos y derechos humanos, del “Fino” Palacios mientras De Narváez ensayaba, con su escaso vocabulario político y sus frases minúsculas, la defensa de la libertad de expresión ante la avanzada, ¡cuidado!, del chavismo; el Grupo Clarín profundizaba su metamorfosis hasta ofrecerse, a la opinión pública, como una desesperada empresa en vías de perder sus extraordinarios privilegios y sus fabulosas ganancias; Grondona y Morales Solá, desde las páginas de La Nación, emitían amargas quejas ante tanta ineptitud opositora y el empresario Daniel Vila vomitaba todo su odio y su resentimiento.

Pero el fútbol estaba anticipando aquello que hoy conmueve profundamente a todos aquellos que desde los albores de la recuperación democrática vienen bregando por una nueva ley de radiodifusión. Lo que venía siendo eternamente postergado, lo que encallaba ante la presión y el chantaje de la corporación mediática, aquello que nos recordaba, como si fuera un insulto, que entre nosotros persistía todavía la dictadura, encontró, desde el Poder Ejecutivo, pero en consonancia con años de acción militante de infinidad de organizaciones y personalidades que lucharon por la democratización de la comunicación, el camino, ahora sí, hacia el Congreso de la Nación.

La entrada, la semana pasada, del proyecto de ley de servicios audiovisuales supone, estimado lector, un acontecimiento histórico de enorme magnitud y no sólo por su relevancia en la esfera de la comunicación y la información, sino porque habilita un extraordinario debate que atraviesa de lado a lado la vida de los argentinos. Todo se está y se seguirá discutiendo: la significación de los lenguajes audiovisuales en la trama de nuestra cotidianidad; la relación entre democracia y corporaciones económicas; lo público y lo privado, el mercado y la cultura; el poder y sus modalidades; la libertad de expresión, los monopolios y el rol de las empresas mediáticas; los distintos modos de la distribución tanto de la riqueza material como de la cultural-simbólica. Algo de inusual importancia se ha liberado en el presente nacional; algo que supone abrir los múltiples tonos de un debate fundacional y decisivo.

No se trata, entonces, de un problema entre el Gobierno y el Grupo Clarín. Se trata de algo mucho más sustancial y decisivo, se trata de la democracia, de su calidad, de su diversidad y de su multiplicidad. Se trata de abrir espacios para que aquellos que no suelen tenerlos puedan manifestarse. Voces y más voces para ampliar la democracia y la participación. Pero se trata, también, de enfrentar la naturalización neoliberal que nos hizo creer que el mundo de la comunicación y de la información se correspondía con la única forma viable en la época del capitalismo especulativo-financiero: el mercado y sus leyes, el mercado y sus beneficios. Este giro inesperado supone abrir las compuertas para liberar los lenguajes de la comunicación de su encorsetamiento privatista y rentabilístico; supone buscar otros vínculos entre lo público y lo privado.

Lejos entonces de la pasividad y mucho más lejos de aceptar que su hora ya está cumplida, el Gobierno ha doblado la apuesta y ha colocado en el corazón de la democracia argentina la posibilidad de recrearla en un sentido más genuino y decisivo liberándola del peso asfixiante que todavía significa la persistencia de una ley heredada de la noche dictatorial. Nada más y nada menos. Y mientras tanto el desconcierto reina entre los que creían haberse sacado la sortija.

Nos vemos


Título original: El carrusel argentino y el debate por la ley de medios
Autor: Ricardo Forster