18 de marzo de 2009

El miedo de la derecha mediática

La frase descalificadora y absurda en su anticipación exagerada y prejuiciosa con la que el senador Gerardo Morales, máximo exponente de un radicalismo asumido francamente como un partido de derecha, desacreditó el anuncio hecho por la Presidenta de la Nación, respecto de que el Gobierno elevará durante este período de sesiones parlamentarias una nueva ley de radiodifusión, marca con claridad lo que se está discutiendo en el país.

Decir que si se aprueba la modificación de una ley que rige desde la última dictadura militar, ley diseñada desde los parámetros de la doctrina de seguridad nacional, la Argentina caería en algo peor, más diabólico que lo que está ocurriendo en Venezuela, suena no solamente como un recurso cualunquista y atravesado por la ignorancia de un proyecto de ley que todavía ni siquiera se elevó al Parlamento sino, más grave todavía, ataca desde una lógica de derecha neoliberal al gobierno de Chávez, creyendo que de esa manera, y como si fuéramos parte de la comunidad reaccionaria de ricos venezolanos que vive en Miami, el fantasma –ayer del comunismo, hoy del populismo– funciona como reaseguro para esgrimir un rechazo de plano a un intento decisivo por democratizar la circulación de la información y de la comunicación quebrándole el espinazo a la corporación mediática que, en las últimas décadas y usufructuando la ley de la dictadura y su, hasta ahora imposible, sustitución por una consensuada bajo legalidad democrática, ha aprovechado para multiplicar su concentración monopólica y su capacidad de chantajear a todos aquellos que han intentado revisar un escándalo mayúsculo como lo es la perpetuación de una ley promulgada durante la dictadura.

La frase del senador Morales, que incluso borra de un plumazo la mejor tradición radical y también olvida que bajo el gobierno de Raúl Alfonsín los canales de aire –todavía no existía el cable– eran del Estado o estaban intervenidos por él, viene a expresar la manera como la derecha (para salirnos de los eufemismos y llamar a las cosas por su nombre) ni siquiera respeta una tradición liberal que se opone decidida y doctrinariamente a la monopolización corporativa y, en particular, ha regulado en una gran cantidad de países las condiciones de una distribución democrática de la información y de la comunicación.

Nuestros seudorrepublicanos ni siquiera son genuinamente republicanos; nuestros seudoliberales tampoco lo son allí donde se trata, como siempre, de defender los intereses de los grandes grupos económicos y, en este caso particular, de la corporación mediática que suele desgarrarse las vestiduras en nombre de la libertad de prensa cuando ve amenazados sus intereses empresariales.

Extraña paradoja de un grupo empresarial que defiende a rajatablas la libertad de mercado (siempre asociada liberalmente a la libertad de prensa) pero que se opone con todas las armas que tiene disponibles a cualquier intento por desplazar una legislación que nació en la noche dictatorial y que se hizo para controlar, vigilar y censurar.

Paradoja que se extiende también a ese reflejo de los grandes medios de comunicación que se ofrecen como los fiscalizadores de todo, una suerte de policía vigilante de conductas y posiciones, al mismo tiempo que se niegan a ser, ellos también, criticados. Toda crítica, escuchamos inmediatamente, constituye un acto de censura y un atentado a la libertad de prensa. Si no se le renueva la licencia a un canal de televisión estamos delante de un acto criminal homologable a las atrocidades totalitarias del fascismo; si se le renueva la licencia a alguien no querido por la corporación mediática estamos frente a un acto discrecional que debe ser denunciado.

Su capacidad para atrincherarse y para utilizar a mansalva y descaradamente su poder de fuego comunicacional es proporcional a su poder en una sociedad profunda y esencialmente constituida desde los lenguajes elaborados en la fábrica mediática.

Utilizando la aguda metáfora de Alejandro Kaufman, los medios de comunicación son como el agua: nos acompañan cotidianamente sin que nos interroguemos por su sentido; se han vuelto parte de nuestra “naturaleza” y bebemos ese líquido sin siquiera ejercer el acto consciente de reflexionar por su salubridad. Nos acompañan al acostarnos y al levantarnos; “educan” a nuestros hijos y movilizan nuestros prejuicios; amamos, odiamos y nos atemorizamos a su ritmo; van definiendo con astucia lo que finalmente terminará siendo aquello que ellos mismos llaman “opinión pública”, masa crítica diseñada en el interior de la usina comunicacional y que suele exacerbar lo peor de nosotros mismos. Son como unas retinas invisibles que introducen en nuestra visión de la realidad un núcleo decisivo a partir del cual esa misma realidad tiende a cobrar determinados sentidos.

Suelen apelar a la idea de objetividad y, cuando les gusta ofrecerse como reaseguro liberal, se definen como “auxiliares de la justicia”, como buscadores de la verdad imparcial. Son algo así como la última reserva moral que le queda a la sociedad una vez que las anteriores (aquellas que tan bien conocimos los argentinos en otras épocas oscuras) han perdido toda legitimidad y se expresan apenas como resabios antediluvianos de un tiempo autoritario y conservador. Su lógica empresarial es cuidadosamente invisibilizada del mismo modo que lo son también sus compromisos políticos y la manera como persiguen la realización de sus intereses tanto económicos como ideológicos.

Como decía sin medias tintas Nicolás Casullo, “los grandes medios de comunicación son hoy, entre nosotros y en esta sociedad, la derecha real”, aquella que incide sobre el sentido común y que va trazando los rasgos de una profunda revolución cultural neoconservadora, aquella que hizo posible la hegemonía de un capitalismo financiero-especulativo, cuya depredación dejó exhaustos a los países pobres del mundo y que hoy estalla en mil pedazos en el centro de las economías poderosas.

Los medios de comunicación concentrados son el último baluarte de esa gramática de la concentración de la riqueza y de la especulación financiera; ellos siguen ofreciendo su interpretación mezquina y el ocultamiento de aquello mismo que defienden contra viento y marea.

Ninguna ley, por más buena e inteligente que sea en su planteo, garantiza un giro dramático en la vida de una sociedad pero, y eso no es de menor importancia, si genera las condiciones normativas para avanzar sobre una genuina democratización de esa misma sociedad.

En el espíritu de una nueva ley de radiodifusión, o como se la llegue a denominar, subyace esta intencionalidad sin la cual la democracia seguirá rehén de intereses particulares que se ofrecen como expresión genuina de los intereses universales.

La derecha, esa misma que en su juego de disfraces se niega a nombrarse como tal, insistirá en ofrecerse como adalid de la libertad de prensa cuando no hizo ni hace otra cosa que defender el poder de unos pocos que insisten en ser los dueños de nuestra cotidianeidad y de nuestros sueños.


Nos vemos.

Fuente: El Argentino


No hay comentarios: